Fernando Aramburu. "Después de ETA, en el País Vasco se está rehaciendo el pacto social"

El autor de Patria, una de las novelas que mejor logró retratar la violencia y la profunda grieta que dividió a toda una sociedad, habla de su trabajo de novelista y los peligros de ser instrumentalizado
Juan Pablo Bertazza
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9 de noviembre de 2019  

Fernando Aramburu
Fernando Aramburu Crédito: Julián Bongiovanni

PRAGA

"Ustedes lo llaman grieta y nosotros fractura, pero es exactamente lo mismo: una dualidad absoluta. Todo es Boca o River y, por más que uno no tenga ganas, debe decidirse por una opción, lo que a mí me parece muy restrictivo. Pero tal vez por eso mismo siempre me siento como en casa en Buenos Aires", dice el escritor vasco Fernando Aramburu cuando se entera de que la entrevista que está dando en Praga, la capital de la República Checa, donde está presentando la traducción de su novela Patria, será para un diario argentino.

Aunque se publicó en su idioma original hace ya más de tres años, Patria sigue siendo noticia. Significó un éxito sin precedente en la carrera de este novelista español: un millón y medio de ejemplares vendidos, traducciones a más de diez idiomas y hasta la adaptación al formato de serie, que la cadena HBO estrenará en 2020 en América Latina y en Europa.

De Patria llama la atención la sobriedad del título (teniendo en cuenta que el libro excede las seiscientas páginas) y el hecho de que la escribió en Alemania, más precisamente en la ciudad de Hannover, donde Aramburu lleva viviendo más de treinta años.

La historia del libro se centra en la vida cotidiana de dos familias que habitan un pueblo cercano a la ciudad de San Sebastián y, pese a tener un buen vínculo, terminan enemistándose por cuestiones en un primer momento políticas que se irán agravando cada vez más a lo largo de tres décadas: empieza a mediados de los años ochenta y concluye tiempo después de que ETA declara el cese de violencia en octubre de 2011.

No era la primera vez que este escritor nacido en la ciudad de San Sebastián trabajaba de manera literaria el terrorismo de ETA -ya lo había hecho en Los peces de la amargura (2006) y Años lentos (2012)- pero sí la primera vez que lo hacía de forma tan exhaustiva. Asegura que, desde la disolución del histórico grupo armado en 2018, la violencia ha desaparecido de la vida social del País Vasco, aunque el conflicto político permanece.

Como pasa con muchos escritores que vivieron buena parte de su vida fuera de su país, Aramburu se percibe algo así como una contradicción. Como si, en cierta forma, estuviera él mismo dividido en dos: muy serio para escuchar cada pregunta y muy simpático para responder. Muy escrupuloso al pensar cada una de las respuestas pero muy expresivo al momento de desarrollarlas.

¿Considera que una novela así solo la podría haber escrito lejos de su patria?

La distancia me ayudó a escribir el tipo de libro que escribí: un libro más bien abarcador en el cual la realidad de la novela estaba dentro de mí pero no me estaba salpicando continuamente. Y yo he estado bien informado, me he documentado, existe el teléfono, existe Internet, existen los libros; es decir que mi distancia con respecto al lugar sobre el que he escrito era de tipo geográfica pero nunca de tipo emocional. Siempre estuve de corazón en mi tierra bien informado y, pues, ocurrían hechos que me dolían mucho y yo sentía que me reclamaban literariamente. Es imposible que si la circunstancia vital del escritor cambia no cambien también sus libros.

Hay una suerte de evolución en la novela, desde el silencio de los que no pueden hablar por exceso de angustia hasta ese final tan simbólico del abrazo que transforma todo en un silencio mucho más agradable.

La interpretación del paso de un silencio a otro me parece legítima. De hecho yo insistí en que no se puede considerar al silencio social como si fuera solo uno: hay distintos silencios. El silencio de los cómplices, pero también los silencios que proceden del trauma o del miedo. Por otro lado, yo vengo de una sociedad en la que los varones particularmente somos bien parcos de palabras y las mujeres quizá no tanto. Así pues esas dos mujeres que, al final de mi novela, se encuentran en un espacio público y tienen un gesto de cordialidad no se dicen nada tampoco porque el gesto físico ya lo dice todo. Yo recuerdo haber estado con mi padre muchas veces juntos y no hablábamos pero, de alguna manera, nos estábamos comunicando.

