
Giovanni Battista Montini: el espía del Vaticano
Documentos desclasificados en Washington revelaron que el cardenal que luego se convertiría en el papa Pablo VI ayudó a los servicios secretos norteamericanos, desde el final de la Segunda Guerra Mundial y durante 20 años, a combatir el comunismo
1 minuto de lectura'
ROMA.- Para salvar a Italia de las garras del comunismo poco antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, monseñor Giovanni Battista Montini, futuro papa Pablo VI, ayudó a los servicios secretos norteamericanos. Así lo sostuvo hace unos días el Corriere della Sera, que encontró en los archivos nacionales de Washington algunos documentos que sugieren que, a partir de julio de 1944, Montini, brazo derecho del papa Pío XII y más que ligado al escenario político italiano y a la naciente Democracia Cristiana, se convirtió en el "punto de referencia crucial" del OSS, el Office of Strategic Services, precursor de la actual CIA (Central Intelligence Agency).
Un mes después de la liberación de Roma, su director, William Donovan, un católico, fue enviado especialmente al Vaticano por el presidente Franklin Delano Roosevelt a pedir ayuda a Pío XII. Una audiencia privada que, según el Corriere, se transformó para Italia en una de las reuniones más importantes de la Segunda Guerra Mundial.
Sobre la base de los intereses estratégicos de los Estados Unidos, era fundamental que la Santa Sede, desde siempre una autoridad moral con muchísima influencia política y una extensa red de parroquias, diera su auxilio en tres frentes: en la liberación del norte de Italia de los alemanes, en la defensa de la próxima república democrática ante el comunismo de Moscú, y en el espionaje en Berlín y Tokio. La persona indicada para moverse en esas aguas, según los servicios norteamericanos, era Giovanni Battisti Montini, un hombre clave del pontificado de Pío XII.
Nacido el 26 de septiembre de 1897 cerca de Brescia, en el norte del país, el futuro Pablo VI (1963-1978) en ese entonces era un experto diplomático, no sólo con el cargo de sustituto de la Secretaría de Estado -el número tres, después del Papa-, sino también como capellán de la Federación de Estudiantes Universitarios Católicos italianos, un puesto que iba a tener un efecto decisivo en su relación con los fundadores de la Democracia Cristiana. Un partido que dominó el escenario político italiano por décadas, desde la posguerra hasta la caída del comunismo, en Europa oriental, desaparecido luego del terremoto provocado en 1992 por la operación anticorrupción Manos Limpias, emprendida por los jueces de Milán que descubrieron Tangentopoli, la ciudad de las coimas.
La amenaza stalinista
Según la investigación del Corriere, Donovan "logró el sí de Montini", que ofreció al OSS "un servicio de informaciones reservadas" por nada menos que veinte años. Claro, él también, al igual que Pío XII, estaba interesado en proteger a Italia -entonces empobrecida y devastada por la guerra- de la Unión Soviética de Stalin.
No extraña entonces el hallazgo en los archivos nacionales de Washington de informes elaborados por los servicios secretos, o por personal de la embajada de Estados Unidos ante la Santa Sede, que ponderan sus dotes políticas. "Montini es hijo de un parlamentario de Brescia del partido popular, hoy Democracia Cristiana, desde siempre antifascista y anticomunista", escribió en octubre de 1944 Vincent Scamporino, jefe del SI (Secret Intelligence) del OSS. Un espía que no sólo apreciaba al futuro Pablo VI porque era el "hombre de confianza" del entonces Pontífice, y seguramente un papabile en el corto plazo, sino también porque, a diferencia de muchos otros altos prelados, quería que en Italia hubiera democracia, y no un régimen franquista.
Lo cierto es que el futuro Pablo VI, ya antes del fin de la Segunda Guerra Mundial consideraba al comunismo como un peligro mucho mayor que el nazismo, por lo que compartía ese gran temor con Estados Unidos. No hay que olvidar que el Partido Comunista Italiano (PCI) era el más grande de Europa: de ahí, la alianza de los Estados Unidos con el Vaticano en su contra, en Italia y, más tarde, en contra de la URSS, en Europa del Este. Las agendas, más allá de las diferencias, coincidían.
¿Esto significa que Montini realmente se convirtió en un hombre de los servicios secretos norteamericanos? Consultado por Avvenire, el diario de la Conferencia Episcopal Italiana, el cardenal Achille Silvestrini, durante décadas en altos puestos de la Secretaría de Estado, no ocultó cierta perplejidad ante semejante afirmación. "Si uno lee atentamente los documentos, Montini no fue un `informador reservado´, que daba indicaciones secretas sobre personas o situaciones. Lo que hizo, en cambio, fue proporcionar evaluaciones sobre la situación europea e italiana de esos años, como todas las cancillerías del mundo", comentó.
