
Freud y la psicología presidencial
Por Eduardo Fidanza Para LA NACION
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Sigmund Freud sentía aversión por el presidente norteamericano Thomas Woodrow Wilson. Para él, Wilson representaba la irrupción del fundamentalismo religioso en la política. Era un intruso con mandato divino para determinar la suerte de los europeos al cabo de la Primera Guerra Mundial. Un árbitro del mundo inculto y prepotente.
En realidad, Freud se había ilusionado inicialmente con Wilson. Pensó, seducido por su discurso bienintencionado, que sería responsable y justo a la hora de contribuir a cerrar las heridas abiertas por la guerra. Luego, como le sucede a cualquier ciudadano contemporáneo con los políticos, terminó reprochándole no haber cumplido sus promesas.
A propósito, escribió Ernest Jones, su biógrafo oficial: “Freud tenía cosas muy duras que decir acerca de Wilson, cuya visión de una Europa amistosa, basada en la justicia, se estaba convirtiendo rápidamente en una simple ilusión. Cuando yo señalé la complejidad de las fuerzas que intervienen en la concertación de un tratado de paz y que éste no podía ser dictado por un solo hombre, replicó: «No debían haber hecho, entonces, tales promesas». Se trataba aquí, evidentemente –concluye Jones–, de uno de los numerosos casos en la vida de Freud en que su optimismo, o su credulidad, lo habían inducido a depositar grandes esperanzas en una persona, tras lo cual venía el resentimiento creado por el fracaso, poco menos que inevitable”.
A decir de Freud, Wilson no era afecto a reconocer “los hechos del mundo exterior real” si éstos contradecían sus deseos y esperanzas. Resultaban decisivas sus “nobles intenciones”, no los datos del problema que enfrentaba. Cuando la realidad lo contrariaba, el presidente eludía enterarse.
Cuenta la crónica que en el viaje rumbo a la Conferencia de Paz, en 1918, Wilson dijo que había decidido entregar Bohemia a Checoslovaquia. Cuando sus colaboradores le preguntaron qué pensaba hacer con los tres millones de alemanes que vivían en Bohemia, quedó perplejo: “¡Tres millones! ¡Qué raro! ¡Nunca me lo dijeron!” En otra ocasión, en la Casa Blanca, afirmó que había por lo menos cien millones de judíos en el mundo. Cuando le recordaron que a duras penas llegaban a quince millones, mandó a buscar el Almanaque Mundial, y aun después de haber constatado las cifras le costó reconocer su equivocación.
Para Freud, un Wilson desinteresado en reducir su ignorancia semejaba a un médico que desea devolver la visión a un paciente desconociendo la anatomía del ojo y los métodos para operar. Así llegaba, a juicio del padre del psicoanálisis, el presidente norteamericano a la Europa desgarrada por la guerra: para imponerle, sin conocimiento de causa, una “paz justa y duradera” desde arriba.
Sigmund Freud y Thomas Woodrow Wilson no sólo fueron contemporáneos, sino que estaban perfectamente sincronizados: ambos habían nacido el mismo año. Es difícil pensar que el presidente conociera al médico, cuya fama no había trascendido aún los límites de su círculo profesional; Freud, en cambio, seguía a Wilson por los diarios: era uno de los políticos excluyentes de la época.
Hacia principios de la década del veinte, el diplomático norteamericano William C. Bullitt, que había trabajado al lado de Wilson y llegaría a ser embajador en París, visitó a Freud. Mantenían una relación de amistad. Según su testimonio, lo encontró con mala salud y deprimido. “Me dijo sombríamente que no le quedaba mucho de vida y que su muerte no tendría importancia, ni para él ni para nadie, porque había escrito ya todo lo que deseaba y su mente se había vaciado.”
De acuerdo con el relato de Bullitt, Freud se interesó por un libro que él estaba escribiendo, sobre el Tratado de Versalles. El trabajo contendría estudios acerca de los principales líderes políticos de la época. Freud lo sorprendió al proponerle escribir en conjunto el dedicado al presidente Wilson. El diplomático cuenta que Freud insistió, argumentando que estaba insatisfecho con sus estudios sobre Leonardo da Vinci y el Moisés, de Miguel Angel, porque había tenido que sacar conclusiones generales a partir de pocos hechos. Ahora se le presentaba la oportunidad de abordar el estudio psicológico “de un contemporáneo sobre el que se podrían averiguar miles de hechos”.
El producto de la sociedad fue un trabajo no publicado en vida de Freud: El presidente Thomas Woodrow Wilson. Un estudio psicológico. Los coautores, luego de marchas y contramarchas decidieron no dar a conocer el estudio hasta después de la muerte de la segunda esposa de Wilson.