¿Cómo hizo para transformar ese silencio casi hereditario en literatura?

Lo que ocurre es que la palabra escrita se consuma en soledad, en la soledad del escritorio donde uno está libre de testigos y, en esas circunstancias, es mucho más fácil superar timideces y limitaciones expresivas.

A propósito, ¿cómo se lleva con el éxito y la exposición que últimamente lo aleja de la soledad del escritorio?

Creo que es muy importante la edad. Yo he cumplido 60 años y entonces vamos a decir que estos fuegos artificiales del éxito, los aplausos y los premios ya me llegan a una edad que estoy en condiciones de tomármelos con calma. De todos modos confieso que he vivido desde joven esta desgarradura interna del escritor que por un lado se retira a escribir pero, por otro lado, quiere ser leído. Es decir que, para estar con los demás y decirles cosas lo más profundas y bellas posibles, el escritor se aleja de sus propios destinatarios. Esta paradoja la he llevado siempre conmigo y ha sido fuente de creatividad. Yo estoy agradecido al éxito de Patria, tengo por fin lo que no había tenido hasta entonces que son lectores, lectores de otros países, además. Tengo independencia económica, una cosa insólita en mi vida, que me da libertad: ya no tengo que escribir en los periódicos sobre cuestiones que no me interesan, he cumplido el sueño de ejercer la literatura con plena libertad. Claro que hay también aspectos negativos.

¿Por ejemplo?

Al hablar mucho, uno corre el riesgo de "superficializarse", de convertirse en un opinante de todo. Otro peligro es que cuando el discurso de una persona alcanza dimensiones grandes se vuelve apetitoso para los políticos, corre peligro de ser instrumentalizado.

¿Nota que le ha pasado eso con los políticos españoles?

Sí, lo noto continuamente: me saludan, me hablan en las redes sociales. Y no me quejo para nada, me parece bien pero, al mismo tiempo, trato de tener cuidado. Un escritor debe estar alerta todo el tiempo para no poner su creatividad al servicio de grupos de poder. Y tampoco creo, por supuesto, que sea posible ejercer un purismo completo.

¿Existe en la actualidad algún riesgo de que ETA reaparezca?

ETA se disolvió en 2018 y no quedó nada. Sí hubo un remanente entre 2011 y 2018 que, como declararon sus propios dirigentes, se debió a razones estratégicas porque pensaron que podrían llegar a obtener algo. La violencia ha desaparecido de la vida social del País Vasco y no hay más que ir y visitar sus ciudades para comprobarlo. Sí sigue habiendo un conflicto político pero, al mismo tiempo, se está rehaciendo el pacto social que consiste en que personas de distintas ideologías vivan juntas y puedan encontrar en las instituciones la solución a sus problemas, sin que una facción intente imponer a la fuerza sus criterios: eso es lo que llamamos democracia.

¿Recibió algún comentario del libro por parte de esos dirigentes de ETA que mencionaba antes?

Yo estoy en el humanismo y me resisto a reducir a los individuos a una faceta: que sean comunistas, que sean policías, que sean católicos, lo que sea. Yo sabía de antemano a quiénes no les iba a gustar mi novela por razones de tipo ideológico, porque mi novela para algunos convictos no es útil y hasta es contraria a su publicidad; eso lo sabía de antemano. Y, de hecho, he comprobado que la novela tuvo críticas negativas que para mí fueron honrosas: me preocuparía que un fascista o un radical del otro lado me alabase.

Cuando tomó la decisión de irse a vivir a Alemania, ¿especuló sobre cómo podía llegar a repercutir eso en lo que escribe?

Hice lo peor que se puede hacer: marcharme del ámbito de mi acción cultural. Pero no me exilié, me enamoré de una alemana con la que todavía vivo. Al principio tenía cierto temor de perder mi idioma o de que se me oxidase. Tenía esa psicosis pero, a la larga, esto fue muy positivo para mí como he sabido después porque encendió una alarma lingüística en mi cabeza. Creo que hice un esfuerzo suplementario para engancharme a mi idioma cuando supe que estaba en peligro, me dediqué a reaprender mi idioma con fines literarios al mismo tiempo que aprendía alemán.