Para este purpurado de 79 años, es fundamental considerar los archivos a la luz del contexto de la época, en la cual en los palacios vaticanos reinaba una evidente inquietud por el futuro de las Iglesias que estaban por quedar del otro lado de la Cortina de Hierro.
"Hay una elección claramente antinazi y una preocupación por el después de Europa, y en particular, de Italia", apuntó Silvestrini. Por lo tanto, "resulta bastante lógico que Montini diera a los norteamericanos informaciones sobre qué pasaba en el país. Sobre todo en el norte, que aún estaba en manos de los alemanes, donde los Aliados no sabían qué sucedía, a diferencia de la Santa Sede, que contaba con una red de informaciones gracias a los obispos. Es claro que el enviado norteamericano habrá preguntado: ¿Con quién podemos contar? Y Montini le habrá contestado: Con la Democracia Cristiana . Esto no significa que haya habido espionaje. Por un lado, los norteamericanos querían entender, y está bien que hayan recurrido a la Santa Sede, y por otro, querían saber en quién podían confiar", agregó.
"Exagerado"
Tras poner en duda que la colaboración de Montini con los servicios secretos norteamericanos haya durado veinte años, como escribió el Corriere -"quizás es exagerado"-, Silvestrini recordó que aún falta abrir los archivos secretos de la Santa Sede sobre ese período. "Hoy existe un gran interés por toda la documentación que tiene que ver con la Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra. Y por esto los historiadores siguen insistiendo para que la Santa Sede vaya más rápido en la apertura de sus documentos", admitió.
Por otra parte, también es sabido que, durante el actual pontificado de Karol Wojtyla, Estados Unidos fue a pedir ayuda al Vaticano. ¿Para qué? Para terminar con el bipolarismo y para destruir el comunismo del imperio soviético.
Eso sucedió cuando, en 1982, en plena Guerra Fría, el presidente Ronald Reagan envió varias veces al director de la CIA, William Casey, otro católico de los servicios, para mantener reuniones secretas con Juan Pablo II, el papa venido del Este.
"Cuando Ronald Reagan asumió, el 20 de enero de 1981, los primeros contactos estratégicos entre el gobierno de los Estados Unidos y el Papa de Roma ya se habían hecho. Zbigniew Brezezinski, el consejero de seguridad nacional, nacido en Polonia, al servicio del presidente Jimmy Carter, había representado a los Estados Unidos en el ascenso de Wojtyla al trono de San Pedro", se lee en Su Santidad . El famoso libro de Carl Bernstein y Marco Politi cuenta cómo, después de que Reagan y Juan Pablo II fueron heridos por asesinos en potencia, se encontraron en Roma y comprometieron inmensos recursos de estas dos superpotencias -una espiritual y la otra estratégica- para dar marcha atrás a las divisiones de Yalta y apurar la descomposición del comunismo.
"Los norteamericanos siempre vieron al Vaticano como a un bloque con mucho poder político, con una información privilegiada y con una de las mejores y más sofisticadas diplomacias del mundo, por lo que no extraña que siempre haya habido y siga habiendo estrechos contactos", explicó a LA NACION un experto en cuestiones vaticanas.
Tal es la importancia que le da la única superpotencia al pequeño Estado más allá del Tíber que el presidente George W. Bush ha designado como embajador ante la Santa Sede a Jim Nicholson, una persona de mucha confianza, con una gran carrera en el Partido Republicano. Nicholson asistió en marzo último al crucial encuentro que mantuvo en la Casa Blanca con Bush el cardenal Pío Laghi -nuncio en la Argentina durante la dictadura-, en uno de los últimos esfuerzos de Juan Pablo II para evitar la guerra en Irak. Hace unos meses este embajador escribió un pequeño libro sobre la historia de las relaciones entre Estados Unidos y la Santa Sede.
En otra señal de la importancia que la superpotencia le da al Vaticano, recientemente ha reforzado el número de su personal en esa legación diplomática ubicada en el Aventino, una de las bellísimas colinas de Roma.
El Vaticano, por su parte, siempre intercambió información con Estados Unidos (y también con muchos otros países), pero sin identificarse nunca con los objetivos políticos de este país, sino manteniendo distancias, indicó la misma fuente. "En el caso de la supuesta colaboración del futuro Pablo VI en 1944, por ejemplo, amén de que existía el fantasma del comunismo que los unía en una causa común, en el Vaticano seguramente no estaban contentos con que se hubieran tirado bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Pero también eran conscientes de que Italia necesitaba una mano aliada para salir del desastre de la posguerra y para que la democracia prevaleciera sobre el fascismo."





