
Héctor Tizón: escritor universal desde la aldea
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En nombre de esa palabra literaria capaz de salvar al mundo del caos y ser una elección entre la vida y la muerte, como postula su autor, el escritor y juez jujeño Héctor Tizón ha sido la figura saliente de este año agitado en el escenario cultural, durante el cual la cultura pasó de ser una desplazada de las prioridades gubernamentales a ser una clave destacada en la agenda oficial.
Tizón fue noticia por varias razones. La mayoría de ellas, merecidas y celebradas por el mundo de la cultura. Y en dos ocasiones, por ese devenir implacable de las circunstancias temporales que dejan huellas no deseadas en la propia geografía.
Este año, la Fundación Konex lo galardonó con el Premio Konex de Brillante y lo postuló más tarde, con el acuerdo del Senado de la Nación, para el premio Nobel de Literatura.
En los fundamentos de su resolución el cuerpo legislativo señaló a Tizón como "un clásico de la literatura argentina que encontró, en su largo romance con la palabra, una forma de ser fiel a su historia y su geografía".
En verdad, como se dio cuenta en LA NACION este año, en ocasión de la aparición de su libro La belleza del mundo, la literatura de Tizón resume la paradoja de la globalización: ser de un lugar y, a su vez, ser universal.
Sus paisajes de provincias, sus reflexiones sobre el amor, el exilio, la compasión y el devenir implacable del tiempo son tan personales como ajenos, tan de uno como de todos. Y eso ha convertido a su literatura en un océano donde siempre es reconocible el propio puerto. Lo afirma el narrador una y otra vez: "Las señas de identidad están en los intersticios. Toda literatura es provinciana, es de un lugar, lo que le quita todo sustento a las discusiones sobre literatura nacional e internacional".
Este año, en el que publicó tres libros, el sello Alfaguara -que ha editado toda la obra del narrador jujeño- sacó al mercado No es posible callar, en el cual el intelectual define su lugar en el mundo: "El ideal que todo escritor persigue es el de convertir su obra en una gran metáfora del mundo. Su tarea no es cambiar la vida, sino reflejarla, y no dejarla morir en el olvido, para que todos tengamos una oportunidad. Para ser otros".
Tras haber sorteado dos episodios severos de salud, uno a mitad de año y otro sobre el borde de la inauguración del III Congreso de la Lengua, su discurso de apertura en ese foro internacional, luego de la intervención de Carlos Fuentes, sorprendió al público, cuando compartió -con palabras sencillas- sus más recientes vicisitudes físicas.
De inmediato, su alocución fue un homenaje a la palabra literaria que, como el propio narrador subrayó, reconoce en la libertad su mayor don.
Su literatura conlleva una tensión explícita entre la cultura ancestral de sus paisanos, en el extraordinario norte argentino, y la lengua culta de los libros que lo alimentaron desde la biblioteca de su padre.
Quizá por esa tensión de fondo, Tizón se considera aún "un exiliado, un marginal, siempre viviendo en la frontera". Un escritor de frontera propiamente dicho.
No obstante, alcanzar y atreverse a traspasar esa frontera lo salvó de su propio naufragio.
Abogado, periodista, ex diplomático, actual juez de la Corte Suprema de Jujuy, Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, los avatares políticos empujaron su vida hacia la Ciudad de México, hacia Madrid, París y Milán, donde conoció las miserias y las angustias del destierro forzoso. Pero cuando pudo y supo, eligió vivir en Yala, Jujuy, a 1500 kilómetros de Buenos Aires.
Hay escritores que con sólo contar su tierra son capaces de abrir a sus lectores una ventana al orbe. Héctor Tizón conoce, por su propia experiencia, la sed y la saciedad, y ha sabido pintar sin jactancia el mundo desde el silencio inabarcable de su propia aldea.
Lo que lo hace universal, siendo tan de provincia, es probablemente la inspiración que vibra en su obra: "Yo escribo tratando de registrar el fulgor de algo que se extingue, para bien o para mal. Sé que todo pasado será barrido por la inexorable marca del tiempo".
