
Himno a Sarmiento
Por Daniel PlinerPara LA NACION
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Acusado por un colega de desconocer la realidad del campo argentino, un senador por la provincia de Buenos Aires responde a los gritos: "La riqueza de ustedes no se debe al trabajo sino a la vehemencia de los toros y la fecundidad de las vacas".
El senador, entre ofendido y vacilante, reclama entonces que no se injurie a las fuerzas vivas.
- ¿Fuerzas vivas? - truena su oponente- ¡Eso no se lo permito yo! La única fuerza viva es el pueblo... En usted reconozco solamente la voz de una aristocracia con olor a bosta.
Por si usted no lo sabía, mi general Biolcatti, el exaltado legislador era Domingo Faustino Sarmiento, el mismo a quien usted cantó gloria y loor en su patético discurso de inauguración de la última exposición de la Sociedad Rural. Tuve una primera, y hasta benevolente, tentación de interpretar el episodio como un nuevo emergente de su ignorancia enciclopédica, porque convengamos, don Hugo, que es usted de los que no saben nada de absolutamente todo. Porque convengamos que con la luz de su ingenio no es posible siquiera iluminar una bombita de bajo consumo.
Pero no: no era un ataque de saludable revisionismo histórico el que había dictado su cuidada prosa. Una vez más, comandante, en su oportunismo impenitente había usted desenvainado la espada para desflecar la pluma y bastardear la palabra.
Dicen -es difícil comprobarlo- que esa noche el Padre del Aula saltó de su tumba y con las manos cruzadas detrás de la espalda, paseó furioso su genio por los pasillos de la Recoleta. Dicen también, y esto sí que no lo creo, que lo buscó inútilmente para propinarle un par de bastonazos mientras, transfigurado en un extravagante Groucho Marx calvo, gritaba: "Renuncio a ser socio de un club que homenajea a tipos como yo".
En el juego del fútbol existen pocas agresiones más violentas e irritantes que arrebatarle los trapos a los rivales. Es lo que usted, general Biolcatti, trató de hacer cuando en su fervorosa oligarquía tribunera enarboló provocativamente la bandera de sus enemigos.
Quizás tenga usted un justo castigo cuando amanezca el 24 de octubre sepultado por lo votos de sus oponentes. Adivino su sonrisa. Las vaquitas seguirán siendo suyas, es cierto. Pero Sarmiento es de nosotros.





