
La agonía de la clase política
LA palabra griega agôn significa "lucha a muerte". De ahí proviene nuestra palabra "agonía": lucha contra la misma muerte. La teoría política enseña que la vida política tiene una dimensión agonal: la lucha entre los políticos para sentarse en el sillón del poder. Esta lucha es siempre "a muerte". A veces literalmente, según lo acaba de mostrar el asesinato mafioso del vicepresidente paraguayo Luis María Argaña, y a veces simbólicamente, porque aun cuando no haya violencia, sólo uno entre los contendientes prevalecerá.
El aspecto "agonal" de la vida política es inevitable porque, ya sea en los países bien ordenados o en los países perturbados, siempre el sillón atrae a más de un pretendiente. Lo que distingue la civilización de la barbarie es que, en tanto en aquélla la lucha por el poder está debidamente regulada, en ésta es licenciosa y sin reglas.
Las democracias sólidas procuran circunscribir el período "agonal" de la política dentro de plazos acotados, para que el resto del tiempo sobresalga el otro aspecto esencial de la política: su dimensión arquitectónica, la obligación de construir una obra de gobierno una vez que el político triunfante se haya sentado firmemente en el sillón del poder. De esta manera, la agonía sirve a la arquitectura, en bien de la nación.
Es normal, por ello, que las campañas electorales duren poco tiempo en las democracias sólidas. En ellas se procura que los políticos dediquen la menor proporción posible de sus energías a la inevitable lucha por el poder, reservando lo mejor de sí mismos para la inmensa y difícil tarea de promover el interés general.
¿Prevalece entre nosotros la arquitectura sobre la agonía? Si no prevalece, ¿cómo lograrlo?
Primera agonía
En julio de 1998, el presidente Menem se "autoexcluyó" solemnemente de la "re-reelección". Si su declaración calmó un tiempo las aguas, fue porque ellas ya se habían agitado por largo tiempo. Pero el tema volvió con fuerza este año. Lo cual quiere decir que la clase política argentina vive en "agonía" desde hace más de un año. Las elecciones presidenciales tendrán lugar, sin embargo, dentro de siete meses. Las campañas electorales de las democracias sólidas sólo duran entre tres o cuatro meses y un año. Entre nosotros, cuando el pueblo vote, la campaña habrá durado más de dos años.
No se olvide que ya las elecciones parlamentarias de octubre de 1997 fueron vividas como la antesala de la elección presidencial. La Alianza eligió candidato en las primarias de noviembre de 1998, luego de varios meses de campaña. La conclusión es insoslayable: más de la mitad del segundo período del presidente Menem no fue arquitectónico sino agonal. Es un tiempo excesivo para un país que todavía necesita desesperadamente una arquitectura fundacional en campos tan diversos como la economía, la ética pública, la educación, el desempleo, la seguridad social y la seguridad a secas, en las calles sometidas a la insolencia impune de la delincuencia.
La perturbadora victoria de la agonía sobre la arquitectura se manifiesta no sólo en la desmedida prolongación de la campaña electoral, sino también en la extrema debilidad de las reglas destinadas a contenerla. Todavía no sabemos qué piensa la mayoría de la Corte Suprema sobre la viabilidad constitucional de la "re-reelección". Pero ya sabemos que, en su afán por detenerla, el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires convocó a una consulta popular claramente inconstitucional aunque el Tribunal Superior de la Ciudad lo protegió de sí mismo al anularla.
Y que no se diga que el propio Menem ha tenido éxito en su supuesto empeño de preservar su autoridad "arquitectónica" prolongando el proyecto "re-reeleccionista" hasta el último momento. Si hizo esto para eludir el cruel destino de los presidentes cuyo plazo corre hacia el fin -el destino de los llamados "patos rengos"- el hecho de que ahora milite en su contra la Cámara de Diputados, que acaba de rechazar los responsables vetos presidenciales contra leyes que suponen gastos excesivos en este año de aguda estrechez fiscal, prueba en todo caso lo contrario.
Ningún Argaña ha caído afortunadamente entre nosotros en el curso de la campaña. Gracias a la mala puntería de los sicarios que dispararon contra el fiscal José Andrés de los Santos, a cargo de la investigación del ex intendente de Morón Juan Carlos Rousselot, al menos hasta ahora ningún protagonista ha resultado muerto o herido. Las que están heridas, empero, son las reglas.
Segunda agonía
Toda la clase política, con sus oficialistas y opositores dentro, sufre y hace sufrir al país la desmesura de su lucha por el poder, de su agonía. Pero hay una segunda agonía que también la afecta: el disgusto creciente de la ciudadanía.
Porque la gente, al ver a los políticos enfrascados en su lucha por el poder, se pregunta con insistencia: ¿cuándo se ocuparán de nosotros? El país navega en piloto automático. Pero no lo hace con buen tiempo sino en medio de la aguda tormenta de la crisis de Brasil, la caída de la actividad económica y de la recaudación fiscal, la reticencia de los capitales internacionales.
No es la primera vez que los políticos agonizan en este segundo sentido, luchando a muerte por levantar su alicaída imagen ante la ciudadanía. En tiempos militares, siempre había un general en el banco ansioso por intervenir en el juego cada vez que los políticos entraban en agonía. Hoy, afortunadamente, ya no lo hay. Lo cual quiere decir que la clase política tendrá que sacar de ella misma las energías arquitectónicas que le están faltando.
Ya lo hizo en 1989, en tiempos de la hiperinflación. Hace diez años, la Argentina fue después de Bolivia el primer país del mundo que acometió el ajuste económico capitalista dentro y no a costa de la democracia. La crisis económica de 1989 fue superada en el interior de las instituciones. Habrá que hacer lo mismo, hoy, con la crisis política.
Para ello, serán necesarias dos condiciones. Una, que ascendamos cuanto antes al imperio de definiciones claras en torno de la "re-reelección". La Corte Suprema le debe a los argentinos un inmediato pronunciamiento. Si bien rechazó varias demandas "re-reeleccionistas", su mayoría lo hizo apelando a argumentos formales y sin abordar el fondo del asunto, no siguiendo el ejemplo de dos de sus ministros, Petrachi y Bossert. Es urgente que lo haga, liberando al sistema político de su excesiva carga agonal.
La segunda condición es más profunda. Culpar de todo a los políticos, ¿no es excesivo? Hija de una larga tradición paternalista, en la Argentina prevalece todavía una cultura de la queja: la idea peregrina de que todo lo que nos pasa es culpa de otros. ¿Pero es legítima la queja contra los políticos cuando ella proviene de ciudadanos apolíticos? En una democracia, la expresión "ciudadano apolítico" es contradictoria en sí misma. En Atenas, al ciudadano lo llamaban polítes. Es decir, "político". En una democracia, todos somos políticos. Si no nos gusta lo que vemos, nuestro deber es intervenir para mejorarlo. Es ilegítimo quejarse de lo que otros hacen ocupando el vacío de nuestra indiferencia. Alguna vez, Carl Schmitt criticó sin piedad a todos aquellos que, "negándose a intervenir en la vida política, después pretenden que la política los favorezca". ¿Qué pensaría Schmitt, hoy, de los argentinos?