Su postulación al premio Nobel de Literatura supone un ancho reconocimiento al aporte que este intelectual, ex director del Fondo Nacional de las Artes, ha hecho al pensamiento crítico y a la literatura desde su mirada inevitablemente argentina.
Hace tres años, durante la crisis de 2001, Tizón dijo a LA NACION: "La credibilidad, como el amor perdido, no se restaura con la sobreactuación. Mentir es una forma de no solucionar los problemas. Hay que practicar el culto a la verdad. Hay que despreciar los slogans. Mientras se diga la verdad y se acepte por lo que es, habrá lugar para la esperanza. Somos lo que somos, y no lo que creemos ser".
Un año de pasiones terrenales
Como en aquellas películas que narran historias cíclicas, donde la escena final vuelve al punto de partida, el año 2004 transitó un recorrido con aristas polémicas que llevaron a debatir en diciembre cuestiones similares a las planteadas cuando el año se iniciaba. Aunque muy pocos los recuerdan, enero amaneció con la orden de la Corte de retirar la imagen de la Virgen del hall de entrada de Tribunales por considerar que contrariaba el principio de neutralidad religiosa del Estado. El año concluye con otra polémica intervención judicial en torno a la muestra de León Ferrari, que ofendió la sensibilidad de muchos creyentes y en la que también se discute la responsabilidad del Estado -en este caso el porteño- en el respeto de los valores religiosos. En el medio, cerca de Semana Santa, cruzó el calendario el film "La Pasión de Cristo", de Mel Gibson, que encendió acaloradas polémicas, algo que sin embargo no llegó a impedir la proyección del filme en las salas.
El área cultural cerró el año con la designación de Héctor Valle al frente del Fondo Nacional de las Artes. Un simple trámite administrativo, corolario de una larga disputa que, además de provocar desencuentros en torno al directorio del organismo, expuso al debate público los nombres de Javier González Fraga y Nacha Guevara, sin llegar a ser designados, además de costarle el puesto al secretario de Cultura, Torcuato Di Tella. A este reconocido sociólogo lo traicionó su fidelidad a las declaraciones con efectos explosivos: en mayo declaró que "la cultura no tiene prioridad para el Gobierno ni para mí" y en noviembre comparó la Secretaría a su cargo con un circo. Otra actitud provocativa había asumido meses antes con Horacio Salas, director de la Biblioteca Nacional hasta el 9 de mayo y a quien no respaldó en su enfrentamiento con los gremios. A las renuncias estridentes se sumó, en el gobierno porteño, la salida de Gabriel Senanes del Teatro Colón, con denuncias de mafias y deslealtades.
El acontecimiento que se salvó de los malos augurios y brilló por la calidad de los expositores fue el III Congreso Internacional de la Lengua Española. Los reyes de España, Carlos Fuentes, José Saramago, Héctor Tizón y el emotivo homenaje a Ernesto Sabato le dieron lustre a Rosario. En educación, las impactantes cifras del fracaso escolar -100.000 chicos que abandonaron el polimodal en la provincia de Buenos Aires, 500.000 que repiten el curso en todo el país, la creciente deserción, el incumplimiento de los 180 días de clases- permitieron advertir la profundidad de la crisis de la reforma educativa y asumir la necesidad de revertirla. Mientras el Papa celebró sus 84 años con un nuevo libro y Corrientes recibía a 100.000 fieles en el Congreso Eucarístico Nacional, Claudio Magris fue reconocido con el Premio Príncipe de Asturias y la escritora austríaca Elfriede Jelinek se llevó el Nobel de Literatura. Héctor Tizón fue proclamado el mejor escritor de la década al obtener el Konex de Brillante y Gabriel García Márquez le dio una vuelta de exitoso marketing a su nueva novela: Memoria de mis putas tristes.
El año 2004 marcó, también, la despedida de Isidoro Blaisten, Norberto Bobbio, Czeslaw Milosz, Jacques Derrida, Susan Sontag, Lázaro Carreter, David Ratto, Elizabeth Azcona Cranwell, Andrés Carretero, Germán Bidart Campos, Raúl H. Burzaco, Emilio J. Corbiere, monseñor Ubaldo Calabresi y el cardenal Juan Carlos Aramburu, entre otras figuras fallecidas que dejaron su huella.



