¿Existe hoy la oligarquía? Retrato actualizado del "enemigo perfecto"

Palabra maldita para los movimientos populares, vuelve a estar en el tapete, reinstalada por el Gobierno a raíz de la pelea con el campo. Qué es hoy la oligarquía y por qué mantiene su poder simbólico Por Francisco Seminario
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20 de julio de 2008  

La oligarquía ganadera. La oligarquía golpista. La oligarquía gorila, enemiga del pueblo peronista. La oligarquía terrateniente, blanca y clasista. La oligarquía maldita y vendepatria, protagonista de piquetes de la abundancia, de cacerolazos, de incendios de pastizales y de intentos desestabilizadores... En las últimas semanas y meses pareció que una página de la historia de la Argentina decimonónica se había colado sin eufemismos en el almanaque furioso de la Argentina K.

"Lo único que me mueve es el odio contra la puta oligarquía", dijo Luis D´Elía en diálogo radial con Fernando Peña, algún tiempo atrás, ya en pleno conflicto con el campo. El mismo Néstor Kirchner primero instó a los diputados a no retroceder "cuando aparecen los grupos económicos de la oligarquía". Y luego, dicen, tras la media sanción a las retenciones en la cámara de Diputados, habría festejado en Olivos, convencido, al grito de "¡Le ganamos a la oligarquía!" Sus propias fuerzas se dividirían luego en el Senado.

La reiteración del término no es casual. Remite a esa piedra filosofal del peronismo que es la distribución de la riqueza con justicia social. Pero, ¿se puede hablar de oligarquía en la Argentina actual? ¿Hay sectores dominantes embarcados en una batalla contra el Gobierno peronista y popular? Un chiste que en las últimas semanas hizo circular por correo electrónico un funcionario de la Casa Rosada pinta al prototipo de "patrón de estancia" como un ricachón desalmado, que desde Europa le da instrucciones al capataz de su estancia y a los gritos reclama "un Mussolini, un Hitler o un Videla" para terminar con "este gobierno de zurdos montoneros".

El chiste, si se lo desnuda de la caricatura social y política, refleja en alguna medida un dato económico clave de la Argentina poscrisis: que el sector agroindustrial es uno de los que más se benefició con el actual modelo productivo y uno de los que más crecieron en los últimos cinco años. El valor de la tierra se multiplicó en dólares y lo mismo el precio de la soja. Hoy, tener 200 o 300 hectáreas en una zona productiva equivale a ser dueño de una pequeña fortuna. Todo esto parece irrefutable. Pero aun así, ¿es allí donde se debe buscar a la oligarquía vernácula, si tal cosa existe en la Argentina actual? En el país de las crisis recurrentes, los negocios y negociados con el Estado, las privatizaciones del uno a uno y los subsidios del tres a uno, ¿existen todavía los estancieros de la vaca atada?

Sociólogos, economistas, historiadores y dirigentes consultados para esta nota coincidieron, en líneas generales, en que si bien "es innegable la existencia de grupos económicos dominantes, capaces por su peso o su cercanía al poder de influir en las decisiones del Gobierno", como observó el diputado y economista de la CTA Claudio Lozano, hay cierto anacronismo en el uso del término oligarquía. Sobre todo para aludir a un sector agrícola hoy diverso y profesionalizado, en el que según el historiador de la economía Roberto Cortés Conde "se mezclan chacareros y productores medianos que son hijos o nietos de inmigrantes con familias tradicionales, pero que no tienen hoy el peso económico que tenían en el pasado".

Así y todo, en línea con Lozano, el economista y doctor en ciencias sociales Marcelo Lascano no descartó la existencia de grupos o sectores a los que el término les sea de alguna manera aplicable: "Si tomamos la palabra oligarquía como referencia a los más pudientes -señaló-, puede haber en la actualidad una oligarquía en el sector financiero y puede haberla también en el medio agrícola-ganadero, pero más que nada en los pools de siembra, que son los recién llegados al negocio".

