
Favaloro, ¿se suicidó o se inmoló?
HACE una semana que a los argentinos nos angustia esta pregunta: ¿por qué se suicidó el doctor Favaloro? Pero uno de sus entrañables amigos, Luis Landriscina, sugirió que Favaloro, lejos de suicidarse, se "inmoló". Lo que hay que determinar, por ello, no es por qué se suicidó, sino algo previo: si en verdad se suicidó. El suicidio no es igual, quizá sea lo opuesto, a la inmolación.
"Suicidarse", según el diccionario, consiste en "quitarse voluntariamente la vida". La voz latina caedere significa "cortar". De ella proviene el latín occidere, "matar": cortar o quitar la vida. Quien le quita la vida a otro hombre es "homi-cida". Quien se la quita a sí mismo, "sui-cida".
"Inmolar", según el diccionario, significa en cambio "sacrificar una víctima". El antiguo sacerdote que mataba un cordero en honor de los dioses, lo "inmolaba". Pero es posible también que, en lugar de inmolar a otro ser viviente, alguien decida inmolarse a sí mismo y ser, al mismo tiempo, inmolador e inmolado. El diccionario define al inmolador de sí mismo como alguien que "da la vida por el provecho o el honor de otros".
La raíz primordial de "inmolación" es la voz indoeuropea mel, que significa "moler". De ahí "molino" y "molienda". Por ejemplo: moler el trigo sobre la piedra hasta convertirlo en harina. Pero en algún momento la piedra se convirtió en el altar sobre el cual se colocaba a la víctima, en ocasiones junto al pan hecho de harina, para in-molarla, para "molerla" cual si fuera el alimento de los dioses. Todavía hoy, en la liturgia católica, el pan se consagra para rememorar no ya el suicidio sino la inmolación de Cristo.
Véase entonces la inmensa distancia que media entre el suicidio y la inmolación. El suicida "se quita" la vida. Cuando alguien se inmola, realiza un acto exactamente inverso. No se quita la vida. La da. "Da la vida por el provecho o el honor de otros."
La licitud del suicidio
Aristóteles decía que lo que merece ser vivido no es necesariamente "la vida", sino "la buena vida". De ahí que, en el caso de que la vida se convierta en "mala", no resulta irrazonable renunciar voluntariamente a ella. Los antiguos no veían el suicidio como un gesto desesperado, sino como la decisión racional a la que podía llegar una persona equilibrada cuando, después de sopesar cuidadosamente las razones que le auguraban una buena vida y las que le decían lo contrario, éstas prevalecían sobre aquéllas.
El estoico Epicteto, comparando la vida con una "casa", escribió: "si la casa ahúma, ¿qué te impide salir de ella?" Epicteto tenía en la mira a esos eternos quejosos que, pese a sus lamentaciones, continúan optando por la vida. Si te quejas y vives, sugirió, eres un mentiroso. No te molesta tanto como pretendes que la casa ahúme, porque si así fuera te saldrías de ella. La verdadera opción es aceptar la vida sin quejarse o abandonarla. Recuerdo el día en que después de escuchar una presentación de Roberto Goizueta, el legendario presidente de Coca Cola, le hice notar lo optimista que me había parecido. A lo cual me contestó: "Es una cuestión filosófica. Una vez que has decidido no suicidarte, sólo te queda el optimismo". Puro Epicteto. Pero el cristianismo negó que el hombre pudiera disponer de su vida porque ella le pertenece a Dios. El cristianismo introdujo la prohibición moral del suicidio. Por eso nosotros, herederos de la tradición cristiana, cuando oímos que alguien se suicidó enseguida agregamos: "Debía de estar deprimido". Esto es, enfermo. Es una manera de perdonarlo porque, en la tradición cristiana, se supone que los sanos no se suicidan.
¿Por qué inmolarse?
Hacia fines del siglo XX, hubo autores como Arthur Koestler que quisieron volver a la licitud del suicidio de la era precristiana. Koestler fundó la asociación Exit ("salida") para defender el derecho del ser humano a disponer de su vida. La propagación de la eutanasia en nuestros días apunta en la misma dirección secular: el hombre, ya no Dios, sería el dueño de su vida. Pero aun si admitiéramos el derecho del ser humano a quitarse la vida, el suicidio es una actitud en última instancia egoísta. Quien se suicida porque la vida se ha vuelto dolorosa en vez de placentera juzga que se ha revertido el balance entre placeres y dolores que hasta ese momento le había sido favorable.
Sea cristiano o secular el suicida piensa, por lo pronto, en sí mismo. Pero hay una serie de decisiones contra la propia vida que hasta la tradición cristiana vacilaría en condenar. ¿Qué decir por ejemplo del capitán que se hunde con su barco? ¿Qué decir del sargento Cabral? ¿Consideramos un mero suicida a Lisandro de la Torre? ¿O al samuray que, para salvar su honor, practica el harakiri ? ¿O al bonzo, que enfatiza su protesta prendiéndose fuego? En éstos y otros casos similares, las personas no eligen morir porque la vida se les haya hecho insoportable, sino porque han encontrado un altar donde ofrecerla. Por serle fieles a un principio. Para "el provecho o el honor de otros". Aquí hemos abandonado el país de los suicidas para entrar en el territorio de los inmolados. En tanto el suicidio es un acto en última instancia egoísta, la inmolación es generosa. En tanto el suicida se quita una vida que ya a su juicio no vale nada, quien se inmola ama tanto lo que ama -a Dios el mártir, a la patria el héroe, al honor el noble, al ideal el luchador- que decide darle lo que más aprecia: su propia vida, una vida que paradójicamente se vuelve aún más valiosa porque la da.
El consenso de los argentinos acerca de la trágica determinación que tomó el doctor Favaloro es que, si bien pudo haber habido en ella algunas de las motivaciones típicas del suicida -la ansiedad financiera, la angustia afectiva, el desánimo generalizado- la impulsó algo más .
Todos compartimos la impresión de que, si bien el obrar responde siempre a causas complejas, lo que quiso rubricar Favaloro con su muerte fue un mensaje. ¿Cómo interpretarlo? Arriesgo una respuesta: Favaloro representó, delante de los argentinos, la impotencia de la solidaridad. "Muero -vino a decirnos- porque no puedo brindarme."
En esta hora de recesión económica y de crisis social, Favaloro quiso decirnos que no contamos con un capital suficiente de solidaridad. Lo cual proviene de dos causas convergentes. Una, económica, es que si el país no crece impetuosamente, lo poco que produce es insuficiente para atender a sus crecientes necesidades sociales.
La segunda causa de la impotencia de la solidaridad en la Argentina actual es moral. Porque aun cuando la economía volviera a crecer habría mucho, todavía, para dar. Pero si bien la solidaridad se proclama todos los días, demasiadas veces es derrotada, en los hechos, por la indiferencia.
Favaloro quiso transmitirnos este doble diagnóstico con una voz que se escuchara en los cuatro rincones del país. Para eso, mediante su trágica muerte, la transformó en un grito. Dio su vida para que nadie pueda hacerse ya el distraído. Dio su vida "por el provecho y el honor de otros". Esos "otros" somos nosotros: los destinatarios finales de su inmolación.





