Jablonka, caminante fiel a sus raíces

Ana Wajszczuk
Ana Wajszczuk PARA LA NACION
En sus libros inclasificables, el autor francés logra combinar literatura e historia a partir de la experiencia íntima y familiar
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15 de febrero de 2020  

El historiador y escritor Ivan Jablonka en su casa, en 2016
El historiador y escritor Ivan Jablonka en su casa, en 2016 Fuente: LA NACION

"¿A quién le pertenece mi infancia?" es la pregunta que da pie a En camping-car, el reciente libro del historiador y escritor francés Ivan Jablonka. Si bien desde la historiografía existe una larga tradición de estudios sobre este tema al menos desde los años 60, pocos lo han investigado como Jablonka. En el caso de este libro, pone en primer plano sus propias vacaciones de la infancia en motorhome por Europa para, con rigor histórico y sensibilidad poética, lograr un volumen breve pero tan sólido como un pequeño diamante que echa luz en diferentes direcciones: es una reflexión sobre la identidad, una carta al padre y a la memoria (el suyo fue un huérfano del Holocausto), una historia del tiempo libre y el autocampismo como símbolo de esa libertad, un recorrido por el momento en que nace una vocación, una parábola sobre el círculo que parece cerrarse cuando el hijo se convierte en padre.

Decir que Jablonka, nacido en París en 1973, es un historiador y escritor que construye libros de no ficción con el rigor y el método de las ciencias sociales tanto como con la prosa de la mejor literatura es apenas la punta del iceberg: Jablonka es uno de los más originales y consistentes pensadores de nuestro tiempo, con una decena de libros en su haber, que ha renovado la escritura de la historia al menos desde el libro que lo acercó al gran público: Historia de los abuelos que no tuve (2015), donde reconstruye la vida y el tiempo de sus abuelos paternos, judíos polacos exiliados en Francia, que desaparecieron en la noche y la niebla de Auschwitz.

Exalumno de la Escuela Normal Superior y actual profesor de Historia en la Universidad de París, desde el principio de su vida profesional sus investigaciones intentaron hacer confluir el método de las ciencias sociales con la libertad creativa de la literatura, saltándose el gran tabú de la historiografía clásica: hablar de uno mismo (el yo que se corresponde con un "nosotros", según Jablonka) o de seres anónimos.

"Mis mentores -dice vía correo electrónico desde París, donde acaba de publicarse su nuevo ensayo, Des hommes justes, sobre el fin del patriarcado y las nuevas masculinidades, que en breve se publicará en la Argentina- han sido todos los escritores-investigadores que inventaron nuevas maneras de investigar el pasado y el presente. Rodolfo Walsh, Nicolas Bouvier, Primo Levi, Javier Cercas, Annie Ernaux, por nombrar algunos. Sus libros pertenecen tanto a la historia, a la sociología, a la antropología como a la no ficción y al reportaje. Cualquiera que los lea no solo siente su poder literario y cognitivo, sino también percibe que son inclasificables".

Así de inclasificables y pregnantes son sus propios libros. La publicación de Historia de los abuelos., que ganó entre otros el Premio del Senado para libros de historia y el Premio Guizot de la Academia Francesa, lo catapultó como un autor popular a la vez que causó revuelo entre sus colegas y la crítica. "La distinción entre nuestras historias de familia y lo que quiere denominarse Historia, con su pomposa mayúscula, no tiene sentido. En rigor de verdad es lo mismo. No están, por un lado, los grandes de este mundo, con sus cetros y sus intervenciones televisadas y, por el otro, el vaivén de la vida cotidiana, las iras y las esperanzas sin porvenir, las lágrimas anónimas, los desconocidos cuyo nombre se oxida en el pedestal de un monumento dedicado a los muertos o en algún cementerio del interior del país", escribió.

La primera traducción del libro al español fue encargada de manera privada por los Jablonka de la Argentina: los descendientes de los dos hermanos mayores de su abuelo, que habían emigrado aquí en los años 30. El director de la editorial argentina Libros del Zorzal, Leopoldo Kulesz, después de pasar toda una noche en vela en la Feria del Libro de París atrapado por la historia, y decidir comprar los derechos, no pudo creer la casualidad (o el destino): el libro ya estaba traducido, y por la misma traductora que trabaja hace años para la editorial.