También el diputado de la CTA apuntó contra estos grupos que, dijo, "capturan la renta sin ser propietarios de la tierra, lo mismo que los dueños de puertos y los fabricantes de agroquímicos". Y otro tanto hizo el sociólogo Torcuato Di Tella: "El concepto de oligarquía ya no se aplica a la realidad, pero si admitimos que la palabra tiene un significado más bien laxo podríamos llamar así a estos grupos reducidos, dinámicos y capitalistas que son los pools de siembra, que aprovechan la veta financiera, y también a algunos grandes propietarios", señaló.

¿Qué significa esto? En términos estadísticos, que entre los más ricos de la Argentina, ubicados en lo más alto del 5% de la población con mayor poder económico -acaso lo más parecido a lo que podría considerarse una oligarquía versión siglo XXI-, hay, sin duda, algunos propietarios de inmensas extensiones, los grandes jugadores del campo: el grupo Cresud, controlado por la familia Elsztain, tiene 400.000 hectáreas propias; Adecoagro, de George Soros, 200.000; el Grupo Bemberg, 143.000; el Grupo Werthein, 100.000, y al empresario Gustavo Grobocopatel se lo conoce como el "rey de la soja" porque, aunque muchas no son suyas, explota 150.000 hectáreas, según la Revista de Estudios Agrarios, de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.

Pero Lozano amplió esta lista a los principales grupos financieros, comerciales e industriales del país, algunos de ellos muy nuevos, que se beneficiaron enormemente con el esquema de dólar caro, espectacular explosión del consumo y millonarios subsidios de los últimos años. "Grandes empresas, como Techint, o las petroleras, con RepsolYPF a la cabeza, por ejemplo, tienen, por su posición económica dominante, el poder para condicionar precios, inversiones y decisiones de políticas públicas", dijo. Son los sectores que Di Tella reunió en la combinación "oligarquía financiera, el gran empresariado nacional y los grupos internacionales".

Pero vale aquí una observación de Cortés Conde, para quien un rasgo característico de la Argentina es que en el país periódicamente surgen nuevos y poderosos grupos económicos, a menudo de la mano del gobierno de turno. Según la época se habló, con obvio eufemismo, de la patria contratista, la patria financiera, la patria privatizadora o la patria devaluadora. "En el país, los grandes grupos cambian con mucha rapidez, y aunque no constituyen una oligarquía estrictamente hablando, adquieren mucho poder. Lo hemos visto en el pasado y lo vemos también ahora".

Asoma entonces lo que parece una contradicción entre la realidad y el discurso oficial de los últimos meses. El economista Leonardo Gasparini la resuelve así: "Entre aquellos a quienes desde el Gobierno se señala como oligarcas hay arrendatarios de campos o propietarios de pequeñas extensiones que hoy están bien económicamente, pero que ciertamente no pertenecen al 5% más rico de la población", dijo el director del Cedlas, el Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales, de la Universidad Nacional de La Plata.

Los unos y los otros

En otras palabras, o bien hay un error de apreciación por parte del Gobierno, o el término es utilizado como "chicana" política, por las resonancias históricas que sin duda tiene. En el juego de opuestos irreconciliables que plantea el Gobierno no es raro que recupere vigencia la vieja antinomia peronistas v. antiperonistas, concebidos estos últimos como defensores de intereses contrarios a los de una mayoría popular.

Pero este tipo de discurso, que fue sumamente efectivo según Cortés Conde cuando Juan Perón lo utilizó para denunciar a una Argentina clasista, que no le hacía un lugar a las masas de migrantes del interior a la ciudad, no siempre encuentra el eco esperado. "Parece un error del Gobierno resucitar ahora términos que resultan anacrónicos", señaló el economista, para quien la masividad del acto del campo, el martes pasado, es en sí misma una refutación del discurso oficial.