¿Qué significa reaprender el idioma?

Recuerdo que una vez fui con mi mujer al teatro y solo entendí una palabra. Es decir, me estaba desvinculando de la realidad sobre la que luego he escrito de manera quizás obsesiva porque, a pesar de llevar viviendo más de treinta años en Alemania, no he dejado de escribir sobre mi tierra natal. Me acuerdo que la primera vez que volví a España de vacaciones ya no conocía a los ministros, aunque ni falta que hace, ni entendía los nuevos chistes y empezaba a desconocer a los cantantes. De ahí en más cada vez que volvía en verano percibía pequeños cambios en el idioma: expresiones, nuevos errores que, de repente, muchos repiten. Me di cuenta de que los ciudadanos están unidos al idioma por un cordón umbilical. Al salirme de mi ámbito lingüístico yo estaba en condiciones, sin darme cuenta, de objetivar mi idioma, de convertirlo en un objeto, de ponerlo encima de la mesa y verlo como algo fuera de mí. Y eso creo que fue muy provechoso para mis libros.

¿Y qué acciones concretas llevó a cabo para mantener el idioma pese a todo eso?

Me puse a leer mucho: trataba de reaprender mi idioma en el sentido de llegar a dominarlo de tal manera que fuera para mí un amigo a la hora de escribir. Eso lo entendí durante un concierto de piano: vi a un pianista que tocaba una pieza muy larga sin partitura. Él y el piano eran como una unidad. Y cuando vi aquello pensé que me gustaría lograr lo mismo con mi idioma: sentarme a escribir sin aspirar a la perfección entendida como un horizonte al que uno llega sino, por el contrario, que la perfección fuera el punto de partida para trabajar creativamente. Para eso, claro, necesitaba todas las teclas: un vocabulario muy amplio, un profundo conocimiento de la gramática y de cualquier minucia de mi propia lengua. Entonces me dediqué a estudiar gramáticas, libros de sintaxis y analizar el estilo de otros. Leía a Borges y me preguntaba por qué me gusta su literatura aunque escriba sobre asuntos que a mí no me van ni me vienen.

Y mientras tanto, ¿pudo aprender el alemán?

Creo que Borges, en una de sus mentiras ingeniosas, decía que el alemán lo había aprendido solo. Yo me permito dudar. Aunque considero que hacen falta dos o tres vidas para aprenderla bien, estoy muy agradecido a la lengua alemana. Sobre todo por haberme hecho consciente de ciertas carencias del español. Por ejemplo la lengua alemana es muy hábil para convertir sonidos o ruido en verbos o sustantivos. Ahí donde nosotros solo decimos "tintinear", el idioma alemán matiza mucho. Entonces uno se da cuenta de que hay huecos en el idioma materno que se pueden llenar inventando algo, y esto es un juego que a mí me da mucho placer. A veces traduzco directamente expresiones de la lengua alemana, por ejemplo "cerrar los nervios" en lugar de "sacar de quicio", un préstamo, una traducción literal que cualquier hablante hispanoamericano entiende por cercanía. Lo digo para mostrar la enorme ventaja que se tiene cuando uno está en contacto con otros idiomas. Alguna vez lo he dicho de broma pero creo que va en serio: para dominar el propio idioma uno debería aprender otros.

A propósito de Borges, ¿qué significa para usted la literatura argentina?

Creo que no descubro nada si digo que la Argentina es una fuente de creación literaria de primer nivel. No tengo ninguna duda y no es raro descubrir, cada cierto tiempo, un autor o una autora procedentes de la Argentina que tienen algo que decir y que lo hacen francamente bien. Además, a pesar de que ustedes son tan quejumbrosos, yo creo que hay una oreja continuamente dirigida en España hacia ustedes. Creo que los amantes de la literatura siempre deberían tener la antena puesta en lo que se hace en la Argentina. Por otro lado, como la Argentina no es el paraíso social, genera historias y, donde hay conflictos, hay novelas y cuentos. Donde todo funciona es difícil escribir literatura: no es normal que una sociedad ordenada o armónica desarrolle buenas novelas. La felicidad está bien para vivirla y disfrutar pero es muy poco productiva para escribir.

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