
¿Kirchner vs. Kirchner?
Aún el tipo con menos seso que un raviol de fonda (vieja calificación que data de cuando el seso tenía participación en la culinaria nacional y las fondas aún no se habían convertido en restó) habrá advertido, si es que presenció el acto de asunción de la nueva presidenta, que la señora ha experimentado, por alguna razón que ella o su analista sabrán, un cambio copernicano. Y si a ese mismo sujeto, a pesar de su baja calificación mental, le dio el tiempo para comparar esta ceremonia con la que protagonizó, apenas cuatro años y medio atrás, su marido, tendrá derecho a decir: ¡Pero nada que ver! ¡La rosa y la alcachofa! ¡Pavarotti y Los Pibes Chorros!
Es que ella, acaso por primera vez en público, se mostró sencilla, emotiva, hizo un excelente discurso, no jugó con el bastón, se tomó la ceremonia en serio, pero sin solemnidad y no saltó las vallas para lanzarse sobre la multitud y darse la cabeza contra la máquina del primer fotógrafo que se le puso en el camino. Es decir, si ambos parecen haber arrastrado hasta ahora las consecuencias de una adolescencia rebelde y acaso malamente abortada –como la de tantos otros en los setenta–, Cristina experimentó un cambio sensible una vez que resultó electa y ensayó ponerse la banda presidencial sobre el vestido de encaje que encargó para la ceremonia de asunción. Expresó ideas, se mostró firme, pero conciliadora y hasta le tendió una mano a la oposición. Menos feliz estuvo en su breve mención de la prensa, pero eso, junto con su condena al FMI, ya forma parte indeleble del estilo matrimonial, o a esa parte del discurso fue él quien le metió mano.
Pero esta verdadera revelación abre serios interrogantes. Y no sólo para quienes, desde la contra, se vean lidiando con ella, agrandada como está, sino, más firmemente, para el mismísimo ex y hoy primer varón de la República. Porque ya se sabe cómo son estas cosas. El exitoso enroque conyugal ha dado para que los analistas deduzcan que Néstor se toma un descansito en estos cuatro años, mientras prepara a sus boys en los entresijos de su intrincada metafísica política y crea el PKA (Partido Kirchnerista Auténtico) y, al cabo de ellos, fresco como una lechuga y de común acuerdo con su patrona, vuelve a las pistas en 2011 con la seguridad con que lo hacía Leguisamo, y reina hasta el 2015. Y para entonces verá lo que hace: si le devuelve a ella la banda y el bastón o se lo entrega al pibe o a la nena, que ya estarán en edad de merecer.
Pero ojo al piojo. Porque después de la demostración del lunes último, de la firmeza con que sostuvo sus ideas y de los elogios que cosechó, ¿quién puede asegurar que, así como en 2007 se asistió a un inusual traspaso de poder matrimonial, en 2011 no se asista a una lucha, no menos original, entre esposos por la presidencia de la República?
El reo de la cortada de San Ignacio no se mostró impresionado. “Es vengativa –sentenció. Y agregó enseguida, a modo de explicación: “¿Vio que hubo un acto con musiqueros, no? ¿Usted escuchó algún tanguito? No. ¿Y sabe por qué? ¡Porque no nos perdona la paliza que le dimos los porteños en las últimas elecciones!”