También Di Tella consideró inconveniente el uso del término: "No me parece útil hablar de oligarquía, aunque es más una expresión de barricada y en ese sentido no me preocupa tanto", dijo el ex secretario de Cultura del kirchnerismo.

Es decir, desde esta perspectiva, sería parte de un mensaje para el consumo exclusivo de la tribuna K. Y de hecho, según el experto en opinión pública Manuel Mora y Araujo, "hoy, toda la información que tenemos indica que la idea de oligarquía no prende en la sociedad sino que logra la adhesión de una pequeña minoría ideológica, que además no es la misma que el Gobierno moviliza a la Plaza de Mayo". ¿Por qué no prende? "Porque muchos pueden tener fantasías de concentración del poder en el país, pero este no parece ser el caso, al menos en el sector agrícola", dijo. Y agregó: "¿Quiénes son los oligarcas del campo si se tiene en cuenta que hay medio millón de dueños de tierras? Eso no es una oligarquía. Y si además tienen apoyo en la población, tampoco se aplica el término."

Vamos al diccionario: según la Real Academia Española, oligarquía es tanto "el gobierno de pocos" como una "forma de gobierno en la cual el poder es ejercido por un grupo de personas que se aúnan para mantener o aumentar sus privilegios", o un "grupo reducido de personas que tiene poder e influencia en un determinado sector social, económico y político".

En la Argentina, sin embargo, el significado trasciende estas definiciones para volverse palabra maldita: despierta imágenes, más propias de fines del siglo XIX y principios del XX, de una clase alta de riqueza casi infinita y cultura francesa, prácticamente identificada con el Estado. Porque la política y las decisiones de gobierno muchas veces se discutían en una intimidad casi familiar. A ella pertenecía un grupo más o menos reducido y aristocrático de poderosos ganaderos -las familias patricias, dueñas de la tierra- reunidos en la Sociedad Rural Argentina o el Jockey Club, supuestamente insensibles a las penurias del entorno y dispuestos a todo -al fraude o al golpe, según la época- con tal de mantener sus privilegios y de seguir dirigiendo los destinos del país.

¿Qué vigencia tiene hoy esta imagen? Muy poca o ninguna, opinó el sociólogo Juan José Sebreli, autor, entre otros libros, de una obra en que abordó la cuestión: La saga de los Anchorena . "Se trata de un mito argentino que explota el peronismo, fundamentalmente", señaló.

En un recorrido histórico del término oligarquía, explicó Sebreli, éste se convirtió en una palabra fetiche de los nacionalistas en los años 30. "El primero en utilizarla fue un periodista, José Luis Torres, un fascista, para referirse a un grupo específico: los terratenientes de la pampa húmeda, vinculados al mercado británico y representados políticamente por los conservadores". Su apogeo, con algunas crisis, se extendió desde la década de 1880 hasta la II Guerra Mundial, "a partir de la alianza con Gran Bretaña y el alza de los precios agropecuarios".

Pero en la posguerra las condiciones cambiaron: desapareció Inglaterra como socia comercial y se invirtió la relación de los precios en el mercado mundial: se encarecieron los bienes industriales y perdieron valor los agropecuarios. Según Sebreli, el poder económico de la oligarquía entonces cayó, a la vez que se fragmentaba la tenencia de la tierra por las sucesiones y las ventas. "Incluso había ya un anacronismo evidente cuando Perón comenzó a utilizar el término para designar a sus adversarios, no sólo ganaderos: el peronismo cayó en el 55 y no se volvió al pasado, al período anterior", observó.

En esta misma línea, Marcelo Lascano señaló que en el país "siempre se utilizó la expresión oligarquía para degradar al adversario político, para demonizarlo y para exacerbar la división". A esta misma lógica parece apelar el gobierno de los Kirchner, que se autodefine nacional y popular y rescata esta terminología propia del primer peronismo -ahora en clave setentista-, cuando otra vez vuelve a invertirse la relación de precios en el mercado mundial. Sólo que el campo argentino no es el mismo.

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