
John Carlin: "No conozco ningún país que derroche su potencial como la Argentina"
Periodista, cronista deportivo, narrador de la caída del apartheid en Sudáfrica, señala la ausencia de líderes unificadores y cree que los separatismos son "fantasías de un paraíso propio"
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No es que hable perfecto castellano; John Carlin habla "en porteño". Los años de infancia en Buenos Aires (su padre trabajó en la embajada Británica durante los 60) se le notan a este periodista hijo de escocés y española, neto ciudadano del mundo que a principios de los 80, tras estudiar en la Universidad de Oxford, regresó a nuestro país para trabajar en el Buenos Aires Herald. Luego fue corresponsal del London Independent, la BBC y el Times; trabajó en México, Nicaragua, El Salvador, Estados Unidos y Sudáfrica, donde asistió a la caída del apartheid y el ascenso de Nelson Mandela. De esa experiencia nació el libro El factor humano, cuya adaptación cinematográfica (Invictus, dirigida por Clint Eastwood) lo hizo conocido en todo el mundo.
Es también un gran cronista deportivo, fervor del que dan cuenta sus columnas semanales en el diario español El País. De paso veloz por Buenos Aires (viajó para dar unas charlas en Mendoza), cuenta que está terminando un libro sobre la tragedia de Oscar Pistorius: "En Sudáfrica, hay mucha más simpatía hacia él entre los negros que entre los blancos. Algo que vinculo con el perdón que la población negra concedió luego del apartheid". Con respecto a la Argentina, comenta que percibe "cierto deseo, en este país tan dividido políticamente, de que se intente un proyecto nacional común". Necesidad que se podría trasladar a una comunidad internacional carente, a su criterio, de "un líder que pretenda unificar en lugar de dividir". Tras 15 años de residir en Barcelona, acaba de instalarse en Londres, desde donde escribirá sobre política internacional para El País. Se muestra preocupado por las amenazas del islam fundamentalista, "un grupo de fanáticos que por un lado nos odia y por otro se aprovecha de nuestros logros tecnológicos".
En este sentido, considera que si en algo se parecen los jihadistas a los nacionalistas europeos es en "la fantasía de crear un paraíso inmune a la crisis general".
Carlin, "extranjero en todas partes" y dueño de una mirada entrenada en comprender lo diferente, tiene muy claro que, a su tiempo, volverá a España: "No deja de ser un lugar donde la gente vive de una forma, para mí, bastante más civilizada que en Inglaterra".
-¿Dónde radicaría ese nivel de "civilización"?
-Creo que los españoles tienen ciertas prioridades básicas muy claras: la familia, los amigos, salir, largas comidas donde se quedan charlando, fomentando el vínculo emocional entre las personas? Por supuesto que podrían tener un poco más de la ética protestante del trabajo y esas cuestiones, pero tampoco lo hacen tan mal. Los españoles son civilizados en el sentido de cierta filosofía de vida que no antepone el trabajo y la producción a todo lo demás.
-Llegó hace unos días a la Argentina, en medio de la crisis por los fondos buitre. ¿Cuál es su impresión?
-Que quede claro que en este momento no estoy siguiendo el día a día de la economía y política argentinas. En cuanto a política internacional, lo que más me absorbe últimamente es Rusia, Ucrania, el Estado Islámico, el temor de que empiecen a poner bombas en los subtes de las capitales europeas... No obstante, desde que llegué a la Argentina percibo cierto deseo, en este país tan dividido políticamente, de que se intente un proyecto común. Quizás me equivoque, pero me parece ver cierto deseo de reconciliar diferencias. He notado también, en amigos muy buenos que tengo acá, cierto hartazgo ante el espectáculo político nacional. Como si dijeran: "Por más que lo intentemos, no hay nada que hacer; mejor, por los años que nos quedan, concentrarnos en lo privado, en lo propio, e intentar pasarlo bien". Está el eterno tema argentino del abismo que separa el potencial del país con la realidad. El gran tema. Me gustaría algún día regresar y explorarlo. Ver cuál es el motivo de que en un país donde la gente analiza permanentemente, se psicoanaliza, habla mucho, piensa mucho, nunca se llegue a ningún lado. No conozco ningún país que derroche su potencial de tal manera.