"Retrospectivamente, me digo que me volví historiador para escribir este libro. Quise conocer a mis abuelos más allá de su muerte, y quise producir conocimiento acerca de ellos. En francés, es la misma palabra. También porque devolverles el rostro a los desaparecidos es reparar el mundo", dice Jablonka, en una línea de pensamiento presente también en su libro más premiado y traducido hasta ahora, Laëtitia o el fin de los hombres, donde reconstruye la vida y el asesinato de una joven de dieciocho años, uno de los casos de femicidio más resonantes de Francia. Una serie para televisión basada en el libro fue seleccionada por el Festival de Sundance y se estrenará este año, en otro salto de la historiografía a la cultura popular.

Después de Historia de los abuelos., modelo metodológico de los libros que vendrían, Jablonka entendió que ciertas cuestiones no habían quedado claras y escribió "el subtexto, el heredero, el doble y la explicitación teórica": La historia como una literatura contemporánea. Manifiesto por las ciencias sociales. El libro arranca con una doble idea: "Las ciencias sociales pueden estructurar la literatura de lo real y la escritura puede modernizar las ciencias sociales", porque, en su opinión, "la historia es una literatura particular, una literatura de lo real, una literatura que intenta desesperadamente comprender lo que pasó. Y, por eso, podemos recordar que la historia es literatura sin jamás debilitar su rigor, su fuerza de explicación".

Con el ensayo sobre su biografía familiar, defendió su habilitación para dirigir tesis de doctorado. "Quiere decir que las cosas en la academia están cambiando", reflexiona. El Premio Médicis de novela otorgado a Laëtitia. es quizás otro síntoma de lo mismo. Fue un momento de inflexión para quien había defendido su propia tesis de doctorado en la Sorbona con una investigación sobre los niños de la Asistencia Pública y, a la vez, publicaba con seudónimo una novela sobre un joven en duelo ( Almas gemelas, que Seuil reeditó el año pasado con su nombre verdadero). Dos vocaciones que en su juventud parecían irreconciliables, y que encontraron a partir de Historia de los abuelos. una "forma pirata", como la llamó, para converger en un mismo trabajo.

"Ivan Jablonka es perturbador", dice Kulesz. "En todos sus libros hay dos voces en simultáneo: la del narrador que cuenta la historia y la del historiador que cuenta su método para encontrar los datos que usará el narrador. Estas dos voces no se alternan, se superponen".

Con En camping-car el método se vuelve hacia el autor mismo, y hacia su tiempo y su medio social como objeto de estudio. El niño de departamento parisino encontraría en sus vacaciones, aún sin saberlo, su vocación. "Había, en mi alegría estival, una familiaridad con la muerte. Mi presencia en el mundo se comunicaba con el tiempo anterior a mi vida. Recordaba a gente que no había conocido. De eso resultó algo peculiar: yo", escribe al comenzar el libro, que demuestra cómo las condiciones sociales e históricas determinan quién es uno, e inversamente, que la infancia es una caja de resonancia de todo lo que nos ocurrirá en la vida.

Hoy Jablonka, además de continuar su labor como profesor en París y preparar un nuevo libro sobre su propia infancia, es uno de los jefes de redacción de laviedesidees.fr, el periódico online por donde pasa buena parte del debate intelectual francés, y codirige la colección La République des Idées en la editorial Seuil. "En ciertos momentos de mi vida, durante las recepciones en la Sorbona o en el palacio del Elíseo, siempre me acuerdo de mis cuatro abuelos artesanos, de mi bisabuela analfabeta, de los habitantes del miserable shtetl de Polonia", escribe, como una suerte de manifiesto, en En camping-car. "Sean cuales sean mis éxitos y mis fracasos, jamás he olvidado de donde vengo. Vengo del país de los sin país. Estoy con aquellos que arrastran su pasado como una caravana. Estoy del lado de los caminantes, los soñadores, los vendedores ambulantes, los que van dando tumbos. Del lado de la autocaravana".

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