
Iván Heyn, una muerte extraña en la cumbre
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Creía que, si Cristina no hacía correcciones importantes en el rumbo económico, lo construido por Kirchner -que él vivía como una "obra trascendente"-, no sólo no podría profundizarse, sino que se iría diluyendo. Estaba convencido de que el "proyecto" estaba ante una bisagra histórica y que el modelo debía profundizarse "ahora o nunca". Por charlas informales que había tenido con la Presidenta, creí que ella, a diferencia de Néstor, no estaba capacitada para entender la marcha de la economía [...]. "El modelo está atrasado dos años", dijo en noviembre, en una charla informal en la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina (AEDA), el think tank de la heterodoxia económica, liderado por sus amigo, Matías Kulfas. Estaba convencido de que Guillermo Moreno, el nuevo hombre fuerte del Gobierno, no era la persona indicada para garantizar la consolidación del modelo en esta etapa. La influencia del nuevo mandamás en la economía había crecido exponencialmente desde la muerte de Kirchner.
Admiraba a Moreno por lo que había hecho al principio del kirchnerismo, pero no consideraba que fuera ahora la persona indicada para llevar adelante lo que era necesario hacer. Se había ilusionado con sucederlo, pero el recambio ministerial para el segundo mandato de Cristina lo había dejado en un lugar marginal.
En ese plano, el de los cargos, también sentía que el kirchnerismo le había pagado mal, con un puesto menor. El 11 de diciembre de 2011 había asumido como subsecretario de Comercio Exterior, un cargo por debajo de Beatriz Paglieri, alter ego de Moreno, y de ostensible menor brillo del que le habían dado a Axel Kicillof, designado viceministro de Economía. [...]
Iván se sentía traicionado. Luana, su pareja, que también sonaba para presidir la Auditoría de la Ciudad de Buenos Aires, se había quedado con las manos igualmente vacías: Cecilia Segura, novia de Juan Cabandié, le había ganado de mano en la presidencia de ese órgano de control. [...]
-A Iván lo mató la rosca de los últimos cuatro meses -ensayaba, como hipótesis, durante el velatorio, un joven funcionario K que perteneció a La Cámpora en sus inicios, pero que más tarde empezó a desilusionarse, tal como empezaba a suceder con Iván-. El kirchnerismo está creando una cultura de jóvenes consumidores de poder, capaces de pasar dos noches sin dormir esperando por un cargo. [...]
Una anécdota con Moreno, cuando lo designaron como subsecretario, pinta los desajustes de la relación entre ambos. Ansioso como era, una vez que supo de su puesto y, a pesar de que no le gustaba, lo fue a ver a su jefe para consultarle sobre el organigrama de un área nueva, como era la suya:
-¿Qué te parece este equipo? -le consultó.
-Yo armé todo esto sin estructura?
-Bueno, pero eso está mal -señaló Iván, didáctico-, al principio, en 2004, 2005, puede ser que estuviera correcto, estábamos en emergencia, y no se podía esperar para construir una normativa. Pero ahora hay que construir equipos en el Estado.
-El Estado soy yo, pibe? -retrucó Moreno, dando por finalizada la conversación.
"El tipo se cree Luis XIV", contará luego Iván, entre divertido y furioso, ante un puñado de empresarios afines.
Poco después de que fuera designado en su nueva función, pero antes de la reveladora conversación con Moreno, recibió un llamado de El Cuervo, que le traía un mensaje de Máximo. Iván y El Cuervo venían teniendo una interna feroz dentro de La Cámpora. Iván no respetaba la conducción de Larroque, en quien veía a un militante muy básico y con escasa formación, y generaba, siempre que podía, un puente directo con Máximo, pero el punto era que ahora el propio hijo presidencial había empezado a desconfiar de su lealtad.
El Cuervo, a su manera, le dio esa información.
-A partir de ahora, tenés que reportar a Máximo directamente -le ordenó, por teléfono.
-¿Estás loco? ¿Y si me llama Moreno, qué hago?
-No lo atendés.
Los amigos de Iván aseguran que el economista estrella de La Cámpora conocía el nombre de los testaferros de Máximo.





