La Argentina, muchos ejemplos para una misma decadencia

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
La Argentina y una curiosa relación los ejemplos que ofrece el mundo
La Argentina y una curiosa relación los ejemplos que ofrece el mundo Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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18 de septiembre de 2020  • 04:03

La vieja obsesión argentina de querer saber cómo nos mira el mundo siempre tuvo como contracara la permanente búsqueda de modelos a seguir. Con el tiempo, mientras se acumulaba la decadencia, los espejos fueron más módicos y los horizontes quedaron recortados. Y así, tropezando con el temor a tener un destino venezolano nos aferramos a Uruguay como ejemplo.

Allá lejos, los ideales de la Ilustración sirvieron como sostén a los fundadores del país para romper con España. Las ideas de la división de poderes y el germen republicano planteado a fines del siglo XVIII en Francia fueron declarados perimidos por Cristina Kirchner y sus seguidores. Perduran, sin embargo, en los manifestantes que con frecuencia salen a las calles a protestar contra los barquinazos del Gobierno, que expresan ese desdén por la democracia.

Más acá, luego del ciclo de regresión al integrismo de raíces españolas que adoptó el rosismo, la Argentina creó su Constitución a imagen y semejanza de Estados Unidos, más el acento alberdiano puesto en el fuerte presidencialismo a la chilena. El librecambismo inglés fue bastante más que una ideología, se convirtió en un acuerdo económico estable y de crecimiento explosivo con la entonces principal potencia del mundo, que duró más de medio siglo.

En simultáneo, Sarmiento viajaba para tomar ideas francesas y prácticas norteamericanas, a fin de convertir en imprescindible la educación masiva como motor para el desarrollo material y cultural de una sociedad que se transformaría y crecería por una inmigración extraordinaria. Negocios con los ingleses, cultura con los franceses, mano de obra italiana, española y, en menor medida, árabe y judía. Y un modelo integrador que, pese a los sobresaltos de principios del siglo XX, creó una idea más o menos estable de ciudadanía argentina.

Entre las dos guerras mundiales, cuando empezaba a quebrarse el viejo modelo económico y social de fines del siglo anterior, el fascismo italiano fue incorporado a las ideas que Juan Perón luego traduciría en su propuesta de Comunidad Organizada. Aun hoy, las leyes laborales argentinas recogen el orden social de Benito Mussolini.

Con la Guerra Fría asomaron en forma más explícita las ideas del comunismo soviético, que en los años 60 se tradujeron en sumisa admiración al régimen cubano, incluidas las incursiones del Che Guevara. En uno de los viajes ideológicos más inesperados, la fracción más violenta del peronismo adoptó parte de la metodología revolucionaria para lograr el regreso de Perón. Al mismo tiempo, el propio peronismo tomaba una supuesta distancia de las dos grandes corrientes globales: "Ni yanquis ni marxistas".

El liberalismo económico le ganaría una carrera al liberalismo político en la vereda adversa al peronismo, mientras el país se desbarrancaba en la violencia sin observar que también iniciaba setenta años consecutivos de decadencia productiva y social. Hay quienes, con buenos argumentos, dicen que en realidad ese derrumbe empezó a mediados de los años 40. Se puede discutir.

Más acá en el tiempo, desde el balcón de un edificio incendiado, empezó una singular competencia por admirar modelos de países que prosperaron. Cómo Alemania y Japón se convirtieron en grandes potencias luego de la derrota en la Segunda Guerra fue más pregunta que una respuesta. Las vidas paralelas de Canadá y Australia con la Argentina también figuraron como contraposición de nuestro fracaso.

El desarrollo de Italia desde sus pymes o el Pacto de la Moncloa español también fueron utilizados como ejemplo. No sirvieron. Tampoco la manera en la que Israel logró sanar su inflación crónica.

Más cerca del presente, se asentó el temor a "ser Venezuela", como si el largo viaje hacia la pobreza y la exclusión de la Argentina necesitara ver un modelo terminado, a imagen y semejanza de la dictadura cubana. Como reacción, apareció la admiración por las buenas formas de la política uruguaya y una idealización de nuestros vecinos por el acrecentamiento de nuestro drama. Uruguay siempre fue un destino para exiliados políticos argentinos y viceversa. Es la primera vez que los argentinos también miran el modesto desarrollo oriental como una vía de escape. Tanta desgracia para tan poca esperanza.

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