
La alternativa Cirujas SA
Por José Ignacio Lladós
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Casi como un ritual, el paisaje nocturno en la Ciudad de Buenos Aires incorpora diariamente nuevos personajes. La explosión del cirujeo, en este caso, es la que moldea el escenario urbano. Familias enteras, en su mayoría provenientes del conurbano, se suman a la cotidianidad de la recolección informal con sus códigos y sus mañas y provocan reacciones insoslayables en los porteños.
Resulta imposible obviar el difícil contexto socioeconómico que desembocó en el crecimiento del cirujeo, como también cuesta eludir la ilegalidad del asunto y cuánto se genera en la vía pública como resultado de las acciones que emprenden.
El gobierno porteño calcula que son más de 500 las familias que cada noche ingresan en la ciudad en busca de papel, cartones, plásticos, vidrios, latas. Los mismos recolectores suponen que, en verdad, las familias son más de 1000. Cada uno de estos grupos debe multiplicarse por cinco, en promedio, con lo que se supone que hay alrededor de 5000 personas que cada noche ingresan en la ciudad para requisar la basura de manera informal.
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El artículo sexto de la ordenanza 33.581, sancionada el 15 de junio de 1977, prohíbe "la remoción, selección" y demás de la basura en la vía pública. Dicho de otra manera: el cirujeo está interdicto.
El contexto social y cierto temor por posibles reacciones violentas, sin embargo, empujó al gobierno local a mirar para otro lado y adoptar la política del laissez faire . Por eso, aunque no esté permitida la recolección informal, cada día hay más cirujas en la ciudad.
Ante este panorama, desde las oficinas de Eduardo Ricciutti, secretario de Medio Ambiente y Espacio Público porteño, se lanzó la idea de convertir a los grupos de recolectores en cooperativas, para darles un marco legal que, sumado a los cambios que se propondrán en la próxima licitación de recolección de la basura, permitirá a los cirujas comenzar a funcionar sin trabas.
A los vecinos se les pedirá que saquen la basura diferenciada. En una bolsa, todos los desechos reciclables. En la otra, el resto. Y, como para que no haya problemas en la calle -peleas, benditas roturas de plásticos con la consecuente suciedad que producen-, serán los mismos vecinos (o los encargados de los edificios, eventualmente) quienes les darán en mano las bolsas a los recolectores informales.
Como la ley impide la acción de los cirujas sui generis, la solución parece ser convertirlos en grupos legalizados. En el futuro próximo podrán ser sociedades anónimas o cooperativas. Ellos elegirán.
Así las cosas, en tanto la idea prospere, habrá una nueva escenografía para los vecinos. Y otro tipo de participación, mucho más activa. Ante un cuadro de situación en el que casi no se combaten las actividades de alta conflictividad, es la única solución que el Gobierno le encontró a este persistente problema.





