Es imposible escapar de la literatura
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Tengo amigos que son categóricos a la hora de fijar posición sobre gustos en materia de lecturas. “Nunca leo literatura”, me dicen cuando les comento algo sobre una novela o un libro de cuentos que me gustaría leer o que terminé de leer. “Sólo ensayos, historia, crónicas”, enumeran. A manera de revancha, pienso que no saben que consumen literatura todo el tiempo. En las series de Netflix y en las películas aptas para todo público o de cine de autor que miran en los ratos libres, en las canciones que escuchan cuando corren o viajan en subte, la literatura está presente.
No sólo porque productos como Game of Thrones, House of Cards o El cuento de la criada están basados en novelas escritas muchos años atrás sino también porque en los guiones originales de películas y series se esconde la imaginación literaria. En las tramas de denuncia social o política resuenan los ecos tremebundos de las novelas de Thomas Hardy, Émile Zola o David Viñas; en las utopías o, mayormente, distopías que padecemos a diario, las historias de Aldous Huxley y Ray Bradbury proyectan una sombra inevitable. También en las letras de canciones se filtran (muchas veces de manera explícita) versos de Antonin Artaud, Allen Ginsberg o Jorge Luis Borges. Hasta el elenco inestable de los programas de televisión encontraría antecedentes en las épicas burlescas de Luciano de Samosata.
Por supuesto, la idea de convencer a amigos de las virtudes de leer literatura me recordaba las estrategias que los docentes ensayan todo el tiempo con la mayoría de los alumnos del secundario, aunque en esos casos se cuenta con el hecho de que los chicos necesitan aprobar la materia. No solo era una batalla perdida, sino también absurda. Hoy como ayer ignoro totalmente cuáles serían esas virtudes. Leer literatura es un pasatiempo tan decente como leer acerca de las batallas de la Segunda Guerra Mundial o pasear en bicicleta.
Pero si la capilaridad de la literatura es tan grande como sostienen muchos sabios de la tribu del libro, está probado que mis amigos conocen a Homero, a Dante Alighieri (aún más ahora si usan Twitter y siguen las publicaciones de #Dante2018), a Marcel Proust y a Virginia Woolf tanto como yo. ¿No lagrimeaban cuando vieron Las horas en la televisión por cable? ¡Era una novela de Michael Cunningham llevada al cine! ¿Se entretuvieron con la intriga de Minority Report? Estaba basada en un cuento de Philip K. Dick. ¿Quién no vio Orgullo y prejuicio? El guion reproduce casi por completo la novela del mismo título de Jane Austen. En la cabeza de un lector de literatura, los libros son evidencias de tribunales imaginarios.
Cuando leo literatura, pienso en los amigos que nunca leen literatura e imagino que también leo literatura por ellos, que nunca leerán ficciones ni poemas. Al fin y al cabo, incluso en los argumentos de la mayoría de las novelas pocos personajes de esos mundos inexistentes leen literatura. Cuando lo hacen, suelen identificarse tanto con lo que leen que pierden la cabeza. Sin embargo, es imposible negar que la realidad crece gracias a esas lecturas, tanto que los personajes se convierten en emblemas de las personas de nuestro mundo. ¿No decimos que tal amigo, por su idealismo, es un Quijote y que aquella amiga encantadora que sabe conversar como nadie se parece a Elizabeth Bennet? ¿No solemos, acaso, mencionar que Fulano o Mengana “es un personaje”? La literatura está entre nosotros.







