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La adulación populista deshumaniza la política

Héctor Ricardo Leis
Héctor Ricardo Leis PARA LA NACION
La masa rinde culto al líder. Y el líder adula a las masas para convencerlas de que ellas son "superiores"al enemigo que se busca doblegar. Esa dinámica malsana define al populismo, dice el autor. Y el costo es grande
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12 de diciembre de 2012  

Me niego a aceptar que la mayor densidad ontológica del populismo sea política. Afirmo, por el contrario, que ella se encuentra en la dimensión psicológica, algo ausente en la literatura dominante sobre el tema.

Lo primero que llama la atención sobre el populismo es la disparidad de criterios y enfoques de sus interpretaciones. No existe acuerdo sobre cuál debe ser el nivel de análisis privilegiado para comprenderlo mejor, si el sociológico, el económico, el político, el cultural, el ideológico o el discursivo. Para peor, en cada uno de estos abordajes hay estudiosos que califican al fenómeno como negativo y otros como positivo. En otras palabras, el populismo no configura un determinado régimen social o político ni una ideología particular. En el campo de los valores y objetivos, el populismo es todo y nada al mismo tiempo. Se lo encuentra tanto en la democracia como en el autoritarismo, en el socialismo como en el liberalismo. El populismo es una condición que puede aparecer en cualquier formación histórica.

Para encontrar una excepción a la regla de la dispersión fáctica del populismo hay que focalizar la relación entre el líder y el movimiento de masas. La literatura muestra aquí un considerable consenso sobre la importancia de esta relación y algunas de sus características. En determinadas condiciones, el carisma y el paternalismo del líder populista llevan a que las masas se organicen como movimiento, siguiendo una dinámica de fuerte confrontación con el enemigo. No niego la centralidad de la relación líder-masa ni las virtudes del uso de Carl Schmitt para explicar la lógica de confrontación con el enemigo que surge en ese contexto, pero la abusiva instrumentación de este autor por teorías actuales del populismo es engañosa, porque muestra una parte de la realidad y esconde otra.

La dialéctica amigo-enemigo aplicada al populismo opera un reduccionismo político que escamotea los elementos psicológicos presentes en la relación líder-masa y sus consecuencias para la comunidad. Metafóricamente hablando, puede decirse que las teorías en boga omiten discutir las lecciones de autores como Ortega y Gasset, Le Bon, Freud, W. Reich y Canetti sobre la psicología de masas.

La radicalización política que exige el uso de la lógica amigo-enemigo paga un precio alto en la psicología de las masas. Precio que será más alto cuanto mayor sea el antagonismo generado por las políticas populistas. La masa se constituye como movimiento en el marco de una relación político-psicológica. El líder afianza su liderazgo y el movimiento cuando gana la confianza de la masa para realizar sus objetivos. Cuanto más "absoluto" sea el supuesto enemigo que se cruza en el camino de esos objetivos, mayor será la fuerza del movimiento de masas. Para eso es necesario deshumanizar al enemigo, y para conseguirlo el líder apela a la adulación de las masas: así las convence de que ellas son "superiores", esto es, las deshumaniza, aunque con sentido contrario. La deshumanización del escenario político es intrínseca al populismo.

Los líderes fascistas fueron maestros en el arte de adular a las masas. La adulación de un pueblo como "raza superior" está en el tope de la lista. Pero Perón no se quedó corto. Identificó a la patria con el movimiento, llamando "antipatria" a sus enemigos, y declaró la "santidad" de Evita cuando ella aún estaba viva (el 18 de octubre fue proclamado "Día de Santa Evita"). Después de muerta, Perón la hizo entrar en la "inmortalidad", espacio reservado para los peronistas que "sacrifican" su vida por el pueblo, como fue recientemente el caso de Néstor Kirchner.

