
Ezra Pound, poesía, ideología y locura
Por Willy G. Bouillon De la Redacción de LA NACION
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Ningún ángel salva a los poetas de las desventuras. En ese paisaje podemos ubicar también el impiadoso episodio del que fue víctima el poeta norteamericano Ezra Pound: encerrado en una jaula sin techo, en Pisa, mientras el caliginoso sol del verano italiano le derretía los sesos, al son de burlas y carcajadas se le arrojaban bananas y maníes, como para recordarle que había sido degradado a la categoría de un simio.
El general Mark W. Clark dio la orden de arrestarlo. Comandaba el V Ejército, que ocupó la península en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, y el 5 de mayo de 1945 decidió poner fin a un discurso, muy sermoneante, que desde 1941 (hacía 15 años que vivía en Italia) propalaba Pound desde Radio Roma.
"Aquí la voz de Europa", empezaba el poeta, queriendo abarcar todo el continente desde el micrófono, y luego se lanzaba a un prolongado elogio del fascismo, y a criticar al presidente Franklin D. Roosevelt.
Su tono enérgico no desapareció ni se atenuó en lo más mínimo pese a la extendida presencia militar vencedora. Por el contrario, como un francotirador del éter, optó por utilizar munición aún más gruesa: "Han llegado los bárbaros. Su objetivo es destruir lo que resta de la cultura, imponiendo a toda la civilización el esquema de vida más opuesto al humanismo. Dicen que vienen a salvar al mundo libre, el mensaje más cínico que ha conocido la Historia".
Encontró en Mussolini, con quien trabó una estrecha amistad, la encarnación de una postura ideológica a la que no sólo adhirió fervorosamente sino que le agregó un costado cuanto menos extravagante: sostenía que el fascismo era la aplicación práctica del pensamiento de Confucio y que semejante mixtura era la única herramienta para terminar con la deshumanización creciente generada por la usura internacional.
"El cargo es ser agente propagandístico del enemigo", fue la lacónica explicación de Clark.
De la jaula pasó a una tienda de campaña, donde se le asignó como carcelero un sargento negro que, gracias a tener inquietudes de "otra clase", fue el único con el que pudo conversar sobre libros y autores. Pero ese regalo de los dioses no duró demasiado. Un mes después fue llevado a los Estados Unidos para ser juzgado por alta traición.
El cargo no era menor: tenía los ingredientes necesarios para ser fusilado.
Primer epílogo: la gestión intensa de intelectuales europeos consiguió, en 1958, que Pound fuese declarado inimputable por "estar privado de la razón", según lo expresó el peritaje clínico que pudo imponer su defensor. De modo que lo único que pudo haber sido obra de una eventual gestión angelical fue evitar que lo fusilaran, pero no impidió la reclusión, durante casi 13 años, en la cárcel manicomio de St. Elizabeth, cerca de Washington. Al salir, retornó a Italia.
Segundo epílogo: catorce años más tarde, en la mañana neblinosa del 1° de noviembre de 1972, una góndola navegaba por el Gran Canal rumbo a la isla-cementerio de Venecia, llevando un ataúd con el cuerpo de Pound. Yace allí, en una tumba en la que sólo se lee su nombre completo, Ezra Loomis Pound, y abajo: Hailey, Idaho (USA) 1885-Venezia 1972. Su amigo, discípulo y admirador T. S. Eliot no hubiera dudado en reiterar, como epitafio, lo que escribió al dedicarle La tierra baldía : " Il miglior fabbro" (El mejor artífice) .
Excelencia lírica
En las diversas evaluaciones hechas a fines de 2000 sobre la centuria que terminaba, hubo un casi unánime pronunciamiento de expertos en el género que calificaron a Pound como el mejor poeta del siglo XX.
Más allá de las relativizaciones que entre muchos despertó la elección, sus entusiastas votantes -escritores, críticos y editores- destacaron la excelencia lírica de su obra completa, fundamentalmente la que impregna sus célebres Cantos (algunos escritos durante su internación).
Pero también, seguramente, se tuvieron en cuenta su extraordinaria erudición, con un formidable ángulo en el conocimiento de la poesía clásica y oriental (aunque en versiones polémicas, tradujo autores chinos y japoneses, además de provenzales, españoles, griegos e italianos), su afán por encontrar cauces más válidos a esta expresión literaria (creó el imaginismo, que entre otros objetivos exhortaba a los poetas a ser "los hombres más conscientes de su tiempo") y su indiscutida capacidad para descubrir y promover (con enorme generosidad) talentos de la talla de James Joyce, William Butler Yeats, Windham Lewis, Ernest Hemingway o Eliot.
Este último le debe la modificación de muchos de los poemas que le permitieron ganar el Nobel de Literatura en 1948.
Arte e ideología
El caso de Pound, en lo que a su posición política se refiere -y aun tomando como mera estrategia el dictamen clínico que desbarató la severa figura de alta traición-, crea espacio para el atisbo de una reflexión sobre la importancia o no que aquélla puede plantear al evaluar la obra de arte.
La cuestión clave parece ser el límite de la acción disparada por la ideología; es decir, si es un compromiso con la exigencia reclamada por Sartre, asumido hasta sobrepasar la labor intelectual de base y capaz de diluir ésta hasta, en el mejor de los casos, dejarla reducida sólo a un esporádico e inocuo ejercicio de trasfondo. Y si no, entonces la actitud y su verbalización es sólo circunstancial, producto de ciertas características personales que se han cruzado con una coyuntura histórica. Lo explicó Clemenceau, en épocas más románticas, cuando le preguntaron por la militancia izquierdista de su hijo: "Es que si no se es de izquierda a los 20 años, algo falla en el corazón; pero si se lo sigue siendo a los 40, algo falla en la cabeza". Y Malraux, ante el reclamo por la represión ejercida contra los jóvenes del Mayo del 68: "En un tiempo se es incendiario, y en otro, bombero".
Dicho de otro modo, ¿subsiste la jerarquía literaria de Pound pese a su apología radial del fascismo? ¿Un nubarrón inamovible se cierne sobre la obra de Neruda por su militancia en el comunismo? ¿A la derecha le basta, para devaluar a Nicolás Guillén, que el autor de las Odas mínimas fuese admirador del castrismo? Y, en las antípodas, ¿la calidad de los versos de Robert Frost -designado por John F. Kennedy poeta nacional de los Estados Unidos- es desestimada sin más por lectores de izquierda?
Es un puñado de ejemplos, y sólo extraídos de la creación poética; el cuadro sería interminable si incorporáramos artistas en general.
Aunque surge claro que el de Pound es un fenómeno único. Ni estaba detrás de las barricadas, ni dejó de enriquecer su trabajo poético (todo lo contrario), ni era hombre de reacomodar argumentos para ponerse en línea con los nuevos tiempos.
Pero tomó para sí, en sus últimos años venecianos, la sabia incertidumbre de Sócrates, "sólo sé que no sé nada", correspondida con un silencio casi infranqueable. Lewis sintetizó esa última etapa: "Es un genio que atraviesa, de prisa, a grandes pasos, la escena contemporánea".
Hasta cierto punto. En 1963, en una entrevista milagrosamente lograda en Venecia por la periodista Grazia Livi, Pound reveló el que tal vez haya sido el verdadero motor de su vigorosa vitalidad: "...creo que algo de la conciencia del hombre quedará, no obstante todo, y que será su voluntad de luchar contra la inconsciencia".





