Hay que debatir sobre el aprendizaje

Gustavo Fabián Iaies
Gustavo Fabián Iaies PARA LA NACION
Los paros docentes, como el que se inicia hoy en la provincia, son percibidos como un problema recurrente. Para restablecer el pacto entre escuela y sociedad se debe poner el foco en la transmisión de conocimientos
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22 de noviembre de 2012  

Los paros docentes en la provincia de Buenos Aires vuelven a poner el debate educativo en los medios de comunicación masiva.

La reaparición pública del conflicto sindical -esta vez con el paro de 48 horas que empieza hoy-, la dificultad de algunas provincias para cumplir con los 180 días de clases, la sensación de que los paros mezclan los intereses políticos de los dirigentes sindicales con la vida cotidiana de las escuelas, la percepción de un gasto educativo en ascenso y una realidad educativa estancada, la imagen de funcionarios que explican los problemas pero no logran resolverlos y la pasividad de los maestros y los padres ante esta situación aparecen como un déjà vu de una escena que se repite circularmente, sin encontrar una salida.

Y esto ocurre aunque debajo de esas imágenes haya otras, no tan expuestas, de escuelas que hacen grandes esfuerzos y logran resultados, y provincias en las que las clases no se interrumpen habitualmente, como La Rioja o Salta, que hace años no tienen un paro docente.

Pero la percepción social del problema es la de actores que han quedado encerrados en una trama de la que no logran salir, en la que todos tienen un poco de razón y en la que en consecuencia todos se perjudican. En primer lugar, los chicos, que son precisamente quienes de ningún modo deberían perder.

La segunda víctima es la imagen de los docentes. Y eso es peligroso, porque no hay sistema educativo que mejore sin una "apuesta" fuerte por sus actores principales. En situaciones como ésta, cuando los conflictos sindicales aparecen como acto central en la escena educativa, ocupa un lugar dominante una faceta de la identidad docente: la de trabajadores de la educación. Por otro lado, hace unos meses, una encuesta de TNS-Gallup mostró que la sociedad rescata el esfuerzo, la solidaridad, la entrega al prójimo y la responsabilidad de los maestros; los considera ejemplos. Allí aparece una identidad diferente, más vinculada a la tradicional idea de los docentes como apóstoles o como la "segunda mamá" en la escuela.

Al mismo tiempo, algunos estudios sobre la percepción de la calidad educativa muestran una sociedad crítica de la educación, que adjudica una buena parte de la responsabilidad por esa realidad a la insuficiente formación de los maestros. En ese caso, la identidad que subyace es la de los docentes como profesionales de la educación.

Estas tres identidades pueden parecer contradictorias, pero conviven en la mirada de la sociedad sobre sus maestros y profesores. Apóstoles, trabajadores y profesionales de la educación aparecen como tres facetas de la identidad docente que en distintos momentos sobresalen con mayor o menor jerarquía.

El problema es que estas múltiples identidades docentes y la percepción de los maestros por parte de la comunidad están haciendo "ruido" en el necesario pacto entre escuela y sociedad. Y parece claro que mejorar el reconocimiento a la labor de los maestros y profesores es una de las claves para mejorar la calidad de nuestra educación.

La imagen originaria del apostolado docente establece una valorización centrada fundamentalmente en el afecto y el compromiso humano, en la entrega de los maestros en su tarea cotidiana con los niños y la comunidad. Remite a la imagen de la maestra que enseña "lo que está bien", que elige abanderados, que estimula a los alumnos que se esfuerzan, que forma a los alumnos como personas.

La identidad menos valorizada es la de los trabajadores de la educación. Es lógico que así sea, dado que esta dimensión se define por la lucha de los docentes por sus propios derechos y, por más que la sociedad pueda reconocerlos, esa definición no la tiene como destinataria central. Remite a las paritarias, los paros y las movilizaciones docentes.

Finalmente, la imagen de los profesionales de la educación remite a los niveles de formación, innovación y compromiso profesional, y aparece por ejemplo cuando se publican resultados de evaluaciones o estadísticas, o se comunican innovaciones pedagógicas a las escuelas.

