José Saramago: "La honestidad no está de moda"

El premio Nobel de literatura afirma que la palabra democracia fue manipulada a tal punto que corre el riesgo de olvidarse su importancia. También sostiene que no teme perder amigos por sus críticas a Cuba porque antes que nada hay que ser fiel a los propios principios
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11 de mayo de 2003  

A los 80 años se empecina en ser sólo un hombre decidido a decir lo que piensa y a mostrar que sigue enamorado de la mujer que eligió hace 16 años. Pilar del Río, una periodista española de 53, de inocultable temperamento andaluz, con quien José Saramago comparte la vida en la volcánica isla de Lanzarote. No más que eso. Como si en los últimos 25 años no hubiera alumbrado una obra extraordinaria capaz de desasosegar al lector más avezado.

El premio Nobel de literatura 1998 es poco afecto a exhibirse en el olimpo de los pensadores y está siempre dispuesto a expresar sus opiniones polémicas sobre los asuntos que atañen a la condición humana en un mundo en constante mutación.

En una apretada gira de una semana por el Cono Sur para la presentación de su novela El hombre duplicado (Alfaguara), el escritor portugués acaba de sacudir a la opinión pública latinoamericana y europea con sus declaraciones críticas sobre Cuba. En la Argentina, Chile y Uruguay se hartó de explicar que sigue siendo solidario con el pueblo cubano, que la revolución se alejó de sí misma y que nada ha cambiado en su relación con el gobierno de ese país. Saramago cree que "a los amigos hay que decirles siempre la verdad".

Su paso por Buenos Aires dejó huella. Llenó el Teatro Colón, donde una multitud lo ovacionó de pie. Cuando LA NACION le preguntó: "¿Qué le pasa a la gente con usted?", él respondió con expresión juvenil de asombro: "No lo sé. En el Colón, delante de toda esa gente, yo me pregunté: `¿Por qué están aquí?´ No tengo una respuesta clara. Nunca sé qué voy a decir. Simplemente me tiro al agua y nado hasta la otra orilla".

A los 53 años hizo lo que la mayoría de los mortales sentiría terror de encarar a esa edad: cambió sustancialmente el derrotero de su vida. Despedido del periódico que dirigía en Lisboa, lo dejó todo para volcarse a la escritura.

Un dato llama la atención respecto de la conexión del público con Saramago. LA NACION pudo corroborar que no es poca la gente que nunca lo leyó. Sin embargo, a todos les interesa saber qué piensa.

-¿Volvería hoy a asumir la decisión que tomó hace 27 años?

-Yo creo que sí. No es que sea muy valiente. Pero cuando ha sido necesario y tenía conciencia de que una decisión era importante para después, lo he hecho de manera muy natural.

-¿Qué tipo de periodismo ejercía en aquel periódico?

-En ese momento vivíamos una revolución. Uno estaba a favor o en contra. Era un periodismo activo, de combate. Dos años antes había vivido la experiencia del editorialista. Eran los tiempos finales del fascismo y se conspiraba. Se luchaba contra la censura.

-¿Qué periodismo ejercería hoy si dirigiera un diario?

-Si fuera editorialista y me dieran la libertad de hacerlo, me dedicaría al periodismo de investigación y de formación. Escribiría sobre los temas que preocupan a la humanidad y los que ponen en riesgo a la especie humana. Me dedicaría a denunciar y a activar la conciencia de los lectores. Casi una utopía. Justo yo, que no creo en las utopías.

-En su libro "De un mundo a otro" usted alerta sobre que el cerebro humano está saturado de palabras. Y por eso, la gente hace lo contrario a lo que piensa, creyendo pensar lo que hace. Sin embargo, ¿qué sería de nosotros sin las palabras?

- (Se ríe) ¡No tendríamos más remedio que inventarlas! Porque no podemos vivir sin ellas. Eso no significa que la gente tendría que ser muda. Las personas más sencillas, que alimentan la tradición oral y son analfabetas, logran comunicarse y expresar sus sentimientos. Cuantas más palabras uno tiene, más matices puede expresar al comunicarse. Lo malo es que las palabras sirven para todo. Principalmente para engañar y vender mentiras como si fueran algo verdadero.

-Usted ha advertido también sobre que, en medio del aluvión de palabras que emitimos y recibimos, éstas han dejado hoy de comunicar.

-Esto tiene que ver con el uso que se hace de ellas. Vuelvo a un tema que me gusta: la palabra democracia. En todos los discursos se repite "democracia". Es la palabra más manipulada y de tanto mal uso acabó por desvirtuarse. No nos damos cuenta de su importancia porque no nos detenemos a pensar qué significa. En ese sentido, ha dejado de comunicar.

-¿Por qué descarta usted de su vocabulario las palabras "esperanza" y "utopía"?

-No las descarto, aunque lo parezca. Tomemos por ejemplo, la palabra "utopía". ¿Cómo no se puede vivir sin utopías? ¿Qué puede importarme a mí pensar en el mundo del siglo XXIV si yo no voy a llegar? Tengo que trabajar para hoy y para mañana. En el fondo, la utopía es como una especie de creencia. Uno no se plantea si tiene una lógica o un sentido. Uno se queda con ella. A mí no me interesan esas palabras. Porque muchas veces las palabras paralizan la acción de hoy en nombre de lo que se puede hacer mañana.

-Dice usted que el discurso político es imposible de traducir. ¿No cree que para debatir sobre la democracia habría que intentarlo?

-Yo lo dije porque casi siempre el discurso político es de ocultamiento. A lo mejor, si se tradujera, de ese discurso saldría exactamente lo contrario de lo que el político dijo. Esa traducción tendría mucho que ver con el pensamiento que el discurso oculta. Lo encontramos a toda hora.

