Especial de Navidad: Un cúmulo de pequeñas cosas para esta celebración

José Emilio Burucúa
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23 de diciembre de 2018  

Mi madre estaba siempre feliz a la hora de celebrar la Navidad, aunque podía ocurrir que el ajetreo de la fecha la llevase a litigar con mi padre sobre la lista de invitados. Para esa fecha, madre se empecinaba en convocar a los personajes de la familia que atravesaban, cada año en particular, una situación dolorosa, la muerte próxima de un ser querido o el descalabro de la economía por las sempiternas crisis argentinas. Padre protestaba, no debido a que fuese un desalmado, pero decía que su condición de médico lo obligaba a una frecuentación diaria del dolor, causa suficiente de erosión del alma como para merecer algún respiro en la noche feliz de Navidad.

Claro que, a eso de las seis de la tarde del 24, todo se encarrilaba según los deseos de madre, papá daba señales de su conformidad al ponerse a arreglar los adornos del árbol, mejorar la escenografía de montañas de papel madera en el pesebre y de espejos que hacían las veces de lagos, donde nadaban unos patos de cerámica junto a los camélidos de los Magos arrellanados para beber. Cuando padre se ponía a tocar tangos en el piano, la reconciliación era absoluta. Mi hermano y yo podíamos aguardar tranquilos a nuestros parientes o amistades, cuyos hijos vendrían con ellos y asegurarían el jolgorio general.

A las ensaladas de combinaciones exóticas, a las carnes mechadas, a los pollos rociados de miel, a la merluza empanada con bizcochos Canale (mi hermano ejercitaba sus sarcasmos a propósito de ese plato: "¿Ya estamos comiendo el postre?"), madre agregaba cosas únicas en el año, compradas en Las Violetas: jamón dulce, piononos de atún, fideos dulces de yema de huevo que me parecían la delicia suprema. Era la época de terminar el festejo con cohetes, cañitas voladoras u otros fuegos de artificio muy elementales. Subíamos a la azotea y nos dedicábamos, acompañados por un adulto, a atronar el aire durante dos horas. Lo cierto es que, en los primeros años 50, la Navidad era mucho más divertida que el Año Nuevo, y el papel de Santa Claus, más deslucido que el de los Reyes Magos. La moda norteamericana aún no había podido doblegar a la tradición española.

José Emilio Burucúa
José Emilio Burucúa Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Sanchez

Cuando los retoños de la casa transitamos la adolescencia, madre se las arregló para mantener el ceremonial navideño y prolongarlo hasta nuestras juventudes avanzadas. Ahora que se me ha pedido que escriba estas palabras, caigo en la cuenta de cómo aquellas felicidades breves se desmoronaron a partir de los hechos trágicos de fines de diciembre de 1975. Seis meses más tarde, se produjo la desaparición de Martín. Por eso habrá sido que ni siquiera intenté recrear la vieja atmósfera. Nunca se me pasó por la cabeza ir a Las Violetas ni comprar el jamón glacé o los fideos de huevo. Pensé también que era competencia de mi mujer el asumir un papel distinto, quizás equivalente al de madre a la hora de celebrar la Navidad.

Por otra parte, soy el último cristiano que queda en mi casa. La emigración de la rama de mi hija alejó a los católicos de aquí. Mi mujer venera al mismo Dios que Jesús, pero no a Él, a quien solo respeta como ser histórico. Mi hijo tiene razones sólidas para el agnosticismo y me reprende si intento arrancar a sus hijos del analfabetismo religioso. En la última Navidad, uno de sus mellizos se persignó. "¿De dónde sacaste eso?" "Me lo enseñó el abuelo". "Decile al abuelo que mejor te enseñe algo útil, como atarte los cordones de los zapatos, de lo que todavía sos incapaz. Y si no, en el futuro, cuando estés en la Facultad, te persignás por las mañanas y llamás a tu abuelo para que te ate los cordones". ¡Vaya extremos de insignificancia en los que cayeron los cálculos de Dionisio el Exiguo, la fiesta del Sol Invicto, el solsticio que ancla la esperanza de la renovación anual de la vida en los movimientos del cielo, el dios niño que fue al encuentro del Padre hebreo y de los númenes antiguos, a cuyo encuentro acudió el Profeta que transcribió en árabe los dictados del Padre!

Es muy probable que mi hijo agnóstico tenga razón. Debería yo hacer un cúmulo de cosas pequeñas: comprar fideos de oro, acomodar patos y camellos en el pesebre, recordar más a mi hermano, tan risueño, entrenar a mi nieto en prácticas útiles para que no tenga que pedirme ayudas inverosímiles. Prometo hacer todas esas cosas en esta Navidad que llega. Algo tendrá que suceder.

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