José Emilio Burucúa. "La percepción estereotipada del otro es casi genética de la especie humana"

El historiador del arte, que analizó las imágenes históricas de la violencia, cree que la novedad de las decapitaciones no está en su contenido, sino en su difusión inmediata y cercana
Astrid Pikielny
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19 de octubre de 2014  

Crédito: Patricio Pidal/AFV

Puede pasar del arte medieval a la literatura del Renacimiento o al cine del siglo XX con naturalidad y una erudición pasmosa que, sin embargo, nunca abruma. Muy por el contrario: ilumina, desmitifica, convoca al asombro y pone en contexto histórico hechos que podrían parecer novedosos u originales.

El historiador del arte José Emilio Burucúa, uno de los intelectuales más importantes de la Argentina, doctor en Filosofía y Letras y miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes, maneja con sensibilidad, gracia y habitualidad un gigantesco archivo de imágenes.

Desde hace unos años, Burucúa destina esfuerzos a investigar las representaciones de la masacre histórica y las formas mediante las cuales las personas han intentado explicarlas y contarlas, mediante textos, imágenes y otros medios. El resultado de esa pesquisa poco común es su último libro, Cómo sucedieron estas cosas. Representar masacres y genocidios (Katz), escrito en coautoría con el historiador Nicolás Kwiatowski.

"Empezamos a trabajar juntos en la representación de lo que en primera instancia parece irrepresentable", afirma Burucúa y sistematiza, a lo largo del libro, las fórmulas que fueron utilizadas para contar las masacres en la historia. "No es cierto que una imagen vale más que mil palabras. Siempre el despliegue más rico está en las palabras", explica si se le pregunta qué ocurre cuando, como sucedió con el Holocausto y otros genocidios de magnitud inimaginable, las palabras parecen no alcanzar.

Frente a los videos de las decapitaciones de Estado Islámico (EI), el historiador no duda en afirmar que esta representación del horror no significa una novedad histórica.

"Ya en la Edad Media y durante las guerras de religiones esas escenas de decapitaciones, básicamente en grabados, tenían una difusión enorme", describe.

Autor de numerosos libros y artículos sobre historia de la perspectiva y las relaciones históricas entre imágenes e ideas, Burucúa ha sido profesor visitante en universidades extranjeras y actualmente se desempeña como docente en la Universidad Nacional de San Martín.

-¿Qué dificultades o límites encuentran las representaciones de las masacres? ¿Cómo dar cuenta del horror en su cabal dimensión?

-Ése fue un problema desde el comienzo mismo de la historia y del ejercicio de las artes visuales. Frente al hecho límite de la masacre y más tarde de las masacres sistemáticas o genocidios, siempre historiadores y artistas se toparon con el problema de cómo presentar algo que está en el límite de la presunta irrepresentabilidad. Pero siempre lo enfrentaron y buscaron, en los límites de sus capacidades y de su know how, la manera de poder representar. Porque representar implica, hasta cierto punto, explicar. Si yo represento, narro, y tengo que forzosamente hablar de causas y efectos. Incluso para decir que desconozco la causa de algo. A pesar de que existe esa conciencia de la dificultad e incluso de la irrepresentabilidad, siempre se intenta quebrar esa barrera. Y así es como se han ido construyendo fórmulas.

-¿Cuáles son esas fórmulas?

-Creemos que la primera que aparece como fórmula es la cacería: asimilar las grandes matanzas de hombres a las grandes matanzas de animales. Entonces, esa pareciera ser una manera de representar en donde la explicación de lo que ocurre remite a una suerte de impulso hacia la violencia como la que tiene el cazador. Otra fórmula que ya encuentra una explicación es la del martirio: los masacrados tienen una fe por la que están dispuestos a dar la vida. Martirio significa en griego "testigo". El masacrado no tiene absolutamente ninguna culpa ni responsabilidad por remota que sea de aquello que le está aconteciendo. En ese momento se es inocente absoluto. Pueden haber sido hasta monstruos en su vida anterior, en el plano individual, pero eso es absolutamente irrelevante para definir y pensar lo que les sucede en ese momento. Una tercera fórmula se vinculó con la idea del infierno como lugar de tormentos inigualados.

