Interrogantes que se abren de cara al futuro
Ricardo Sidicaro Para LA NACION
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El fallecimiento de Néstor Kirchner puso objetivamente en el orden del día el problema de la crisis de los partidos políticos argentinos. Es difícil establecer con cierta precisión cuándo comenzó el proceso de desarticulación del sistema de partidos argentinos, pero hay acuerdo en que se registró un salto cualitativo al respecto en 2001.
En principio, Kirchner anunció la necesidad de reestructurar al peronismo, desplazando a los dirigentes tradicionales y proponiendo una transformación de sus estructuras organizativas y de sus programas. Las divisiones del radicalismo luego del fracaso de la Alianza parecieron prefigurar la formación de nuevos partidos. Luego de grandes crisis políticas, en varios países con regímenes democráticos se vio surgir jefes personalistas que despertaron esperanzas colectivas y que contaron con seguidores dispuestos a impulsar cambios en los sistemas partidarios venciendo las resistencias de quienes se mantenían apegados a las viejas formas de hacer política.
En el caso argentino, la crisis de 2001 evidenció tener efectos más profundos sobre el radicalismo que sobre el peronismo. Las divisiones y debates radicales se prolongaron a lo largo de la década en tanto que Kirchner terminó aceptando el poder de los tradicionales caudillos provinciales peronistas y de los jefes sindicales. Lo nuevo del kirchnerismo consistió en concitar los apoyos de sectores que no provenían de la historia del peronismo y que en parte renovaron su fisonomía en las regiones más modernas del país.
Dada la crisis del sistema de partidos, a partir de 2003, las sensibilidades ciudadanas que creyeron encontrar razones para dividirse entre kirchnerismo y antikirchnerismo no contaron con organizaciones partidarias acordes con ese nuevo clivaje electoral. La sociedad fragmentada ya no producía ilusiones colectivas fuertes y, si bien el kirchnerismo sumó las preferencias de quienes adherían a aspectos parciales de su acción de gobierno, no pudo, en cambio, crear un nuevo partido. Por su parte, la diversidad del conglomerado antikirchnerista careció igualmente de un partido que la representase. El activismo político de Kirchner y de sus críticos más personalizados no alcanzó en los años recientes para llenar el vacío dejado por los partidos de inscripción nacional. La desarticulación territorial contribuyó a la profundización de la crisis de los partidos nacionales, mientras que con la llamada crisis del militantismo se fortalecieron las prácticas clientelares por abajo y se repartieron, por arriba, los cargos entre miembros de las parentelas de los jefes.
Sería equivocado, sin embargo, suponer que faltan dirigentes para la revitalización de los partidos políticos, ya que con el debilitamiento de las antiguas jerarquías organizativas se ha multiplicado el número de quienes revelan aspiraciones a participar de la vida pública. Los ahuyenta, es cierto, la política sin deliberación que opera como un mecanismo de selección negativa. Los conciliábulos cerrados funcionan, como los viejos clubes de elites, en base a bolilla negra y a lealtades personales. La puesta en duda de la utilidad de las confrontaciones de puntos de vista es otro factor que deja fuera de la participación política a miles de personas que podrían hacer aportes valiosos sobre las orientaciones de los asuntos públicos. Estas actitudes no son el resultado de la psicología de los personajes sino la consecuencia de un modo de definir la política derivado de la distancia que ésta ha establecido con respecto a la sociedad.
Kirchner, según muchos observadores, fue un jefe poco propenso al debate entre pares, pero tuvo la ventaja de instalar su liderazgo en un momento histórico y en un contexto mucho menos exigente que el de nuestros días. Los años del incendio hacían que la gran mayoría de las personas se replegara en sus menesteres particulares mientras que aquellos que por primera vez sintieron reconocida la legitimidad de sus protestas y reclamos entendían que su aporte a la política podía hacerse desde organizaciones sociales no partidarias. Si Kirchner hubiese contado con un partido moderno seguramente habría evitado muchos de los problemas con los que chocó en su gestión, pero los hombres hacen la historia, como decía Marx, en condiciones que no eligen; esas condiciones no son sólo las de la realidad circundante sino, también, los estilos de conducción de los dirigentes adquiridos en sus prácticas políticas anteriores.
Max Weber, preocupado por la tendencia al agotamiento de los valores de los partidos, sostuvo a comienzos del siglo XX que la aparición de líderes carismáticos bien podía ser una alternativa positiva para la recreación espiritual de los mismos. La idea dista de ser adecuada para las sociedades actuales, con alto nivel de heterogeneidad de poblaciones y modos de vida. Las miradas modernas erosionan a los jefes ante la opinión pública y sus efectos descienden, como una catarata, por toda la estructura social.
Jürgen Habermas, pensando en cómo asegurar la cohesión social y la democracia en las condiciones contemporáneas, fundamentó la propuesta que denominó el Patriotismo de la Constitución, apropiada para sociedades como la nuestra, empeñadas en el logro de una mayor igualdad social y política. Siguiendo la idea del sociólogo alemán, cabe decir que, en los casi treinta años de transición a la democracia, los Derechos Humanos gozan de una importancia notable en los debates nacionales. La defensa del Estado de derecho nunca en épocas anteriores fue objeto de tanto interés para la ciudadanía: se han multiplicado las entidades que reclaman por un mejor y más equitativo funcionamiento de la justicia; las organizaciones sociales han introducido en la escena pública demandas materiales y simbólicas de las más disímiles características; las protestas por cuestiones relacionadas con las discriminaciones de diversos órdenes ganaron legitimidad en la opinión ciudadana.
La accidentada historia política argentina deja abiertos muchos interrogantes sobre la continuación de los procesos políticos en curso. Sin duda, las tentaciones de acudir a los procedimientos propios de los sistemas de democracia plebiscitaria, de sustituir las urnas por las plazas, de reclamar lealtades y sumisiones voluntarias, son parte de una cultura política incompatible con los avances democráticos acumulados durante los últimos tres decenios. Cabe esperar que la profundización de la democracia tenga a favor la memoria fresca de los fracasos anteriores.
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El autor es sociólogo e investigador del Conicet