Ahora bien, ¿se podía psicoanalizar a Wilson? Claramente, la respuesta es no. Las razones las ofrece el mismo Freud y pertenecen al estricto sentido común profesional: si el paciente no comparece (Wilson había muerto y, de haber estado vivo, nadie lo hubiera imaginado acostado en el diván), no puede sometérselo al método. Quedaba, entonces, la posibilidad de un “estudio psicológico” que, como dice Freud, no se privaría, empero, de usar terminología psicoanalítica.
A mi entender, el estudio sobre Wilson no es interesante por la aplicación de categorías psicoanalíticas al presidente norteamericano. Excepto algún apunte genial de Freud, las relaciones de Wilson con su padre, su bisexualidad (todos los seres humanos son bisexuales, Freud dixit), o las vicisitudes de su energía libidinal no pasan de ser un encasillamiento de su compleja personalidad dentro de axiomas que hoy suenan arcaicos.
En efecto: a pesar de la extrema cautela de Freud, el estudio incluye pasajes como éste, que si él no escribió, seguramente supervisó: “Ante todo, nos interesa tratar de comprender la particular conciliación de los deseos opuestos de su libido, que logró su yo, es decir, su personalidad. Podemos trazar el camino de su libido sin conocer su fuerza exacta. Por lo tanto, supongamos tan sólo que no era ni extraordinariamente poderosa ni extremadamente débil y pasemos a la cuestión vital de por cuáles salidas se descargaba”.
Queremos decir: la “libido” de Wilson, su “elección objetal”, su “narcisismo”, su “superyó” no dan cuenta acabadamente de las razones de su controvertido destino, que, como Freud sugiere con brillantez, consistió, al revés que el apotegma clásico, en desear siempre el bien y crear siempre el mal.
Por ello, a los ojos de un contemporáneo, lo fascinante (y lo vigente) del estudio de Freud y Bullitt sobre Wilson tal vez sea el relato histórico-biográfico. Allí se palpa el contrapunto entre personalidad y acontecimiento. Y se aprecia la paradoja del presidente, que lo coloca en la saga de los grandes líderes políticos: la negación de ver del visionario. Su desvalorización mesiánica del mundo.
Así, sobre la lúcida hipótesis de Freud, que vinculó la negación de la realidad por parte del presidente con su fundamentalismo religioso (Wilson se consideraba un enviado de Dios), el relato de Bullitt cautiva e inquieta: en la Casa Blanca (y en otras casas presidenciales), antes como ahora, las decisiones resultan de una mixtura entre consideraciones de Estado y hechos fortuitos, de los cuales la psicología presidencial ocupa un lugar destacado.
Veamos: el presidente Wilson se encontraba en tratos amorosos con quien sería su segunda esposa (“estaba temerariamente enamorado”) en la misma época en que debía decidir si Estados Unidos entraba o no en la guerra; el presidente Wilson se deprimía y delegaba, entonces, las determinaciones que le correspondían; las oscilaciones de su ánimo en un mismo día eran tan extraordinariamente acentuadas que influían en su tarea.
Mientras el mundo esperaba en vilo la respuesta norteamericana, uno de los más estrechos colaboradores de Wilson, el coronel House (que por cierto no era psicólogo), consignó en su diario: “Los informes de Washington revelan una curiosa inercia. En gran parte se debe, naturalmente, al presidente. Está tan embelesado con su novia que descuida el trabajo…” En otro pasaje del diario escribe: “Una fase peculiar de la personalidad del presidente es que esquiva los problemas. En cuanto le planteo algo que le resulta desagradable tengo grandes dificultades para conseguir que lo enfrente…”
La sexualidad de un presidente, sus mecanismos de defensa, sus obsesiones neuróticas nunca podrán explicar el éxito o el fracaso de su carrera. El análisis histórico se reserva ese campo. Freud lo sabía. Más aún: su honestidad intelectual le permitió admitir la escasa relevancia de la psicología para explicar el derrotero de los hombres que “hacen historia”.
No sabemos si con amargura o con ironía escribió al final de la introducción al estudio sobre Wilson: “Locos, visionarios, víctimas de alucinaciones, neuróticos y lunáticos han desempeñado grandes papeles en todas las épocas de la historia de la humanidad […] Habitualmente han naufragado haciendo estragos, pero no siempre. Personas así han ejercido una influencia de gran alcance sobre su propio tiempo y los posteriores […] Han sido capaces de alcanzar tales logros, por un lado, con la ayuda de la porción intacta de sus personalidades […]; pero, por otro lado, son a menudo precisamente los rasgos patológicos, el refuerzo anormal de ciertos deseos, la entrega a una sola meta sin sentido crítico y sin restricciones lo que les da el poder para arrastrar a otros tras de sí y sobreponerse a la resistencia del mundo”.
Desde entonces nada ha cambiado demasiado. Por eso Freud sigue hablándonos con frescura ciento cincuenta años después.