-¿El caso de los asesinados en los campos de concentración se encuadra dentro de la fórmula del martirio?

-Efectivamente. Y no me cabe la menor duda de que entre quienes murieron en los campos de concentración había personas excelentes y personas malvadas, pero eso que el malvado individual habría hecho antes de lo que le acontece es absolutamente irrelevante para explicar y calificar lo que padece después. En ese sentido, ahí, en ese agujero negro, es lo que nosotros postulamos: un inocente radical. No hay nada que haya hecho antes que pueda imputársele para justificar lo que le pasó. Lo cual no quiere decir que, en el caso de ser responsable de actos criminales previos a la enormidad que lo involucra, un sobreviviente quede eximido de responsabilidades penales por aquellos delitos anteriores cometidos.

-¿Un ejemplo histórico?

-Bueno, un ejemplo es el de Norma Arrostito, que participó del operativo que Montoneros organizó para el secuestro y posterior asesinato de Pedro Eugenio Aramburu en 1970; la militante llegó a vanagloriarse de su acción. Había participado del asesinato de un hombre desarmado y que no podía defenderse, en una simulación patética de un proceso judicial y lo matan en un sótano. A fines de 1976, Norma fue secuestrada por un comando de la Marina y detenida en la ESMA, donde fue torturada durante meses y finalmente asesinada en circunstancias espeluznantes. Las acciones de Arrostito anteriores a su secuestro podrían haber sido objeto de los más diversos juicios a partir de su responsabilidad penal o, incluso moral, en los términos propuestos por Oscar del Barco. Sostenemos, sin embargo, que los tremendos vejámenes sufridos por ella durante su cautiverio están separados de la cadena previa de causas y efectos. Ninguna culpabilidad de Arrostito puede ser esgrimida como justificación o explicación de los tormentos y de la muerte que padeció. En ese sentido, sus verdugos y asesinos la convirtieron en una víctima inocente de las masacres perpetradas en la Argentina entre 1976 y 1983. Frente al hecho de haber entrado en ese infierno que fue la ESMA y morir ahí en la manera que muere, la monstruosidad que ella pudo haber hecho antes es irrelevante.

-¿Qué sucede si, años después, esa persona sobrevive y cuando toma la palabra pública se remite sólo a su condición de víctima y no, también, de victimaria?

-Si ella se hubiera salvado no me cabe la menor duda de que tendría que haber sido objeto de un proceso judicial. Pero no es un problema que pueda afectar a la maldad de los perpetradores ni exime a los perpetradores de la radicalidad de su culpa. En absoluto. Todos los que pertenecieron a las organizaciones armadas y murieron en campos de concentración son, en ese sentido, inocentes absolutos. Son víctimas porque cualquier cosa que un ser humano haga no puede justificar la monstruosidad que implica ser objeto de una masacre o un genocidio. Del lado del movimiento emancipatorio rechazan que se trate de víctimas, categoría que se sostuvo en los años ochenta con el Juicio a las Juntas, pero luego cambió: ahora son militantes que han muerto. Ellos insisten en usar la categoría de genocidio y eso es contradictorio: si ha habido un genocidio, han sido básicamente víctimas. Depende de dónde uno se coloque, y como historiador yo me coloco en esa perspectiva.

-En un mundo de reinado o tiranía de las imágenes, ¿qué peso tienen las palabras y qué envergadura adquieren las imágenes? ¿En qué medida hay una mutua fertilización o competencia?

-Cuando uno llega a un límite con un tipo de recurso, pasa al otro, y cree que el recurso visual puede dar algunas claves, mostrar un horizonte distinto o completar. Aunque no creo que lo agote y menos a una experiencia extrema; la explicación más abarcadora, el despliegue más rico finalmente se produce con las palabras.

