
La anomia, una patología social argentina
No cumplir con la ley en todas sus formas ya es más que una avivada en nuestro país. Se ha convertido en una cultura fuertemente arraigada que sólo conduce a la desorganización social.
1 minuto de lectura'
LA escena transcurre en Berlín, corre el año 1938. Dos diplomáticos de carrera, uno alemán y el otro argentino, conversan sobre las cada vez más intensas tareas propagandísticas que el nacionalsocialismo realizaba en el exterior, específicamente en la Argentina.
El tema había cobrado actualidad por la denuncia que habían hecho asociaciones de derechos humanos y algunos legisladores socialistas de la Argentina, obligando al gobierno de turno a presentar una queja formal ante el gobierno del Tercer Reich.
El diplomático alemán, v. WeizsŠcker, inquirió al argentino, el embajador Labougle, ¿cómo era posible que grupos de agitadores nacionalsocialistas hubieran logrado durante seis años desarrollar sus actividades sin que se hubiese producido ninguna reacción por parte de las autoridades argentinas?
El embajador de Argentina contestó: "porque la Argentina es un país donde, en general, cada uno hace lo que quiere".
Esta inobservancia de las normas, muchas veces el desdén despectivo hacia las mismas, no es patrimonio exclusivo de la Argentina, pero distintos indicadores tienden a mostrar que el "todo vale" es un rasgo fuertemente arraigado en la sociedad argentina.
Las violaciones a las normas del tránsito son un buen ejemplo de lo dicho. Según una investigación realizada en Buenos Aires, cada automovíl particular viola un semáforo en rojo una vez por día, aproximadamente. Los colectivos, cada uno, violan semáforos a razón de casi dos por hora, cada día. En términos comparativos, la Argentina es el país con el mayor número de muertos en accidentes del tránsito en el mundo.
Una forma de ser
Pero el tema no se agota en el incumplimiento de normas viales, también se violan los códigos edilicios, se adulteran alimentos y medicamentos, se falsifican títulos profesionales, no se cumplen los horarios (la puntualidad en un sentido amplio es una norma que no sólo caracteriza a la vida civilizada, sino que mejora la eficiencia de la sociedad en general), se ensucian los espacios públicos y se pagan sobornos para no cumplir con determinadas normas.
Según datos de Gallup Argentina, casi un cuarto de la población está dispuesto a dar dinero a la policía para evitar una multa, cantidad similar de personas se siente inclinada a no facturar trabajos para pagar menos impuestos o lograr certificados médicos no veraces, que justifiquen su inasistencia al trabajo. Según la misma fuente, prácticamente la mitad de los argentinos, si encuentra dinero, ni piensa en buscar a su dueño, sino que se lo queda.
Este menosprecio por la normatividad por parte de una determinada sociedad fue estudiada por el sociólogo francés Emile Durkheim en el siglo pasado y acuñó el término "anomia" para describir ese comportamiento social. Durkheim sostenía que en una situación en la que se borran todos los límites, los deseos y las pasiones se vuelven desmedidos. La insuficiencia normativa (no porque las normas no existan, sino porque su cumplimiento no es percibido como obligatorio) produciría un estado social de crispación y ansiedad por lo infinito: la passion de l´infini.
Peter Waldmann ha definido la anomia como un estado de desorganización social que se remite a la falta de normas claras y vinculantes.
En la Argentina, las normas existen, aunque es cierto que a veces la yuxtaposición de las mismas o su carácter contradictorio ofrecen la excusa para evitar su cumplimiento. No es la ausencia de normas lo que explica el carácter "anómico" de la Argentina, sino el desprecio a la normatividad por parte de segmentos considerables de la sociedad.
Jaime Potenze contaba hace unos años en la Fundación Carlos Pellegrini que era muy común que, frente a una comisaría, cuando un agente de policía aparecía con alguien al que llevaba preso, la gente que se reunía allí gritase "que lo larguen, que lo larguen".
Solidaridad para el delito
Existe en la Argentina una solidaridad con quien delinque. Estadios de fútbol repletos ovacionan a un director técnico violador de un menor. Un jugador de fútbol, adicto a las drogas, es colocado como la cara visible de una campaña contra el uso de drogas. Ese mismo jugador, ante el asedio periodístico, descarga una escopeta contra reporteros y la condena no termina de fijarse porque el poder político percibe una opinión pública mayoritaria favorable a su absolución.
Evidentemente, una justicia dependiente del poder político o de la opinión pública, no constituye un factor que ayude a disminuir el caudal de anomia de una sociedad. En términos generales, la anomia sólo puede ser combatida mediante un Poder Judicial que imparta justicia sólo ateniendose a las leyes.
En la Argentina, el Poder Judicial sufre desde hace décadas una fuerte devaluación social. Innumerables sondeos muestran que los argentinos no confían en la Justicia y, además, están convencidos de que intereses de distinta índole influyen en las decisiones de la judicatura.
Qué valor puede otorgar una sociedad al cumplimiento de las normas si la institución cuya función es asegurar ese cumplimiento no es confiable, sus atribuciones no son cumplidas cabalmente, sus acciones no son justas y para pertenecer al cuerpo se requieren, en algunos casos, otras condiciones que las relacionadas con la función.
Evidentemente este hecho produce anomia, pero también muestra anomia en la propia institución judicial.
Por Carlota Jackisch
Directora Programa Político, Ciedla, Fundación Konrad Adenauer.
(c)
La Nación




