Feliz coletazo

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
Una de las más profundas y atormentadas novelas de aventuras es Moby Dick, que llega en una nueva edición de bolsillo
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6 de noviembre de 2015  • 02:02

Hay novelas de aventuras que son verdaderos retratos de la humanidad. Como si en alta mar, o en la selva, o en montañas y desiertos, el ser humano se viera expuesto a sus mayores ternuras y desgracias. Como si la aventura no solo fuera adentrarse en nuevas tierras, sino también alejarse de lo cotidiano, desprenderse de las asignaciones, y hallar una soledad opuesta al ostracismo. Se trata de la aventura del encuentro con los otros que están solos en busca de una aventura.

Una de las más profundas -y atormentadas- es Moby Dick, de Herman Melville. Desde su publicación en 1851, nos llegan oleadas de belleza y sabiduría que fueron engrosando con el paso de los siglos. ¿Qué nos trae esta novela en la actualidad, a través de una nueva edición de bolsillo en Penguin Clásicos, que por suerte conserva la impecable traducción de Enrique Pezzoni?

Varios hombres embarcados en una misma lucha, no necesariamente comparten los mismos ideales. El empecinamiento del capitán, no es compartido por el resto de la tripulación, en quienes se distribuyen otras cualidades humanas. ¿Qué pelea libra el capitán Ahab sin saberlo? ¿Es tan solo una venganza o una cruzada bíblica?

¿Acaso el enemigo no es uno mismo disfrazado de lo que más teme?

Acaso el enemigo no es uno mismo disfrazado de lo que más teme?

Cuando emprende su caza de la ballena blanca, el Capitán advierte a su tripulación: "No quiero en mi barco a ningún hombre que no tema". Él mismo dice, frente a la adversidad del cielo, "abofetearía al sol si me insultase".

La selección del personal, por llamarla de algún modo, ya es una lección de vida. Cada uno de los que suben al Pequod (en la nueva edición figuran los planos del ballenero y su equipamiento) cuentan con rasgos tan singulares como dignos de un muestreo. El bruto gentil, el curioso impertinente, el valiente y sosegado, el pertinaz, el irrevocable, etc.

Uno de los integrantes, el primer oficial, Starbuck, "sólo había visto unos treinta áridos veranos y esos veranos le habían secado cuanto era superfluo en su cuerpo." Vaya manera de decir la edad… Y Melville sigue: "La delgadez de Starbuck no parecía la huella de ansiedades y preocupaciones agotadoras, ni tampoco el síntoma de una consunción física. Era, sencillamente, la condensación del hombre".

Moby Dick, la novela más importante de la literatura norteamericana, de casi ochocientas páginas, es una verdadera condensación de lo humano. Una muestra de humanidad, de convivencia, y de alucinante visión apocalíptica. Subidos todos al mismo barco, van en busca de lo insondable, guiados por un fanático desquiciado, que al mismo tiempo les contagia su furor. Pero Ahab... ¿protege a la tripulación o sólo se sirve de ella? En todo caso, el desvelo es suyo: "¡Qué éxtasis de sufrimiento soporta el hombre devorado por un insatisfecho deseo de venganza! Duerme con los puños crispados y despierta con las uñas ensangrentadas, clavadas en la carne."

La historia del Pequod cruzando los distintos océanos (el libro incluye el mapa con el trazado, desde las costas norteamericanas hasta las zonas balleneras de Japón) es un recorrido imperdible por las mareas anímicas del hombre, sus bordes morales y físicos. Uno de los mejores finales de capítulo, el XVIII, concluye: "Piensen ustedes en la astucia del mar: sus criaturas más temibles se deslizan bajo el agua sin mostrarse casi nunca, pérfidamente ocultas bajo los matices del azul más seductor. Ahora vuelvan la vista hacia esta tierra verde, amable y dócil. ¿No encuentran una curiosa analogía con algo que está en ustedes mismos?"

Feliz coletazo de la ballena en esta nueva edición. En los clásicos, el tesoro de la lengua ¡reverbera!

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