
Instantáneas de la Gran Depresión
Similitudes y diferencias entre el crac de 1929 y la actual crisis argentina
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"Esta mañana recibí una carta de mamá diciéndome que el Banco ha cerrado. Ese es el banco en donde he puesto hasta mi último centavo. Mamá y el abuelo Robb tambien tenían su plata allí, y él está desconsolado. Mucha de la gente del pueblo se agolpó frente a las puertas cerradas del banco, llorando y maldiciendo. Una de las amigas de mamá se puso a correr de un lado a otro de la cuadra gritando que la familia había perdido todo.
"A veces me he preguntado qué es lo que se siente cuando se sufre de hambre, de un hambre desaforado. Ahora lo sé. Comienza con una sensación de fuego en el estómago, del tamaño de una manzana. Hora tras hora sin comer y la zona de fuego se hincha del tamaño de un pomelo. Después el estómago se siente como un pedazo de piel de oveja sumergido en agua caliente al que se lo estira hasta que queda tenso. Y por fin, el dolor de cabeza, un dolor de cabeza implacable."
Estos párrafos doblemente dramáticos -por lo que describen y por cómo evocan la realidad argentina del presente- fueron confiados a su diario personal, en 1931, por el entonces joven estudiante universitario Edward Robb Ellis. Forman parte de un libro que cuarenta años después Ellis le dedicó a la Gran Depresión norteamericana, que se extendió desde 1929 a 1939. El título del libro, A Nation In Torment , no deja dudas sobre el recio retrato documental que contiene. Ellis llevó un diario desde su adolescencia, y en él se apoyó para recuperar con una vividez sencilla y aterradora la textura de esos años de lucha por la vida. Ellis quiso asegurarse de que no hubiera olvido para ciertos hechos, circunstancias y personas. Muerto ya octogenario, en 1997, sin duda vería en los desfalcos de Enron y WorldCom, en la caída vertical de Arthur Andersen, síntomas de una situación general incómodamente parecida a la que precedió a la crisis de los años treinta.
Dos presidentes republicanos, Harding y Coolidge, encabezaron las sucesivas administraciones durante las cuales se gestó la Gran Depresión. Ambos identificaban a sus gobiernos con los negocios. Harding hizo famosa la declaración de que "el negocio de Norteamérica son los negocios", y sostuvo esta convicción con suficiente fervor como para comparar las fábricas con templos y a sus operarios con devotos feligreses. Eran tiempos en que hasta Jesucristo era interpretado como un empresario. En El hombre que nadie conoce ,el congresista Bruce Barton, de Nueva York, lo imagina a Jesús como un gran ejecutivo, "que eligió doce hombres de los niveles más bajos de la empresa, convirtiéndolos en una organización que conquistó al mundo".
Nada más que en un año, 1930, se produjo la quiebra de 1326 bancos norteamericanos. Sumando un nuevo golpe a la falta de dinero y al desempleo, una serie de sequías en las grandes praderas destruyeron las tierras de cultivo del Medio Oeste, reduciéndolas a polvo. Volada por los aires en tormentas negras que oscurecían el horizonte, la tierra fértil reducida a polvo tapó poblaciones enteras, arruinando a su paso a miles de familias campesinas. Los Estados Unidos se transformaron en un país sin trabajo, y en un país de hambre. La crisis afectó a todos.
En su plataforma oficial, el Partido Demócrata explicaba la crisis como el resultado de "desastrosas políticas seguidas por el gobierno desde finales de la Gran Guerra", que estimularon la unión de empresas competitivas en monopolios y promovieron la indefendible contracción y expansión del crédito para beneficio de unos pocos, a costa del público. "La especulación financiera", a la que se refiere la última frase, es descripta con gran claridad por Robb Ellis. En los años veinte, la Bolsa de Nueva York funcionaba como un ente autónomo, sin controles del Estado. Esto permitió que se formaran pools de inversores con la capacidad de subir y bajar artificialmente los precios de las acciones. Cada pool tenía un manager que diseñaba la estrategia de cuándo comprar (aumentando el precio de un stock y generando una estampida de inversiones), y cuándo vender, acaparando las ganancias y dejando en la calle a los inversores ajenos al pool . Estos clubs privados de especulación e inversión tenían a su servicio a periodistas que ayudaban a crear expectativas falsas en torno a ciertas empresas. El fenómeno de los monopolios, Robb Ellis lo ilustra con el caso del empresario Samuel Insull. Empleado de Thomas Edison en un rango menor, Insull ganó la confianza de su jefe por su habilidad para el marketing de los servicios de corriente eléctrica. En 1892 llegó a presidente de la compañía.