-Vivió en Buenos Aires en períodos muy distintos.
-Trabajé como periodista durante los últimos tres años del Proceso. Si uno compara con esa etapa, lo de hoy es la gloria. Fue una época nefasta. Mirá que viví en países complicados: en El Salvador en la época de los escuadrones de la muerte, en Nicaragua durante la guerra, Guatemala, Sudáfrica... Pero nunca vi un lugar donde se respirara el clima que se respiraba en Buenos Aires en aquella época. Fue muy siniestro. En Sudáfrica, durante los últimos años del apartheid puro y duro, antes de que Mandela saliera de la cárcel, la gente te daba su opinión libremente; cualquier negro te decía exactamente lo que pensaba de los blancos, la policía, los militares? Pero acá el miedo era tremendo. Entonces, claro, cualquier cosa que ocurra en el presente es nada comparado con aquello.
-Pensando en sus escritos sobre Sudáfrica y Ruanda, en lo que también nos diferenciamos es en la cuestión del perdón.
-Es un tema al que le he dado bastantes vueltas. Incluso en el libro sobre Oscar Pistorius: los últimos 16 meses he estado yendo a Sudáfrica para trabajar en este libro. Me ha llamado poderosamente la atención, hablando con la gente en la calle, que hay mucha más simpatía hacia Pistorius entre los negros que entre los blancos. Nada que ver con el caso de O.J. Simpson en los Estados Unidos, que dividió racialmente al país. Para empezar, antes de su catástrofe, Pistorius era un héroe para todos. Independientemente de raza o religión, todos sentían orgullo nacional a través de él. Estuve reflexionando sobre esto, y vinculo la actitud de la población negra frente a Pistorius con el perdón que les concedió a los blancos después del apartheid. No fue una cuestión exclusiva de Mandela; él expresaba una actitud bastante general. Creo que tiene que ver con que si sos pobre -ahora no tanto, pero en aquellos tiempos la mayoría de los negros lo era-, querés la liberación política, pero tu más urgente necesidad es poner un plato en la mesa para la familia. En los tiempos del fin del apartheid, podrían haber buscado la revancha. Pero luego habría venido la contrarrevolución, la respuesta de los blancos, el país hundido en la guerra civil... En todo caso, hoy, cuando hablo con gente negra sobre Pistorius, me dicen: "Lo que hizo fue terrible, no sé si mató intencionalmente a la novia o no, pero fue un momento de locura, debilidad. No lo define por entero". Por el contrario, la mayoría de los blancos opina: "Que se pudra en la cárcel".
-Llevando la mirada al resto del mundo, ¿piensa que estamos inmersos en una "tercera guerra mundial" combatida "por partes", como sugirió el Papa?
-No sé si ése es el término más apropiado, pero sí creo que el islam fundamentalista está en guerra con nosotros, con los valores occidentales. Me preocupa mucho lo que está pasando. Hay que mirar a lo que hemos logrado en la Europa occidental en los últimos 50, 70 años: el punto más admirable de la historia humana en cuanto a libertades individuales, libertad conquistada por la mujer, tolerancia. Son valores por los que nuestros antepasados lucharon durante siglos. Y tenés a este grupo de fanáticos que por un lado nos odia y por otro se aprovecha de nuestros logros tecnológicos. Mi sensación es que esta gente del islamismo radical vive otra época humana, el equivalente al siglo XII europeo. Si vas en avión de Roma a Damasco o Bagdad -3 horas de vuelo- es como meterse en la máquina del tiempo. La guerra de los sunníes y los chiitas, como los protestantes y católicos de hace 500 años, que por pequeños puntos de doctrina se mataban... Me parece preocupante y horrible.
-En este marco, ¿cómo se explica el auge nacionalista en Europa?
