Flashbacks de Malvinas

Cuando empezó la guerra de Malvinas yo tenía dieciséis años y cursaba cuarto año en un colegio que estaba a punto de cerrar sus puertas. Mis compañeros y yo terminamos la secundaria en distintos establecimientos, donde nos recibieron de manera helada por más ecuménicos que fueran. Además de la ola de euforia incomprensible de la sociedad en ese momento, en la escuela había un aire de inquietud. ¿Los alumnos varones podrían, llegado el caso, ser convocados para pelear en las islas? La guerra duró 74 días y ese temor fue sólo eso, otra aciaga fantasía de guerra (otra que recuerdo de esos días era el pánico por que los ingleses bombardearan Buenos Aires). Años después fui amigo de un ex combatiente, Pablo, con quien queríamos editar una revista literaria. Hablábamos menos de Malvinas que de los libros y escritores que nos gustaban, aunque el tema de la guerra, también en las novelas, surgiera de vez en cuando como un flashback. Finalmente, Pablo se fue a vivir a las sierras y el proyecto quedó en la nada. En una carta comparaba el paisaje seco, de arbustos petisos, rocoso de las sierras, con el de las islas.
En la Argentina la guerra de Malvinas tuvo una espectacularidad que, luego de la derrota, se reveló como un fraude creado por la dictadura con el apoyo de medios gráficos y audiovisuales. Y, claro, de la sociedad civil. Por televisión habíamos visto con mi abuela materna la Plaza de Mayo colmada de manifestantes y banderas argentinas.
Las voces de los soldados, que treinta y cuatro años atrás fueron enemigos, se superponen como documentos vivos de una experiencia trágica
En Campo minado, la nueva obra de Lola Arias que se presenta hasta el 4 de diciembre en el Centro de las Artes de la Universidad Nacional de San Martín, el "show de la guerra" se muestra en los jingles, los clips televisivos, las tapas de revistas y de diarios con las que el Estado y la prensa "bombardeaban" a los habitantes. La reflexión sobre los hechos históricos llegaría mucho después, porque el final de la guerra modificaría los planes de Margaret Thatcher y también los de los militares argentinos. Para mí, y para muchos compañeros y amigos, fue paradójico ese final de guerra: una derrota militar provocaba la retirada de los militares del poder, algo que muchos ansiábamos. Era un sentimiento mixto el que tenía. Otros, simpatizantes de la dictadura, supongo que habrán pasado un momento amargo por partida doble. Sin embargo, ellos no me importaban. Muchos habían muerto por las decisiones de los militares y no podrían tener ya sentimientos simples ni dobles ni triples. Murieron 649 argentinos.
En una escena de Campo minado, que, hay que repetirlo, está protagonizada por seis ex combatientes (tres ingleses y tres argentinos) que se representan a sí mismos, uno de los ex soldados argentinos cuenta que antes de permitirles regresar con sus familias los mandos militares argentinos "los engordaron" en Campo de Mayo. El maquillaje de la realidad continuaba incluso después del triunfo inglés. La obra se asemeja más a un documental que a un hecho teatral. Las voces de los soldados, que treinta y cuatro años atrás fueron enemigos (¿pero qué es un enemigo?), se superponen como documentos vivos de una experiencia trágica y, al parecer más para los argentinos que para los ingleses, traumática.
Termina la obra dirigida por Arias (sonrío al pensar que una joven directora les dio órdenes durante meses de ensayo a rudos ex soldados de más de cincuenta años) y observo la reacción del público en la sala de la Unsam. Emocionados, de pie, aplaudimos mientras el elenco saluda al público; otros abrazan a los “actores” de uno y otro bando. Por supuesto, muchos toman fotos con cámaras digitales y celulares. Más tarde, mientras escribía en casa, vería en las redes sociales algunas de esas imágenes “capturadas”, como se dice, durante la función de Campo minado.










