Hegel y la guerra
Por Alberto Berro Para LA NACION
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Parecería que el pensamiento de Hegel está muerto. Ya nadie habla de su Espíritu Absoluto, divinidad inmanente que rige los procesos naturales e históricos. Su idealismo metafísico plantea contradicciones insalvables. Y sin embargo, como sucede con los pensadores verdaderamente geniales, los hechos recientes han devuelto actualidad a algunas tesis de su Filosofía de la historia universal . Paradójico resurgimiento: no entre filósofos, sino entre politicólogos, formadores de opinión y amigos de café.
Un punto es el triunfo como criterio de legitimación del vencedor. Lo que más contribuyó a silenciar las graves dudas acerca de la legitimidad de la invasión a Irak fue la fácil y rápida victoria militar, lo que nos recuerda el principio hegeliano: la historia universal es el juicio universal. Es decir, la historia misma asigna justicia mediante sus fallos, que son la victoria o la derrota. La fuerza misma de los hechos parece hacer casi superfluas las justificaciones, tan necesarias como variadas antes del conflicto.
Segundo: la cuestión jurídica. Silencio acerca del derecho internacional, sólo nombrado para ser reinterpretado con vistas a legalizar la invasión. Es que rige el llamado positivismo moral de Hegel: la reducción de las normas a los hechos, del deber ser al acontecer. El derecho internacional positivo sólo es invocado cuando conviene a la Realpolitik , cuyo concepto de realidad es calcado del hegeliano. Pero esta subordinación de las normas a la autoridad de los hechos implica la sustitución del poder del derecho por el derecho del poder. Un principio peligroso.
Tercero: el sacrificio de lo particular. Se justifican las víctimas por un bien mayor, como el avance de la libertad en el mundo: paradójica defensa de los derechos humanos. "La historia universal -afirma Hegel- es el progreso en la conciencia de la libertad." Para ello lo particular paga el precio: "Con la ruina de lo particular se produce lo universal". ¿A quién interesa el número de los muertos del régimen? ¿Cuántos han sido finalmente los muertos civiles? E incluso los doscientos jóvenes de la coalición: "En la historia universal lo más noble y hermoso es sacrificado en su altar". Lo que parece un mal desde el dolor de unos y otros, y desde las futuras víctimas "inevitables" del avance de la libertad, no lo es a la luz del progreso de la totalidad. Si nos duele aquel niño que quedó sin familia, y sin brazos, recordemos que "lo verdadero no se halla en la superficie visible". Hegel nos anima a que miremos a lo grande, ya que "quien mira racionalmente el mundo lo ve racional". Son medios inevitables para fines superiores, dice, más explícito que Maquiavelo en cuanto al principio que nadie nombra justamente cuando más se aplica.
La madre de todas las cosas
Cuarto: el carácter inevitable de la guerra (para Hegel, como para Heráclito, madre de todas las cosas). Aunque no llegó a polemizar con Kant, la discrepancia es totalmente actual. ƒste, en sus Ideas para una historia universal , profetizaba, en sentido cosmopolita, que el final feliz de la historia sería una unión de naciones que haría superfluos los ejércitos: "Aun el Estado más pequeño puede esperar su seguridad y su derecho no de su propio poderío o de su propia decisión jurídica, sino únicamente de esa gran federación de naciones". Como cuando cayó la Sociedad de las Naciones, en 1939, es imposible en 2003 no sonreír con tristeza ante estas palabras.
Para Hegel, en cambio, el Espíritu del mundo se deposita en determinado pueblo durante una época, ungiéndolo como dominador del mundo, y la victoria militar es la prueba de su "elección". Estas ideas lo llevan a exclamar en 1806, ante la entrada triunfal de Napoleón en Jena: "Ahí viene el Espíritu Universal montado en un caballo blanco", para trasladar el mismo Espíritu a Prusia en 1814. Son los vaivenes obligados de una filosofía que está con el vencedor. Si hubiera vivido durante la Guerra Fría se las habría visto en figurillas, con la división del mundo entre dos superpotencias antagónicas. Pero hoy exclamaría, desde una vereda de Bagdad: "Ahí viene el Espíritu Universal montado en la caballería blindada". ¿Pero por cuánto tiempo? El portador del derecho imperial no debe ilusionarse, pues "el espíritu de un pueblo se realiza sirviendo de tránsito al principio de otro pueblo". Entonces aquél "se vuelve provincia" de éste.
Quinto: una amonestación para quien se permite disentir aun (o más aún) en la victoria. Prohibido oponerse al triunfador porque ello significa quedar fuera de la historia (¡oh terror que Hegel supo inculcarnos!). La adhesión no es sólo pragmatismo o cautela ante el poder. Se presenta como una obligación ética basada en la subsistencia. Si triunfar equivale a existir, entonces oponerse al victorioso es correr un riesgo irresponsable. Como escribe a un amigo: "El Espíritu del mundo ha dado a la época la orden de mando de avanzar... el partido más seguro es el de no perder de vista a este gigante que avanza".
Afortunadamente, Hegel, tan lúcido en sus descripciones, estaba errado en su filosofía.
Errada filosofía
La victoria jamás justifica de por sí una guerra. No siempre sucede lo que debe suceder, y muchas veces, exactamente lo contrario. El derecho juzga al hecho. Ningún fin superior justifica la muerte conscientemente provocada de inocentes. La guerra no es inevitable. Somos moralmente libres de disentir y, más aún, debemos decir valientemente al pueblo amigo que equivocó el camino. Que si aspira a pacificar al mundo, desarmar a los agresores y desmantelar regímenes tiránicos, debe usar su formidable poder para fortalecer la "federación de naciones" a cuyo renacimiento tanto contribuyó desde 1945. Para recuperar el prestigio moral -y no sólo tecnológico- que supo merecer, y así seguir siendo por mucho tiempo una gran nación.
No existe Espíritu del mundo que se lo pueda impedir, sólo la infidelidad a su propia esencia.