-O sea que es falsa la idea de que una imagen vale más que mil palabras.

-De ninguna manera una imagen vale más que mil palabras. Ése es uno de los guayabales más grandes de la historia. Con Laura Malosetti Costa invertimos la relación y escribimos un artículo que se llama "Mil imágenes", porque mil imágenes equivalen a una palabra. Se pueden dar centenares de ejemplos de ambivalencias y ambigüedades del lenguaje. Esto abunda en la historia de la literatura, la retórica y los discursos. Vamos a un ejemplo: el famoso Cristo en el bombardero de León Ferrari, que se llama Occidental y cristiano. Cuando Ferrari muestra ese Cristo en el contexto de la Guerra de Vietnam, lo que había ahí era una visión finalmente irónica de una pretendida civilización occidental y cristiana que lanzaba sobre los vietnamitas bombas para destruirlos. Ahora, si uno va a Internet y ve qué es lo que opinan las personas que se encuentran con esa imagen es "otra vez más Cristo crucificado", o sea, el polo opuesto.

-¿Qué novedad marcan los videos de decapitaciones, trailers y otros modos de comunicación de Estado Islámico en lo que venían siendo las representaciones del terrorismo?

-En realidad esto no es una novedad, porque ya en la Edad Media y durante las guerras de religiones esas escenas de decapitaciones, básicamente en grabados, tenían una difusión enorme, tanto en el campo de los que condenaban el ajusticiamiento, para mostrar el ejercicio de una justicia rigurosa y justa, como aquellos a quienes veían en el ajusticiado a una víctima. Era algo muy común entre católicos y protestantes en las guerras de religión. Lo mismo sucedió con los crímenes de la conquista española y abundan las fotos de los ajusticiamientos que hicieron los turcos con los armenios. En esas fotos se ve cuando los cuelgan y eso fue tomado como prueba de castigo y para amedrentar. Eso tenía un sentido muy semejante y no veo gran diferencia con estos videos.

-Pero las actuales imágenes de las decapitaciones vienen con palabra y movimiento, y con posibilidad de difusión masiva e instantánea.

-La escala de la difusión y la velocidad es un fenómeno nuevo. Me parece monstruoso y suscita una serie de reacciones extremas, pero si lo ponemos en una dimensión histórica, el núcleo no es nuevo: sea para amedrentar, sea para causar horror, eso está presente desde hace muchos siglos.

-El primer video que circula impacta fuertemente. Uno se pregunta si, cuando empiezan a repetirse con cierta regularidad, no se produce cierto acostumbramiento o naturalización del horror.

-Después es hábito y enseguida creamos una especie de escudo. A mí me parece que lo que sí hay que analizar es la difusión y el impacto de lo inmediato. Ése es el tema: esto ocurrió hace algunos minutos y no hay distancia. Lo estoy viendo casi en directo. Y eso para mí, esa pérdida de la distancia, tiene un efecto devastador. Además, hay otro hecho fundamental, que es dónde lo vemos: en nuestras computadoras. Está bien, algunos pueden usarlas de manera perversa, pero en el 90% de los casos la computadora es un instrumento de comunicación humana válido, es un instrumento de benevolencia y de bonhomía -estamos felices y alegres de poder comunicarnos con los que queremos y que están lejos, podemos verlos y enviar y recibir imágenes- y de pronto este instrumento está invadido por este espanto. Recibimos eso en un correo electrónico, Facebook o Twitter, cuando lo que solemos recibir a través de eso son cosas agradables de la vida. Y de repente al horror lo tenemos ahí. Si podemos darnos cuenta de que no hay novedad en el contenido y de que la historia humana está llena de estos ejemplos, podemos quizás evitar el colapso de toda racionalidad frente a esto. Eso es lo que busca tanto EI como los que quieren mostrar el horror para justificar este tipo de cosas. No voy a caer en la interpretación de Cristina Kirchner, porque me parece aberrante y una falta de respecto.

-¿Se refiere a las dudas que ella planteó en las Naciones Unidas cuando se refirió a los videos como puestas en escena?

