Está todo hecho, ¿está todo dicho?
En la campana de largada de las vacaciones hay un momento decisivo, diría que inigualable –y me consta que no soy yo, somos varios los que pensamos así–, que aparece en la lista de quehaceres en las horas previas a cerrar la puerta para dejar atrás la rutina: es cuando elegimos los cuatro o cinco libros que saldrán de la casa con uno para habitar ese paréntesis más o menos generoso de la pausa. En la modesta pila de hace unas semanas estaba Poeta chileno, de Alejandro Zambra, que publicó el año pasado Anagrama. Un autor que conozco de Facsímil y Mis documentos, pero que descubro ahora como novelista con todas letras. Más vale contar sólo hasta tres esta vez –para qué reparar en los otros– y recomendar junto al libro gordo del gato negro en la tapa, otro par de asuntos pendientes que eran para mí Cometierra, de Dolores Reyes, y Dime una adivinanza, de Tillie Olsen.
Hago una elipsis y voy hasta el final de este breve cuento para contraponer, urgente, ese sentimiento tan placentero del comienzo al amargo rumiar de la vuelta, que definitivamente no fue lo que esperaba: antes de lo previsto, por una emergencia, digamos, acuática ("Tía, se está inundando la cocina", dijo mi sobrina y se quedó corta). La experiencia de regresar de sopetón encontró un salvoconducto para calmar a la fiera, para no masticar más rabia; me puse a construir una memoria sonora de esa lectura que, ahora, siento que me salvó el verano.
El día que empecé a leer el libro de este poeta chileno, ya en las primeras páginas (en la 16, para ser exacta) supe que a todas las fortalezas y encantos literarios debería sumarle, a la hora de en la evaluación final, el factor musical. Intuitivamente, ante la primera referencia (anoto: Silvio Rodríguez, Los Tres, Nirvana) usé la faja donde la editorial vende con mucha justicia una "novela con una hermosa, desenfadada y seriamente divertida declaración de amor a la poesía" y escribí con lápiz negro en el reverso de esa tira de papel todas las referencias a discos, bandas y canciones que fueron apareciendo en la historia. Una historia –la de Gonzalo, Carla, Vicente y una buena cantidad de autores, inventados y reales, incluyendo aquel que puede escribir los versos más tristes esta noche– que a cualquiera que haya nacido en este rincón del planisferio en los 70, que haya sido adolescente en los 80, luego un joven enamorado en los 90 y, hoy, un cuarentón con temas y problemas de cuarentón, no puede pasarle de costado. Canté para adentro "I touch myself" y la apunté; detuve la lectura para volver a ver la primera parte de Una noche en la tierra, la película de Jim Jarmusch, y recordé la banda de sonido de Tom Waits; me sentí como en la pista de La City bailando tímidamente ahora al costado de la pileta "Stop", de Erasure; y entré en la carpa de la playa para marcar un paso de bachata y luego tararear un pegadizo estribillo de Chichi Peralta; sentí correr la sangre rockera con "Lithium", de Nirvana, "Sweet Child O’Mine", de Guns ‘n Roses, y "Losing my Religion" de REM. Como casi siempre, lagrimé con Radiohead y quise renovar los votos con Silvio Rodríguez y su "Pequeña serenata diurna". ¿Así de ecléctico? Mucho más. Por suerte, la faja verde era larga.
Siguiendo mi lista –podría haber decidido hacer una de libros que viven dentro del libro o de escritores, que se citan también a buen ritmo– fui a crear en Spotify "Poeta chileno: la playlist", y traduje mis apuntes en canciones. La autopista terminaba casi, no faltaba mucho para que le pidiera a mi compañero de ruta: "¿Te fijás si encontrás la playlist de Poeta chileno?", para confirmar que podría compartirla con otros.
–Sí, acá está, dice "Poeta chileno-Un lector de Anagrama"– me lee.
–¡No, no es esa! La mía se llama: "Poeta chileno: la playlist"–reclamé, a la vez que empezaba a confirmar qué poco original había sido. Lo dije en voz alta.
–Es que ya está todo hecho, Coni –espetó él.
Ver quién había pensado en esa pequeña idea y la había llevado a cabo primero me generó una sonrisa que me quitó el enojo. Seba Lidijover es un inquieto prensero que antes fue librero, un tipo de perenne buen humor, que siempre anda buscándole la punta del hilo a algún ingenioso carrete. Para confort de mi ego, enseguida noté que nuestras listas no eran iguales: la mía dura una hora y media más. Mientras que él descartó las referencias imprecisas (nombres de bandas o de discos que no especificaran el tema) yo me tomé la libertad de imaginar cuál es el hit de Technotronic que bailan desenfrenadamente en la página 28 o qué canción de Amy Winehouse suena a lo lejos en la 182.
No todo está hecho igual. Mi ejemplar del Poeta chileno tiene todavía un poco de arena de Ostende en el lomo, varias notas al margen y una playlist que se parece pero no es la misma que le hizo mover el pie a Un lector de Anagrama. Algo debe querer decir.











