Homenaje a una amistad

Rafael Viñoly
Rafael Viñoly PARA LA NACION
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22 de marzo de 2019  

Emigrar es una experiencia difícil, motivada por la esperanza y marcada por la cruda evidencia de todo lo que no se sabe. Durante ese proceso, lo que mantiene viva la esperanza es la curiosidad y la convicción de que con trabajo y afecto se puede alcanzar la integración, porque la asimilación es imposible. Cuando una inmigración no tiene que enfrentar la xenofobia, la diversidad étnica se convierte en una fuente productiva inagotable. Este fenómeno, tan crítico para el futuro de la convivencia, y políticamente tan explosivo, explica, en parte, los logros y los fracasos de la Argentina y dentro de ellos el valor de la contribución de Franco Macri a su historia reciente.

La Argentina es un país de una extraordinaria riqueza, con una desproporcionada concentración urbana alrededor del puerto, un centro esencialmente improductivo. Esa riqueza natural fácilmente explotable hizo posible por casi un siglo un alto nivel de vida que el oportunismo político transformó en una cultura de la corrupción tan fuerte como inevitable. En el foco de esa curva de degradación social, Franco Macri emigró a la Argentina con su madre y sus hermanos. Ese chico, proveniente de una familia de tradición política, comenzó a trabajar de peón hasta crear un conglomerado empresarial, guiado por la figura del padre ausente.

A través de una larga carrera de éxitos, Franco fue siempre esencialmente eso: un inmigrante provisto como pocos de esas dos condiciones fundamentales: una enorme capacidad de trabajo y una inagotable capacidad de afecto. La fuerte tradición industrialista europea lo guio a tratar de imponer en el país una cultura del hacer cuando hacer no era indispensable.

Durante esa trayectoria poblada de extraordinarios logros y lamentables fracasos, la percepción pública de su carácter y su comportamiento ético estuvo teñida de las contradicciones de una sociedad en crisis. En un lugar donde las oportunidades son aparentemente infinitas y que, aún hoy, opera sin una conciencia cívica formada, nadie está libre de cometer errores o más allá de la sospecha. (Quien sostenga lo contrario no tiene autocrítica o no ha vivido en la Argentina de los últimos 50 años.)

Pero lo que distingue su contribución a la creación de un país más viable fue la extraordinaria generosidad con la que compartió su éxito. Una generosidad despojada de la especulación transaccional de la Argentina, y que, quienes fuimos sus beneficiarios, sabemos que estuvo basada solo en la satisfacción de dar. Esa generosidad (su "grandeza") es la cualidad indispensable para romper los límites del individualismo que impiden crear una comunidad. Un proyecto de sociedad sin sectarismos precisa de esa cualidad para superar los límites de lo que es aparentemente posible.

La trayectoria de Franco Macri es un testimonio del valor de la experiencia de un inmigrante que entiende y acepta la imposibilidad de la asimilación. Esa misma inteligencia es la que lo hizo contribuir, más allá de lo obvio, a la construcción de la alternativa política de una generación que, con errores y aciertos, representa el futuro. Desde la discreción impenetrable de los que ven más allá de lo inmediato, sus posiciones públicas parecieron muchas veces incomprensibles.

Es probable que, en este contexto cultural dominado por el efecto y el utilitarismo, se descarte la importancia de reconocer esa contribución. Pero para mí, que compartí con él una larga amistad e innumerables momentos de silencioso diálogo, es una obligación ineludible.

Miembro de las sociedades de arquitectos de EE.UU., Reino Unido, Japón y la Argentina

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