Una de sus tácticas era la de comprar otras empresas, sumirlas en holdings y actuar liberalmente en la rendición de cuentas, pasando beneficios de unas a otras, en formas muy parecidas a las que hoy se han puesto en evidencia detrás de los escándalos de Enron, WorldCom, etcétera. Muchas de estas compras y operaciones se hicieron con dinero otorgado en crédito por bancos. Cuando la depresión comenzó a afectar a la banca, Insull fue confrontado con la realidad. No pudo reestructurar sus deudas, las acciones en sus compañías bajaron a pico. El desastre reveló una serie de prácticas ilegales: préstamos de plata a sí mismo tomados de bienes de sus empresas; la autoasignación de salarios descomunales; el favoritismo hacia un grupo selecto de inversores en desmedro del accionista común. Llamado a rendir cuentas por la Justicia norteamericana, Insull se escapó a Grecia. Allí hizo un trato con el general Condilis, que aspiraba a tomar el poder. Si llegaba a la presidencia de Grecia, Insull se naturalizaría griego para poder ocupar un puesto en el gabinete como ministro de servicios públicos (y para evitar la extradición). Condilis no tuvo éxito e Insull debió fugarse de Grecia. El gobierno norteamericano lo interceptó en alta mar y al poco tiempo, Insull desembarcaba forzadamente en Nueva York, donde puso su defensa en manos de una empresa de relaciones públicas.
La frustración popular
La crisis norteamericana fue festejada por los revolucionarios rusos, que veían en ella una confirmación del dictum de Marx, según el cual el capitalismo sucumbiría bajo el peso de sus propios excesos. Pero el Partido Comunista no era significativo en los Estados Unidos. Sí lo era la frustración del pueblo, que se sublevaba en las calles, a veces saqueando y destruyendo negocios en busca de comida. Cuando en 1932 una columna de desempleados cruzó todo el territorio de la nación desde la Costa Oeste hasta Washington DC, y se instaló frente al Congreso reclamando trabajo, "existió la escalofriante posibilidad -escribe Robb Ellis- de que cayera el gobierno".
En 1939 todavía había nueve millones de desempleados en los Estados Unidos. Charles Ross, periodista del St. Louis Post-Dispatch declaró en un ensayo (luego premiado con un Pulitzer): "El sistema capitalista está siendo juzgado. Los hombres que no vacilen en cuestionar los méritos de un capitalismo irrestricto -que es lo que tenemos hoy- son los auténticos guardianes de nuestras instituciones. La verdadera amenaza no proviene del puñado de comunistas que vive entre nosotros, sino de los conservadores fanáticos que no están dispuestos a ceder un solo palmo. Hay más peligro para el orden establecido en los reaccionarios extremistas del Congreso que en los así llamados radicals" .
El pueblo norteamericano, efectivamente, no buscó una salida extremista. Puso en el poder a Franklin Delano Roosevelt, un demócrata de origen patricio, que fustigó a los especuladores, pero no desmanteló el sistema capitalista. Roosevelt le dio confianza a un país destruido, pero no vencido y dueño de enormes reservas de autoestima.
Sin miedo al miedo
"Lo único que debemos temer es al miedo mismo", dijo, y su frase resonó en la nación. La administración de Roosevelt marca la transición en la historia norteamericana de un gobierno federal espectador a un gobierno federal protagonista. Esto se produjo por necesidad, más que por designio. Los gobiernos estatales y municipales eran incapaces de manejar la crisis.
Washington inventó una serie de corporaciones de inspiración keynesiana que tenían como única función darles un empleo mínimo a los desocupados. Una de ellas fue la Farm Security Administration (FSA), una especie de agencia de socorros para los miles de familias campesinas que se habían quedado sin tierras y sin sustento. Estas familias migraban en caravanas enteras de un Estado a otro en busca de magras formas de subsistencia. La FSA también tuvo el buen tino de contratar a una serie de fotógrafos extraordinarios para que documentaran el desastre. Estos fotógrafos (Walker Evans, Dorothea Lange, Gordon Parks, entre ellos) contribuyeron a fijar la memoria de esos trágicos días con imágenes que están grabadas en la psique norteamericana.
Los novelistas y los directores de cine hicieron otro tanto. Es impensable un futuro norteamericano en que obras como Viñas de ira , de John Steinbeck, y Hablemos ahora de hombres famosos , de James Agee no figuren como documentos clásicos, y referentes inevitables de la indignación de una generación ante la pobreza masiva de sus compatriotas.
Los argentinos que quieran derivar lecciones y solaz de estas miserias ajenas deberían notar una importante diferencia. En el caso norteamericano, el país fue llevado al borde del fracaso por un descontrol de las fuerzas productivas en beneficio de unos pocos, al resguardo de un gobierno permisivo. Cuando el gobierno intervino, lo hizo con decisión y claridad moral, acompañado por la población, y dentro de la democracia. En el caso argentino, el fracaso del país es una función del fracaso, la falta de imaginación y la ineptitud de sus dirigentes políticos y de la red de servidores y clientes. Constituyen, en conjunto, una verdadera oligarquía nacida al amparo de una retórica antioligárquica; una nueva oligarquía que pretende ser invisible detrás de la vieja retórica, una cortina ya irremediablemente perforada y patética. La intervención en busca de un nuevo horizonte debe venir entonces de la población, que es responsable por haber votado o consentido largamente a sus dirigentes, y a la visión del mundo y de la política que ellos encarnan. Está claro que no es la hora de la continuidad. Tampoco es la hora de la espada. Es la hora desconcertante de los ciudadanos frente al espejo.




