Una época de altos impuestos al trabajo

Orlando J. Ferreres
Orlando J. Ferreres PARA LA NACION
Tenemos que sacar el yugo que oprime al trabajador para que tenga más libertad y pueda gozar de una mayor proporción del producido de su tarea
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12 de marzo de 2014  • 04:10

Los impuestos al trabajo eran solo al 10% del salario bruto en 1905 y ahora llegan al enorme 42% del mismo, aunque en algunos picos como el de 1990-95 alcanzaron al 50% del sueldo antes de descuentos. Estos impuestos tienen distintos nombres como: aportes personales, aportes patronales, contribuciones, entre otros. Pero en definitiva su función es extraer poder de compra del asalariado o empleado, para "cuidarlo" en el Estado y "devolverlo" después en el tiempo oportuno. Algo que ocurre sólo en una proporción real muy pequeña.

Por esto los podemos llamar impuestos. Es decir, son extracciones impuestas a los trabajadores. Un ejemplo puede aclarar el siguiente aspecto: aun cuando tenían un rendimiento bueno los aportes a las AFJP , en el momento en que el Gobierno los expropió, muy poca gente salió a defender ese dinero, con cuentas a nombre de cada uno, pues, en definitiva, se los veía como un impuesto. Algo que pagamos y no sabemos después qué puede pasar con ese dinero. Ya no se informa trimestralmente el monto que cada uno aportó para la jubilación y todo lo que el Estado logra recaudar por este concepto es anónimo, va a la masa de fondos, como ocurre con los impuestos.

Cuando tenemos que pagar un impuesto o una carga social en nuestro país la gente piensa aproximadamente en estos términos: "Me sacan el dinero para usarlo ellos y no me devuelven casi nada":

Cuando tenemos que pagar un impuesto o una carga social en nuestro país la gente piensa aproximadamente en estos términos: "Me sacan el dinero para usarlo ellos y no me devuelven casi nada": Casi nada en educación, casi nada en salud, casi nada en seguridad, casi nada en jubilación o pensión y si quiero obtener estos servicios y me resta aún algo de dinero, tengo que pagar aparte por salud privada, educación privada, seguridad privada y hacerme mi propio sistema jubilatorio privado, es decir, ahorrar en una forma que los gobernantes de turno no me lo puedan licuar o cambiar por un bono estatal a 10 años.

Todas estas cargas sociales, como dijimos, representan algo más del 42% del salario bruto. Esto significa que el trabajador podría cobrar un 42% más sin que a la empresa le costara nada adicional, ya que si la empresa no tuviera que enviar ese dinero al Estado podría pagarla al trabajador o se le podría obligar a que la pague al trabajador.

La situación es aún peor que la dscripta, pues el salario de bolsillo es un 83% del salario bruto, con lo cual el peso de estas gabelas sobre lo que la persona cobra está en 51% del salario de bolsillo en la industria y 56 % en los servicios. En otras palabras si una persona cobra 100, el costo total industrial es de 151. Esto convierte a nuestras industrias en no competitivas en un mundo productivo que no tiene estos costos, para lo cual basta estudiar solo el principal proveedor del mundo actual que es China. En los servicios, los impuestos al trabajo son peores, más altos.

La evolución de las cargas sociales fue empeorando a lo largo del tiempo. Desde 1905 hasta 1943 llegaban al 10-11,5 % del salario bruto, siendo siempre 5% los aportes personales. A partir de Juan Domingo Perón las cargas sociales pasaron a ser en total el 20% del salario bruto y hacia el final de su gobierno crecieron a 25%. Pero nada que ver con los niveles cercanos al 50% del salario bruto de la "época neoliberal" de 1990-1995 o la situación actual que es de 42% para arriba.

Las consecuencias de estos altos impuestos o cargas al trabajador son básicamente cuatro:

  • a) Al no devolver el Estado estos impuestos al exportar, como si ocurre en el caso del IVA, la industria argentina se vuelve muy poco competitiva
  • b) Los precios locales, al trasladar las empresas formales estos costos al consumidor, son altos, lo que favorece a la competencia de productos importados versus los nacionales y además para el trabajador se reduce el salario real neto cobrado por dichos altos precios

  • c) Las empresas, para evitar estos altos costos, tratan de tomar el menor número posible de empleados
  • d) Crece la informalidad, sobre todo en las empresas medianas y pequeñas que al no tener tanto capital son más trabajo-intensivas, por lo cual, para competir con la importación, a dichas compañías les resulta difícil pasar estos costos al consumidor. Así algo más del 30% de ellas optan por la informalidad.

Pueden gustar o no estas conclusiones, pero son una realidad.

Tenemos que sacar este yugo que oprime al trabajador para que tenga más libertad y pueda gozar de una mayor proporción del producido de su trabajo. El señor Feudal obligaba al siervo de la gleba a trabajar tres días de los siete de la semana para el Señor o sea el 42%. Esa proporción, tomando las cargas sociales que ya son el 42% y adicionándole el IVA, los ingresos brutos y los demás impuestos directos e indirectos los que mayormente pagamos cuando compramos cualquier alimento o articulo para el hogar, llevan a que un trabajador se le extrae un aporte para el Estado actual mayor que lo que exigía el Señor Feudal o lo que era el diezmo en épocas anteriores. No hace falta aclarar que nadie ve bien lo que hacía el señor Feudal pero ahora la situación es peor. Es difícil recuperar una cultura del trabajo si el trabajo es castigado de esta manera.

Tenemos que volver a las cargas sociales de Perón. Con eso es suficiente. Así vamos a aumentar la libertad económica del trabajador del siglo

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