
Eterno resplandor de una mente sin recuerdos
Alice precisa ir al baño para aliviarse. "Espérame un momento, ya regreso", le dice a su esposo. No sabe que cuando regrese ya no será la misma. Están en la sala de la planta baja de una casona frente al mar, alejados de este mundo. El clima es tibio; los interiores –madera, mantas, libros, el rumor del mar que ronronea en los oídos–, el abrigo que necesitaban. Ella recorre un pasillo, titubea, se detiene. Una sombra ligera nubla su rostro. Avanza lentamente, abre una puerta, detrás encuentra un guardarropas. Gira, da unos pocos pasos, sube la escalera que conduce al piso superior. Detrás de otra puerta está la habitación que alguna vez fue de una de sus hijas. Está perdida en su propia casa. Cuando su marido la alcanza, un minuto después, una mancha se extiende en sus pantalones. "No te preocupes –dice él–, te cambiaré." Lo dice amorosamente. Pero esto sucede después. Al comienzo –las primeras escenas de Siempre Alice, la película que tiene a Julianne Moore como protagonista y que acaba de estrenarse– lo que la abandona es el lenguaje.
Alice es lingüista. Dedicó una vida entera a trabajar con las palabras. Tiene 50 años, un hombre que la ama, tres hijos. Es una académica extremadamente respetada. Pero un día, mientras está ofreciendo una conferencia en una universidad, sencillamente no encuentra un término. No le había ocurrido antes, ese indicio la inquieta. Unos días más tarde deja su casa para salir a correr. El camino es el habitual, alrededor de la Universidad de Columbia donde da clases, pero cuando está a pocos metros de la puerta de entrada desconoce el lugar durante unos minutos. No sabe dónde está. Se somete a algunos análisis clínicos, le diagnostican el mal de Alzheimer.
El mundo empieza a esfumarse gradualmente. Las palabras se asemejan a sombras imprecisas en medio de la noche. Pierden consistencia al comienzo, se difuminan sus contornos, se desvanecen para siempre.
Las palabras ya no nombran las cosas, ya no explican el mundo.
Las hemos aprendido tan trabajosamente durante la infancia, nos han ayudado tan preciosamente a comprender quiénes somos y a entendernos con el prójimo, nos han echado una mano para explicarnos el mundo, y de súbito todo parece haber sido arrojado por la borda, debemos atrapar las cosas escribiendo las palabras que las designan en la pizarra de la cocina, y recordarlas cinco minutos después para asegurarnos de que el mundo no ha desaparecido del todo, no todavía.
Alice se aleja de sí misma, es apenas el recuerdo que los otros empiezan a tener de ella. (Somos el recuerdo de otro, quizá su sueño, especuló Borges.) No el propio, porque junto al de las palabras empieza el lento desvanecimiento de la memoria. Primero se retiran los detalles más pequeños, después los hechos que tan sólo acaban de ocurrir. Apenas hace una pregunta vuelve a formularla como si hubiese desoído la respuesta; se apaga en su interior de inmediato el nombre de alguien a quien acaban de presentarle. La vida se esfuma apenas sucede. Nada se extiende mucho más allá de este instante cuya frágil consistencia pronto se desvanece.
Alice vive en esa intemperie.
Le ofrecen cobijo su marido y sus hijos. En el final de la película –sutil y sin énfasis, gracias a la delicadeza de sus realizadores, Richard Glatzer y Wash Westmoreland–, cuando la enfermedad comienza a dejar huellas más severas en su cuerpo y en su mente, Alice escucha a su hija actriz mientras le lee un texto: "Añoramos lo que dejamos atrás, soñamos con lo que vendrá". ¿De qué habla lo que te leí, mamá?, le pregunta. Del amor, murmura Alice, apenas con un resto de voz y sin brillo en la mirada.
Nos ha llevado años construir una historia, hemos dado pasos tan sigilosos para atravesar este río, piedra sobre piedra, vacilantes y temerosos de que nos arrastre la corriente, para que de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, la vida pueda ser tan solo olvido. Miramos en el espejo de agua de un estanque, arrojamos una piedra y entonces las imágenes que hasta entonces eran un reflejo cristalino –nuestro rostro y el de nuestros hijos, el cielo nuboso, quizá la rama de un árbol con sus frutos– se enturbian. Nada queda de aquellos resplandores.
De nuevo Borges: "Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos".