-Sí, eso me parece una cosa inaceptable. Pienso en los deudos de esta gente. Que un jefe de Estado de un país pacífico como es la Argentina tenga semejante opinión y que la exprese en el foro internacional que es el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es inaceptable. El objetivo de EI es sembrar el terror y el pánico, y despertar en nosotros las reacciones más irracionales, como querer hacerle la guerra. También es cierto que puede haber manipulación y aprovechamiento de bandos políticos que quieren ese tipo de intervención, como el Partido Republicano en EE.UU., el Tea Party. Pero más allá de las críticas que recibe, no creo que Obama esté manipulando eso, como sugirió la Presidenta.

-Me pregunto si a pesar de lo "cerca" que la globalización nos pone a todos de todo, hay lugares que sólo conocemos estereotipados por las representaciones que nos llegan de la violencia, la guerra o el desastre humanitario, como Medio Oriente o África.

-Hoy puede ser que los medios masivos hayan contribuido a la formación de visiones estereotipadas, pero eso no es ninguna novedad en el campo de la cultura. La literatura, la historiografía, el teatro formaron visiones estereotipadas del otro desde el comienzo de la historia: los griegos estereotiparon a los persas, los romanos a los germanos, los cristianos a los musulmanes, y viceversa, los europeos blancos a los negros africanos, y así sucesivamente. El fenómeno de la percepción cristalizada, simplificada y empobrecida del otro es casi genético de la especie humana. Lo cual no quiere decir que los amigos de la razón no debamos combatir sin tregua los estereotipos.

Un futuro posible, según Burucúa

¿Qué lecciones dejan hoy las imágenes que circulan sobre la guerra y la violencia?

Casi siempre se enaltece el heroísmo. Podría pensar en la famosa foto Muerte de un miliciano, de Robert Cappa. Ahí no hay duda de que lo que se quiere mostrar es el heroísmo del que cae, una figura extraordinaria del dinamismo, de elegancia formal, si se quiere: ese cuerpo que despliega los brazos con la cabeza hacia atrás. Es paradójico, porque esa posición del cuerpo casi siempre está asociada a la vida, pero acá sabemos que se está muriendo. Es una imagen de una gran belleza, de una gran fuerza comunicativa, que se basa en su carácter contradictorio. Y lo que finalmente vemos es la muerte de un héroe, es una muerte bella, con todo lo que este concepto entraña. No creo que la muerte sea bella nunca, pero hay obras de la literatura y de las artes plásticas, o monumentos funerarios, que remiten a la muerte bella. Y también están las imágenes que muestran el horror. Las imágenes siempre están en esa polaridad entre lo bello y lo sublime, nos transmiten el horror y la desmesura, y hay una distancia que permite verlo. En el caso del horror hay cosas que rompen la distancia y hay algunas imágenes que se vuelven intolerables.

Mano a mano

La pasión de conversar con el pasado

Afable, expansivo y didáctico, Burucúa navega con placer, destreza y rigurosidad las aguas de la historia en general, y de la historia del arte en particular, una pasión que lo alcanzó muy joven, cuando cursaba en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Llegó a la historia a fines de los 50 y principios de los 60, cuando la influencia de la Escuela de los Anales se hacía sentir. "Ninguno quedó inmune al atractivo de la historia. A tantos de nosotros nos parecía tan atractiva esa idea de conversar con los muertos", recuerda hoy, cuando se le pregunta cómo nació su interés por esta disciplina como un territorio de investigación. Cursó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA a fines de los años sesenta, un ámbito estimulante en el que se respiraba libertad intelectual y política a pesar de Onganía. E inmediatamente recuerda, con inmensa gratitud, a esos grandes maestros que marcaron una época y fueron primordiales en su formación: Claudio Sánchez Albornoz y sus discípulas, María del Carmen Carlé e Hilda Grassotti, Ángel Castellán, Adolfo Rivera y Héctor Schenone, una verdadera leyenda en la historia del arte.

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