Hawking y la muerte de la filosofía

Enrique Valiente Noailles
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5 de junio de 2011  

"Viviendo en este vasto mundo [?] nos hemos hecho siempre una multitud de preguntas. ¿Cómo podemos comprender el mundo en el que nos hallamos? ¿Cómo se comporta el universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el universo un Creador? Tradicionalmente, ésas son cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física." Estas son palabras de Stephen Hawking en su último libro, El gran diseño , escrito junto con el científico Leonard Mlodinov. Desde ya que la filosofía misma, y en particular sus corrientes anglosajonas que la equiparan con la lógica, alimenta incesantemente su propia muerte. Pero al menos pertenecen a ella, y la cosa es muy diferente a admitir que un científico la declare obsoleta y se convierta en su sepulturero. Decía un amigo francés: "Me encanta perder el tiempo, pero no que me lo hagan perder". Lo mismo podría decir la filosofía: me encanta -y es mi función- cada tanto morir (y por cierto renacer), pero no admito que me declaren ilegítimamente muerta.

Umberto Eco se preguntó cómo un genio como Hawking era capaz de afirmar algo tan tonto como la muerte de la filosofía, cosa que parece contestar dirigiendo su mirada al coautor del texto, que es científico pero también guionista de Star-Trek . Sin embargo, para ir más a fondo en la cuestión, el hecho de que la ciencia en tanto ciencia declare la muerte de la filosofía resulta similar a un pez que, mientras explora sectores dentro de su recipiente de vidrio, pretende dar cuenta de cómo está hecha la pecera. El pez no tiene forma de salir de la pecera, al menos sin dejar de ser un pez, de la misma manera que la ciencia no puede hacerse ciertas preguntas. Hacérselas es ya salir de su territorio. Es un viejo sueño el pretender ignorar los supuestos que son constitutivos del propio saber. Pero no hay ciencia sin supuestos, y tampoco sin un recorte de un territorio de la realidad, cosa que la inhibe de dar cuenta de la totalidad de lo que hay.

Ahora bien, en los que se apresuran a anunciar la muerte de algo hay, muchas veces también, algo de deseo. En este caso, el deseo lleva a un parricidio, o más bien, a un matricidio, si se considera a la filosofía como la madre de las ciencias. Esto parece fruto de una vieja rivalidad o una tardía revancha contra la poco comprendida frase de Heidegger: "La ciencia no piensa", que no indicaba un menosprecio, sino un límite. Así, este autor decía que "la Física en cuanto Física no puede hacer afirmaciones sobre la Física. Todas las afirmaciones de la Física hablan físicamente". Pretender, con el lenguaje de la ciencia, trascender su campo específico, es pretender huir de la prisión de su lenguaje. En definitiva, pretender desembarazarse de la filosofía es un gesto tan antiguo como el de matar al tábano de Atenas. Cuando las preguntas se desbocan, cuando la realidad que queremos conocer se aleja como un espejismo, cuando se vislumbra que no hay manera de disminuir la incertidumbre, siempre hay alguien presto a alcanzar a la filosofía una fresca copa de cicuta.

@evnoailles

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