
Hitler y Stalin, ¿locos?
Por Julio César Moreno Para LA NACION
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Que los peores crímenes sean cometidos por hombres comunes, vulgares y corrientes –incluso de apariencia bondadosa– es algo difícil de aceptar, y de ahí la polémica que ha provocado en Europa el film alemán La caída", que retrata los últimos días de Adolfo Hitler. Resulta más aceptable la idea de que el dictador era un loco o un monstruo, un ser abominable, diferente de los demás. Esta idea resulta más tranquilizante, porque descarga en un solo hombre, y en quienes lo acompañaban, las responsabilidades de esa enorme tragedia histórica que fue el nazismo, diluyendo las del pueblo que votó a Hitler, lo sostuvo en el poder y lo apoyó incondicionalmente durante los doce años que duró su régimen.
Decir "pueblo" a secas quizá sea impropio, porque en las últimas elecciones libres que hubo en Alemania, en 1933, el nacionalsocialismo obtuvo una mayoría relativa, ya que los socialdemócratas y comunistas –que se presentaron separados– en conjunto recibieron casi el mismo número de votos que aquél. Lo que sucedió es que en poco tiempo Hitler se convirtió en un dictador, disolvió el Parlamento, ilegalizó a los partidos opositores, inició la persecución a los judíos y se preparó para la guerra.
Pero, en todo caso, hubo una mayoría del pueblo alemán que respaldó a Hitler en su empresa dictatorial y guerrera, como también hubo una mayoría italiana que apoyó a Mussolini. Los dictadores de aquella época no estaban solos, sino acompañados de una parte considerable de sus pueblos. Y es en este punto donde se plantea el problema, porque si hubieran sido dictadores impopulares, que gobernaron contra el pueblo, el juicio histórico sería entonces más simple: el único responsable fue el dictador y el pueblo es inocente.
Y en esta visión de que el pueblo es siempre inocente encaja perfectamente la figura del monstruo o del loco, ya que el dictador no puede ser una persona normal, y menos tener algún rasgo de bondad. Claro que se trata de una visión histórica, sobre el pasado, porque mientras los dictadores estaban en el poder la mayoría de la gente creía que se trataba de hombres buenos, patriotas, bienintencionados.
¿Acaso a José Stalin no lo llamaban "el padrecito de los pueblos", cuya imagen –con sus bigotes largos y su pipa– era la de un hombre bonachón, cuando en realidad fue uno de los déspotas más sanguinarios de la historia? Nunca pudo determinarse si una mayoría del pueblo apoyaba a Stalin, ya que éste nunca se sometió a unas elecciones libres, con pluralidad de partidos y libertad de prensa. Pero se deduce que una mayoría de los pueblos de la ex Unión Soviética lo debe haber apoyado, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial, que Stalin encaró como una "guerra patriótica".
En la Argentina también hubo algunas confusiones parecidas. ¿Acaso una mayoría del pueblo no vio con buenos ojos, con cierta simpatía, a la incipiente guerrilla de fines de la década del sesenta y comienzos de la posterior? ¿Y acaso también la mayoría, si no respaldó, al menos justificó y guardó silencio sobre la represión salvaje que se abatió sobre la guerrilla desde mediados de los años setenta? Pero ni los guerrilleros ni los represores eran monstruos o locos; eran seres normales. En todo caso hubo una locura colectiva, pero ésta es otra cuestión.