¿Cuál de estas identidades debería jerarquizarse en la mirada de la sociedad? ¿Cuál es la que permitiría mejorar la valoración social de los docentes? ¿Cuál de ellas le "sirve" más a la educación argentina?

La imagen del apostolado es la que más pregnancia tiene aún en la sociedad, la que genera el vínculo más potente en lo afectivo, asentada en la "entrega" del maestro, en su vocación. Pero con lo positivo que tiene, deja afuera algunos de los objetivos prioritarios del sistema: la mejora de la calidad y la equidad educativa.

La de los trabajadores de la educación tampoco genera una valorización por parte de la sociedad porque tampoco la percibe vinculada con los objetivos principales del sistema.

La faceta que puede aumentar la valorización social de los maestros es la identidad profesional, aquella que refleja el reconocimiento por las capacidades docentes para mejorar los aprendizajes de los alumnos, retenerlos en la escuela, reducir las brechas. Es en el impacto de la acción educativa, en las capacidades para ejercerla, donde se "pueden encontrar" los maestros y la sociedad para fortalecer esa alianza.

Eso no implica dejar de valorar las restantes identidades, su compromiso con los alumnos o sus derechos como trabajadores, pero implica reconocer prioritariamente el aporte de los docentes a la sociedad, al futuro, a lo público.

¿Cómo hacemos para que esta identidad de los maestros ocupe el centro de la relación entre éstos y la sociedad?

En principio, poniendo el aprendizaje en el centro del debate, como mensaje de lo que la sociedad espera de su sistema educativo. Y esa comunicación no está llegando, situación que se refleja en algunos trabajos del sociólogo Emilio Tenti, que muestran que la mayoría de los docentes no consideran que su tarea prioritaria sea la transmisión de contenidos científicamente válidos.

¿Cómo se hace para transmitir nítidamente la idea de que lo más importante es el aprendizaje de todos los alumnos? A partir de rituales y prácticas vinculadas a ese proceso: el reconocimiento de los alumnos y maestros que mejoran en sus aprendizajes, los incentivos a las escuelas que atienden a los sectores más necesitados y logran buenos resultados en sus alumnos, la publicación de los resultados de las evaluaciones y la información estadística respecto de la retención, la escolarización, la sobreedad.

Hay que empezar a salir de la "trama" circular en la que estamos atrapados, pero hay que salir "por arriba". Evitar centrarse en las culpas por lo que está mal y, en cambio, hacerlo en las "mejores prácticas", en aquellas que logran mejores trayectorias educativas de los alumnos.

Más allá de los modos de implementación, la "repetición" de la trama del conflicto, en el fondo, da cuenta de la pérdida de sentido, un sentido común, un consenso acerca de las prioridades. Si el aprendizaje de los chicos es realmente una prioridad de Estado, todos los demás elementos y actores deben ponerse en función de ese objetivo. Así, "lo que está bien o mal" pasa a ser lo que contribuye o no a que los chicos estén en la escuela y aprendan: maestros reconocidos por los esfuerzos y resultados de su tareas, chicos que perciben que no es lo mismo hacer las cosas bien que mal, padres que priorizan la "alianza" con la escuela para potenciar los aprendizajes de sus hijos sobre la pelea con la institución por cuestiones formales, funcionarios que se concentran en facilitar la vida cotidiana de las escuelas, en apoyar a los equipos que se esfuerzan y muestran resultados.

La sociedad debe celebrar a sus buenos maestros y eso requiere políticas educativas que pongan al aprendizaje en el "centro de la escena" y docentes que sientan que sus esfuerzos valen, que el conocimiento y la buena práctica se reconocen, que la expectativa social es que sean buenos profesionales. Debemos celebrar también a los buenos alumnos, los padres comprometidos, los funcionarios eficientes. Valorar a los actores por lo que les aportan a los objetivos centrales del sistema.

Contar con prioridades nos va a permitir volver al mérito, al reconocimiento por los que aportan a la mejora colectiva. Necesitamos volver a tener "muchos cuadros de honor", para reconocer a diversos actores. Si no, nos quedamos encerrados en la trama del conflicto, que les roba futuro a los chicos.

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