
Etica, estética y política
Por Alfredo Vítolo Para LA NACION
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Hace más de 2500 años, los griegos comenzaron a conformar su cultura social privilegiando principios que consideraban esenciales, entre ellos, la ética y la estética. De esos conceptos, enriquecidos por los aportes romanos, judíos y cristianos, derivan los valores fundamentales y permanentes que constituyen la civilización occidental, a la que pertenecemos.
La ética, según Aristóteles, es la parte de la filosofía que estudia la moral y los comportamientos del hombre, mientras que la estética, a tenor de la definición de Hegel, es la ciencia de la belleza nacida del espíritu. La ética comprende las virtudes morales más importantes de los hombres: fortaleza, templanza, amistad, verdad, equidad y justicia, que se expresan en los comportamientos, ya que el deber de las virtudes es proponerse lo más noble como fin. La estética, que tiene por objeto el vasto imperio de lo bello, se manifiesta por las maneras, el estilo y las formas de actuar. La vinculación entre ambas y su importancia en la política la destaca Schiller en su obra La educación estética del hombre, cuando afirma que el problema político precisa tomar ese camino porque a la libertad se llega por la belleza, tesis que profundiza Hegel en sus clases, recopiladas en el ensayo De lo bello y sus formas. Esas son las ideas que trajo de Europa Esteban Echeverría, líder de la generación del 37, cuando consignó que la estética posibilita a los hombres "un ejercicio saludable del espíritu que la habilita para sacudir todo yugo que pugne con los consejos de la razón".
Los argentinos, lamentablemente, hace ya tiempo que extraviamos las virtudes éticas y al respecto cabe consignar: perdimos la fortaleza para afrontar nuestras responsabilidades, sosteniendo que la culpa de nuestros fracasos la tienen los demás; carecemos de moderación y urbanidad en nuestros comportamientos habituales; confundimos la amistad con el amiguismo; no fuimos ni somos sinceros; olvidamos la equidad y no valoramos la justicia sustantiva, que expresa la igualdad. La novedad es que ahora también hemos comenzado a violar la estética. La falta de respeto a las maneras y al estilo, y las irregulares formas de comportamientos han irrumpido bruscamente en la realidad nacional y parece que tienden a permanecer y a agravarse, lo que es preocupante.
La democracia, además de ser una forma de gobierno, es un conjunto de reglas, de procedimientos para la formación de decisiones colectivas, en las cuales está prevista y facilitada la participación más amplia posible de los interesados, según nos dice Bobbio; por eso el respeto a las formas es indispensable, ya que si ellas se violan la democracia se desnaturaliza, al dejar de cumplir la misión que le corresponde.
Así, vimos la falta de cumplimiento de las tradicionales formas protocolares, en la frustrada designación de nuestro embajador en Francia y la notificación por los diarios del cese del embajador saliente; los cuernitos y el tocar madera del presidente de la Nación, registrados por toda la prensa en el juramento de un senador nacional, ahora adversario, pero hasta no hace mucho tiempo su jefe partidario y la permanente descalificación de gobiernos extranjeros, de la jerarquía de la Iglesia, de los empresarios, de los diarios y de los periodistas, los conflictos con el vicepresidente de la Nación y con todos los que se manifiestan preocupados por la forma en que se manejan los asuntos públicos o actúan en forma independiente. También vimos la parodia representada en televisión, con la actuación, como protagonistas del Presidente, del jefe de Gabinete y de la ministra de Economía, para ridiculizar en el despacho presidencial a un ex presidente democrático elegido por el pueblo, con muchos más votos que los que lo consagraron a él e independientemente de los errores que pudo haber cometido en su gestión. Esto implica el reemplazo de las formas, el estilo y las maneras que siempre hemos mantenido y que nos señala la urbanidad, por la grosería chabacana, denostando, además, a las instituciones y agraviando a quienes, mal o bien, tienen o han tenido gravitación en la vida democrática de la República.
Por otra parte, la pérdida de uno de los requisitos básicos del sistema, como es la valoración de las minorías, también importa una violación a la estética, al no respetarse las formas y maneras de comportarse desde el poder. La mayoría, siempre circunstancial y pasajera, tiene el derecho de gobernar, pero ese derecho no es absoluto, sino que tiene límites. Y esos límites los marcan los derechos de las minorías. Como sostiene Sartori citando a lord Acton: "La demostración más segura para juzgar si un país es realmente libre es la dosis de seguridad de que gozan las minorías". Lo acontecido en el Congreso, donde se descalificó a la oposición y se le impidió fijar posiciones distintas del Gobierno; los peligros que tiene la politización de la Justicia, y la inconveniente prórroga de la emergencia económica son hechos que indican que hemos comenzado a transitar el camino equivocado, ya que este camino no conduce a garantizar la libertad ni a afianzar la democracia.
Sean las mayorías tolerantes y ejemplo de templanza, y las minorías, prudentes, pero firmes, exigiendo el respeto a sus disensos y el poder expresarlos en total libertad. Así consolidaremos la democracia y aseguraremos un futuro mejor para todos. No fracturemos a la sociedad entre réprobos y elegidos. Procuremos lograr consensos y establecer principios que sean comunes a todos y que sólo a partir de ellos sean válidas las discrepancias.




