¿Gran reseteo o gran resignación? Una narrativa para 2021
Si hubiera un arco narrativo para describir este 2021, bien podría abrirse con la convocatoria del Foro de Davos en enero. Su lema, El Gran Reseteo (The Great Reset) pretende aprovechar las condiciones de la pandemia para repensar y “reponer las condiciones iniciales del sistema”, tal la definición técnica de esa referencia a la computación. Reiniciar.
La analogía vuelve a poner el foco en la poderosa influencia cultural, semántica en este caso, de la ciencia de la información: ante la imposibilidad de seguir la actividad y el agotamiento de algunas funciones básicas (económicas, políticas, impositivas, ambientales, en el ejemplo de Davos), se postulaba esta temporada como la ideal para una ambiciosa revisión integral del desarrollo humano (sic) y se alentaban las fantasías de un nuevo comienzo. Paradojas: si bien el mensaje apuntaba a motivar a las élites de inversores y poderosos líderes globales, la reflexión parecía una espontánea respuesta de los pibes de sistemas, el eslabón más bajo de la cadena laboral tecnológica, frente a un desperfecto inexplicable: ¿probaste apagar y volver a prender?
‘No importa cuánto ganes; si alguien te dice a qué hora trabajar, cómo vestirte y cómo comportarte, no eres libre’, dice el inversor indio Naval Ravikant”
Ya en diciembre, con nuevas cifras que se conocieron esta misma semana en Estados Unidos, otra definición clave parece ser La Gran Renuncia (The Great Resignation): el fenómeno de trabajadores que deciden abandonar su empleo viene acumulando históricas cifras récord desde abril. En este período, un 12% de los empleados totales decidió renunciar y, atención, un 95% consideraba la posibilidad del cambio de trabajo. La curiosa crisis de empleo –más aún mirada en perspectiva desde países no centrales– excede la estadística y estimula reflexiones en todos los ámbitos. Un fast-book editado el mes pasado pone el foco en el tema y plantea su propia tesis: algo se rompió. “Estamos viendo el ascenso del individuo, que pone condiciones para quedarse en la empresa y el fin de la era del trabajo como guardería diurna de adultos”, explica el consultor Jared Jones, uno de sus autores. “No podés mandar al 70% de la fuerza laboral a sus casas por un largo período de tiempo y esperar que no haya un gran impacto”. Va más lejos y cita una frase del inversor indio radicado en Silicon Valley Naval Ravikant: “No importa cuánto ganes; si alguien te dice a qué hora trabajar, cómo vestirte y cómo comportarte, no eres libre”. La prestigiosa Harvard Business Review le dedicó un profundo análisis a las casi 30 millones de renuncias acumuladas en un semestre: precisó que el asunto tiene especial concentración entre los trabajadores de 30 a 45 años, de rangos medios y en algunos sectores económicos: gastronomía, hotelería y salud. The Economist apuntó el domingo último que el fenómeno se concentra en Estados Unidos y Gran Bretaña. Bloomberg le contestó el lunes: agregó a Japón y Alemania con fenómenos parecidos pero atenuados; los vincula al reciente movimiento del “mínimo esfuerzo” en China.
El especialista Derek Thompson de The Atlantic se atrevía a desmitificar que el burnout laboral sea la principal causa, sino más bien la expectativa de dar un salto a trabajos mejores. Una publicación especializada en la fuerza laboral freelance y en la comunidad emprendedora, Entrepreneur, iba más allá: creía ver indicios de una Gran Revuelta en la ecuación de las relaciones laborales tras el shock de la pandemia con su doble efecto de esfuerzo y encierro.
Schwab, el creador de la cumbre de Davos, lo sabe bien: su convocatoria prepandemia tenía como diagnóstico y mandato combatir un egoísmo creciente”
Curiosidad del lenguaje, la resignación tiene doble significado: renuncia, pero también aceptación de una adversidad. En este caso, además, las referencias a la “grandeza” del fenómeno contrastan con el hecho de que se trata muy concretamente de decisiones individuales más que de movimientos colectivos o gremiales. Estrés, aislamiento forzoso, trabajos remotos, altas exigencias, balance entre vida personal y profesional.
La llamada “macro” es, finalmente, un desconcertante amontonamiento de comportamientos “micro”. Schwab, el creador de la cumbre de Davos, lo sabe bien: su convocatoria prepandemia tenía como diagnóstico y mandato combatir un egoísmo creciente. Ya en el encuentro de 2019 había sufrido fuertes críticas: un desfile de voces desafiantes había convertido a la amable y lujosa cita en los Alpes suizos en un mitin anticapitalista, o al menos demasiado radical si tenemos en cuenta su espíritu original.
Semanas atrás, el propio creador amplió, en otra conferencia, su perspectiva. Sugirió la importancia –necesidad, dijo– para la humanidad de tener un relato colectivo de futuro. Su desafío, construir una nueva agenda para lo público y lo privado, se debate entre estos desafíos individuales al mercado laboral y las disidencias de intereses.
Acaso por eso, su convocatoria al inminente Foro Económico de 2022 tiene un eslogan sugestivo, casi calcado de las mejores campañas electorales o de marcas que buscaban recomponer vínculos maltrechos: “Trabajemos juntos”.