-Entre los autores que relee está Kafka. ¿Qué le devuelve su obra en esas relecturas?

-La confirmación sobre la capacidad adivinatoria que tuvo Kafka, que escribió su obra en forma metódica y tenía una intuición asombrosa. Pensemos que nada en su entorno podía sugerir, por ejemplo, el tema de La metamorfosis . ¿En qué pensaba cuando lo escribió? ¿Qué le sugería la sociedad en ese momento? Lo que define a un clásico es que, cuando los releemos, siempre sabemos qué nos dicen pero igualmente nos sorprendemos.

-Hablando de clásicos, su esposa dice que su obra tiene un latido de eternidad, ¿cómo se siente usted, un contemporáneo, con una obra clásica?

- (Se ríe) Es muy simpático eso por parte de Pilar. Pero no soy capaz de mirarme a mí mismo como un clásico. Me veo como un hombre de su tiempo que se ocupa de los problemas de su época. Si pensamos en los auténticos clásicos, tampoco se vieron a sí mismos como tales. Eso lo dirán las generaciones del futuro.

-Usted, que se define como comunista libertario, ¿se siente un sobreviviente?

-Yo me considero como el náufrago de un barco que se hunde. Uno está a punto de ahogarse, pero hay una tabla a la que se aferra. Es la tabla de los principios. Todo lo demás puede desmoronarse, pero aferrado a ella, el náufrago llegará a una playa. Y después, con esa tabla podrá construir otro barco, evitando cometer los errores de antes. Con ese barco intentará llegar a otro puerto. Es una metáfora.

-¿Paga usted un alto precio por decir lo que piensa?

-No pago ningún precio. Quizá pierda amigos. Pero si es por decir lo que pienso, entonces la amistad no sería muy fuerte. Uno tiene que decir siempre lo que entiende como su verdad. Si esto hiere a un amigo, lo lamento. La verdad es siempre realtiva. Pero uno necesita vivir con unas coordenadas, una coherencia. Es incómodo, pero no pago altos precios. Claro que hay consecuencias y sé que las tengo por decir lo que pienso. Pero yo no puedo callarlo, sólo porque habrá consecuencias.

-¿Por qué tanta gente se autoconvoca para escucharlo?

-No tengo una respuesta clara. Además del gusto por el autor y por las novelas puede que exista algo más y que ni siquiera sabemos qué es. Yo soy una persona pacífica, sin demagogia ni estrategia. Digo exactamente lo que pienso. Y lo hago en forma sencilla, sin retórica. La gente que se reúne para escucharme sabe que, con independencia de si coincide o no con lo que pienso, soy honesto, que no trato de captar ni de convencer a nadie. Parece que la honestidad no se usa mucho en los tiempos actuales. Ellos vienen, escuchan y se van contentos como quien tiene necesidad de un vaso de agua fresca y la encuentra allí. Yo no tengo ninguna idea de lo que voy a decir cuando estoy frente a la gente. Pero siempre digo lo que pienso. Nadie podrá decir nunca que lo he engañado. La gente tiene necesidad de que le hablen con honestidad.

-Usted tiene una relación especial con sus lectores. ¿Hay algún común denominador entre quienes le escriben desde distintas latitudes?

-Hay dos grandes categorías de lectores. Están aquellos a los que les ha gustado un libro y escriben para expresarlo. Y hay otra categoría muy interesante: la gente que escribe para hablar de sí misma, sobre su relación con el mundo, con la pareja, con la familia y me cuenta sobre eso. Como si la lectura de los libros los llevara a reflexionar sobre esas cosas. Y a mí eso me sorprende. Como me sorprende lo bien que escriben, la capacidad de análisis que tienen. Yo tengo la idea de que las obras completas de un autor están incompletas si no tienen las respuestas de sus lectores. Me gustaría, cuando ya no esté, que a mis libros se añada un volumen con las cartas de los lectores. Recibo testimonios extraordinarios. En esto soy un privilegiado. Son cartas estremecedoras. A veces las leo y me doy cuenta de que estoy llorando. Hay en el mundo gente extraordinaria por su carácter y su bondad.

-Usted no cree en Dios ni en el espíritu, ¿de dónde provenía entonces la sabiduría de un hombre como su abuelo que fue analfabeto y no tuvo acceso a la cultura?

-Somos materia y nada más. Una parte de esa materia ha sido capaz de crear conciencia. Pero todo lo que somos es cerebro. Ahí está todo. El corazón es una bomba. Los árabes dicen que los sentimientos están en el hígado. Mi abuelo era gente común. La sabiduría consiste en el fondo en tener una relación pacífica con lo que está fuera de nosotros, con la naturaleza. Para mi abuelo era suficiente con saber el nombre de los árboles, de los animales y tener una idea aproximada del tiempo. Con 400 o 500 palabras se vivía. Puede que tengamos que reconocer que la sabiduría se contiene en esas pocas palabras y que cuando empezamos a entrar en los matices, todo se diversifica. A veces, las palabras hacen que nos detengamos en ellas. Entonces, ya no estamos comunicándonos. Nos contentamos con las palabras y no con lo que ellas significan.

El perfil

Periodismo y literatura

José Saramago nació en Azinhaga, Portugal, en 1922. De joven comenzó a militar en el Partido Comunista y se inició en el periodismo, carrera con la que se ganó la vida hasta los años setenta. A partir de entonces se dedicó a la literatura.

Un nobel distinto

En 1998 fue el primer autor de lengua portuguesa en recibir el premio Nobel. Entre sus libros más conocidos se encuentran Memorial del convento , El año de la muerte de Ricardo Reis y el polémico El evangelio según Jesucristo .

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