-Creo que es una respuesta a la globalización. Con la Unión Europea, el control de las instituciones políticas pasa a Bruselas y la gente siente que pierde cierta identidad. No es casualidad que el nacionalismo catalán haya brotado con tanta fuerza en momentos de crisis: se genera la fantasía de que si logramos la independencia, podremos crear nuestro propio paraíso, inmune a las crisis generales. Hace unas semanas veía a los escoceses proindependencia hablando de liberación... ¡Como si viviesen bajo el yugo de una ocupación militar inglesa! Supongo que ahí podría haber una conexión con la fantasía jihadista: "si logramos expander nuestro califato y llegar a Europa, el mundo será mucho mejor". Algo parecido al impulso marxista en su tiempo: "si logramos la dictadura del proletariado lograremos el paraíso en la tierra". Somos una especie difícil, y no hay una cura mágica: ni el comunismo, ni el jihadismo, ni la indepencia de Cataluña nos va a convertir en el hombre nuevo y perfecto. Hay una cita francesa: le mieux est l'ennemi du bien (lo mejor es enemigo de lo bueno). En el caso de Sudáfrica, lo "mejor" hubiera sido una justicia perfecta, en la que todos los responsables de delitos durante el apartheid terminaran en la cárcel. Mandela entendió muy bien que ese camino le iba a dar una satisfacción muy grande, pero pasajera. Se pudo poner en la piel de los blancos, de los racistas, y comprender que si, por una casualidad biológica, hubiera nacido blanco en Sudáfrica, hubiera sido como ellos. Ese esfuerzo por meterse en la piel del otro, intentar pensar como piensa el otro, es un paso muy importante para hacer lo mejor posible dentro de lo limitados que somos.
-¿Piensa que el siglo XXI está huérfano de estadistas?
-No hay figuras que posean una visión a largo plazo, más allá de las mezquindades partidistas. La política hoy es como una especie de deporte, donde lo importante es ganar al otro. Falta un líder que pretenda unificar en lugar de dividir: aun en las democracias más estables el juego político consiste en denigrar al otro; dividir para ganar. Digamos que en una situación de relativa estabilidad, ése es el juego democrático. Pero los lideres que realmente pasan a la historia son los que unifican a los pueblos.
-¿Ningún líder para rescatar en el ámbito global, entonces?
-Bueno... ¡el uruguayo! Me encanta. Un tipo que habla verdades, que no acomoda su discurso a los vientos populistas: Mujica dice lo que piensa. No lo conozco lo suficientemente bien como para darte una visión completa de él. Pero a nivel de piel me gusta [risas].
-En lo profesional, ¿se podría decir que las coberturas en Sudáfrica y Ruanda marcaron un antes y un después en su modo de encarar el trabajo?
-Sudáfrica, ante todo. Ruanda es algo tan atroz. Casi imposible imaginar que el intento de exterminio de los tutsi a manos de los hutu realmente sucedió. En 100 días mataron a un millón de personas a machetazos... Sudáfrica es un mundo más real, más imitable. Tampoco voy a decir que es una utopía: el gobierno se volvió corrupto, hace mucho que está en el poder. A veces me pregunto qué hubiera hecho Mandela en otras situaciones. Por ejemplo, en Egipto, otro gran país africano, acaban con la tiranía del dictador Mubarak, celebran elecciones. La gran primavera árabe, la plaza Tarhir... pero en vez de poner el país por delante, acercarse a los enemigos y reconstruir el país, ¿qué hace Morsi? Todo para los suyos, ningún intento simbólico de acercarse a los cristianos, a los musulmanes más seculares. Nada de eso. Y en año y medio se desarma todo, hay golpe militar, y la gente que se manifestó por la democracia, agradecida de que estén los militares. El 15% de la población en Egipto son coptos, cristianos. Creo que Mandela hubiera ido a una misa de los coptos. Y les hubiera dicho a los musulmanes seculares que la religión es algo personal, particular, pero que todos debemos participar para construir el país: gestos simbólicos que siembran la unidad.
-¿De qué modo el deporte participa en estos gestos simbólicos?