No existe populismo sin adulación. Las teorías discursivas construyen imágenes idealizadoras del populismo como fenómeno político ascético, no contaminado con la psicología de las masas. Pero se equivocan: para realizar operaciones discursivas exitosas, el populismo precisa ensuciarse las manos. La adulación opera en los dos sentidos, se expresa como culto al líder tanto como culto a la mente colectiva de la masa. La adulación al líder por parte de la masa es un factor de efecto menor y más transitorio, ya que se inscribe dentro de las dinámicas de corto o medio plazo del sistema político y de la vida humana. Por otro lado, la adulación de la masa por el líder se expresa en dinámicas de más largo plazo, en la medida en que afecta la condición psicológica de un actor que transciende los límites de la vida individual.

No deja de llamar la atención lo poco que se ha avanzado en el terreno de la psicología de masas dentro de las ciencias sociales practicadas en América latina. La obra promisora de autores como los antes mencionados no fue continuada, y queda la impresión de que ese abordaje es irrelevante. Tempranamente, Le Bon percibió que la peculiaridad más sobresaliente de la masa es que, a pesar de la heterogeneidad de los individuos que la componen (con relación a modos de vida, ocupaciones o inteligencia), ellos se subordinan a un alma colectiva "que los hace sentir, pensar y actuar de una manera bastante distinta de la que cada individuo sentiría, pensaría y actuaría si estuviese aislado".

Ortega y Gasset insiste en el hecho de que la masa puede contener tanto a los asalariados como a las elites aristocráticas. La masa, dice, implica un "modo de ser hombre que acontece hoy en todas las clases sociales". El hombre-masa puede ser un filósofo o un científico de renombre, pero cuando se integra al movimiento que lo transforma en masa se nivela con el resto de los integrantes, transformándose en un ser a la vez menos autónomo y más sentimental. La mente del hombre-masa se revela en "la conocida psicología del niño mimado", a quien "todo le está permitido y a nada está obligado", concluye Ortega.

Cuanto mayor sea la adulación, más se hipoteca el futuro en función del aumento del antagonismo del movimiento respecto de todos aquellos que se quedaron afuera, y viceversa. Es raro que un miembro del movimiento de masas pueda reconocer su responsabilidad por algo (si lo hiciera, estaría dejando el movimiento). Las responsabilidades individuales se diluyen en la unidad emotiva de la masa, lo que provoca resentimiento contra el enemigo y no deja ningún aprendizaje político para el futuro. Al llevar la psicología de las masas al centro del escenario político, el populismo provoca la implosión del sistema institucional y legal que regula la relación entre gobernantes y gobernados.

No existe la posibilidad de establecer criterios para distinguir un populismo bueno de otro malo. La única diferenciación posible sería entre un populismo moderado y otro radical. En el pensamiento clásico, la forma ruin de un determinado régimen político no implica una perversión de la comunidad, sino la imposición de un interés particular que, llevado a su límite, completará un ciclo y será sustituido por una forma política buena. El alma del pueblo no es necesariamente contaminada por una dictadura, pero la dictadura la pervierte cuando su líder adopta comportamientos populistas. La invasión de las islas Malvinas-Falkland fue un gesto populista, y a pesar de saber que se trataba de una dictadura sangrienta el pueblo se sintió adulado y aplaudió al gobierno. Felizmente, Gran Bretaña abortó la posibilidad de que se gestara un movimiento de masas promilitar.

La gravedad de la situación actual de la Argentina se revela claramente cuando se observa que la adulación, acto que rebaja tanto a quien lo practica como a quien lo recibe, pasa casi inadvertida.

El 9-D fue un buen ejemplo. Su objetivo no podía ser más importante: la fecha celebraba un aniversario que era de todos los argentinos: los 29 años de la democracia y los derechos humanos. Pues bien, algo que era de todos fue transformado en política kirchnerista-peronista. La adulación de las masas hizo eso posible. El Estado pagó la cuenta de una fiesta en la que la adulación estuvo al servicio de un ataque al Poder Judicial. Para transformar en "enemigo" a uno de los pilares del Estado de Derecho democrático, la fiesta de la adulación debía ser completa. La Presidenta lo sabía, y por eso bailó.

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