-Una persona con la que he tenido cierto contacto en los últimos años es el presidente Santos, de Colombia. No creo que haya leído mi libro sobre Mandela, pero seguro vio la película. Y se inspiró. Dijo: "A ver si en mi país, que está tan dividido, podemos usar el deporte, la selección de fútbol colombiana, el Mundial, para fomentar los puntos que tenemos en común". Es un camino. Aunque no se puede hacer en el vacío. Lo que se cuenta en Invictus, el Mundial de rugby del 95, funcionó porque fue la consumación de un proyecto. Hubo mucho trabajo previo. El deporte no es una pastillita mágica; tiene que existir un contexto. Y si el líder o la líder saben utilizarlo bien, le pueden sacar mucho provecho. Es lo que hizo Mandela, que fue un gran manipulador de masas, en el buen sentido de la palabra.
-¿Cómo se concilia la pasión deportiva con las frecuentes denuncias de negociados?
-En el fútbol, la gente como yo vuelve a la niñez. Tener debates acalorados sobre si Messi es mejor que Ronaldo? nadie se va a ir a la guerra por eso. Y sí, uno se entera de que hay un negocio bastante amoral en los clubes, en los grandes fichajes, en la FIFA. Creo que mucha gente lo que hace es no mirar hacia allá. Igual un niño que juega con juguetes hechos en China: es posible que se hayan fabricado en condiciones casi de esclavitud, pero mejor no pensemos en eso porque todo se complica demasiado.
-Puestos a jugar? ¿qué decir de Messi?
-Vi todos los partidos del Barça y nunca he disfrutado más de un jugador como disfruté de Messi. No es que me caiga especialmente bien como persona, ¡pero qué importa! Lo que importa es lo que hace con la pelota. Sería bastante absurdo que invirtiera energía indignándome por Messi. La indignación es una emoción, como dijo Saul Bellow, que erosiona. Es mejor reservarla para los grandes temas.
Un futuro posible. ¿De qué modo diferente se podrían abordar las demandas nacionalistas?
-Un ejemplo podría ser Cataluña, donde sería tan fácil que Rajoy asumiera una política más adecuada... Sin embargo, hoy el principal motor del independentismo catalán es el gobierno central de Madrid, que cada vez que abre la boca les falta el respeto a los catalanes y así infla más el globo de la independencia. Si los catalanes salen a la calle a pedir la independencia, a la semana siguiente Rajoy tendría que viajar a Barcelona. Y allí dar un discurso, decir unas palabras en catalán, reconocer que históricamente se ha tratado mal al pueblo catalán. Apuntar, asimismo, que existen más coincidencias que diferencias, hacer una bromita, señalar que el Mundial 2010 lo ganaron porque eran catalanes casi todos los del equipo? Incluso, prometer que tomará clases de catalán para dar el próximo discurso en ese idioma, y que creará grupos de trabajo para ver el tema de las finanzas. Algo en la línea de lo que hubiera hecho Mandela. Das ese discurso y el globo del independentismo se desinfla al día siguiente. Pero no. En el caso de Rajoy, además, su propio partido nunca le permitiría hacer algo así. ¡Y son los que quieren que España se mantenga íntegra!
Marcado a fuego por el Río de la Plata
Bilingüe desde el nacimiento, Carlin pasa del inglés al castellano con una naturalidad envidiable. Y del castizo al rioplatense con una soltura pasmosa. "La Argentina me influyó más que España" -asegura-. Viví en Buenos Aires dos épocas decisivas: primero, entre los 3 y los 10 años; luego, en plena juventud." Aunque su madre es madrileña, comenta que se siente más cómodo hablando el castellano americano que el español. "Cada vez que me encuentro con un argentino, siento una inmediata conexión -dice, risueño-. Conozco sus procesos mentales, sé de dónde vienen." Semejante feeling funcionó como un tesoro a la hora de realizar coberturas en Centroamérica y México: "Hay matices en América latina que un estadounidense no puede entender. Había periodistas y diplomáticos muy sólidos, de gran educación, que no podían percibir lo que yo captaba a la primera: esto de la viveza, por ejemplo". Carlin, que vivió en tres continentes, insiste: a la hora de la vulgaridad visceral, lo que sale es un insulto a la argentina. ¿Y la actitud frente al país? "La de un típico argentino: amor-odio. Me atrae y me desespera", confiesa el biógrafo de Nelson Mandela.





