
La Argentina plural
El acto del 25 de Mayo fue un montaje de la liturgia peronista en el cual el presidente Kirchner hizo una convocatoria para construir una Argentina plural. La consigna no puede sino despertar adhesiones si se la acepta sin beneficio de inventario. En verdad, las cosas pueden ser diferentes porque, si bien la pluralidad es un hecho social, esa misma realidad no debería confundirse con un concepto constructivo del pluralismo político. No vayamos a creer que se trata de otro juego de palabras apto para abonar la confusión reinante en nuestro lenguaje. Nada de eso.
Para entendernos, conviene pues acentuar esta dicotomía: mientras la pluralidad es un dato tributario del carácter complejo de nuestra sociedad, el pluralismo político es un arte difícil de consumar. Las sociedades que han sido capaces de convertir la pluralidad en pluralismo político han dado en el blanco del buen gobierno republicano; en ellas interactúan dos o más partidos en el marco de una constitución y un conjunto de reglas fielmente acatadas por los gobernantes y los gobernados. Las sociedades que, en cambio, no han plasmado ese propósito, corren el riesgo de que sus partes coexistan en un clima de permanente confrontación. La pluralidad sería, en este caso, la contracara del pluralismo, porque alentaría el conflicto en lugar de proyectar al sistema político hacia la convergencia en torno de materias fundamentales.
Con esto queremos decir que las invocaciones a la pluralidad no excluyen la intolerancia. Si nos atenemos a la tormentosa historia de gran parte del siglo XX, podríamos comprobar que los distintos segmentos que componían la tan mentada Argentina plural se trabaron en un incesante combate, impregnado por el sentimiento de la enemistad. En gobiernos civiles y militares siempre hubo coaliciones plurales, de los que controlaban el poder enfrentadas con otras coaliciones plurales ubicadas en los rangos de la oposición.
Varios rasgos fueron conformando este perfil combativo. El primero de ellos es el de la cooptación de los antiguos adversarios para fusionarlos en un nuevo movimiento; el segundo, el debilitamiento constante del partido político en tanto pieza maestra del pluralismo; y el tercero, en fin (sin por cierto cerrar la lista), la pretensión de imponer un ejercicio de la democracia basado en mayorías dominantes y no en mayorías limitadas.
Esta enumeración de carencias, hoy adquiere especial relieve: son herencias del pasado reactualizadas por un estilo intolerante que impregna los discursos y las estrategias. El método de la cooptación, por ejemplo, es típico de los grandes movimientos populistas envolventes e inclusivos (los peronismos gobernantes que hemos conocido hasta el momento vienen naturalmente a cuento).
Es posible detectar en esos movimientos una suerte de centro de gravitación, encarnado en el rol hegemónico del Poder Ejecutivo, que atrae a otros sectores partidarios en busca de protección y recompensas. Ocurrió en las décadas del cuarenta, cincuenta, setenta y noventa del último siglo de acuerdo con variadas afiliaciones ideológicas, y no es descartable que dicho fenómeno se reproduzca con vistas a las elecciones del año próximo.
En estas operaciones, la tajante diferencia entre los que están adentro del movimiento y los que quedan afuera del mismo es decisiva. El jefe movimientista es, en última instancia, aquel que traza esa línea de demarcación. Esta relación amigo-enemigo puede llegar al extremo de una persecución dirigida por el poder contra la oposición, o bien acantonarse, como sucede ahora, dentro de los límites verbales de un discurso de confrontación. En todo caso, lo importante a señalar aquí es el estilo movimientista, que disputa el espacio público con el estilo partidista.
Una democracia movimientista considera a los partidos existentes como materia prima de un nuevo producto. A los conservadores, radicales y socialistas, que entre 1946 y 1955 pasaron al peronismo, se los recuerda en los términos de su afiliación adquirida mucho más que en virtud de sus antecedentes. Cuando, en cambio, se practica sinceramente el pluralismo político de partidos (tal el estilo partidista), el modelo prevaleciente no es el de la cooptación sino el de la oposición competitiva, el del diálogo crítico y, llegado el caso, el de la coalición de gobierno.
El estilo partidista no propugna la fusión movimientista sino la preservación de la identidad propia de las agrupaciones políticas. La condición del debate público no es pues la integración en un caudaloso movimiento. Es, más bien, la diferenciación entre partidos permanentes que compiten en elecciones libres.
Estas consideraciones pretenden destacar los cimientos sobre los que debería instalarse el funcionamiento de una democracia madura. Lamentablemente, los efectos perniciosos de la crisis de representación, cuyo centro estalló en el verano de 2001-2002, han provocado un sacudón de tales proporciones sobre nuestros partidos que corremos el riesgo de que otra versión del movimientismo concluya distorsionando todavía más lo que ha sobrevivido de aquel tembladeral.
Cuando estos procesos avanzan a ritmo militante, el principio de la legitimidad democrática que más sufre es el de la mayoría limitada. No hay, en efecto, democracia sin regla de la mayoría, pero tampoco hay democracia si esa mayoría, en lugar de actuar dentro de los márgenes del pluralismo político, tiende a dividir a los partidos, incorporando en su seno parcelas de los mismos, para transformarse en mayoría dominante.
Esta concepción movimientista y hegemónica ha complicado nuestra historia política. No afirmamos (sería incurrir en anacronismo) que en estas circunstancias esas tendencias se expresen como un calco de otras épocas ya superadas. Decimos, sí, que aún persisten entre nosotros numerosos detritos (partículas, si se quiere, de una tradición difícil de doblegar) prontos a ser combinados en una fórmula política aparentemente novedosa. Razón de más, acaso, para recordar algunos valores éticos dignos de preservarse.
Giovanni Sartori ha escrito que “el pluralismo presupone la tolerancia, lo cual quiere decir que un pluralismo intolerante es un pluralismo falso”. Cabría preguntarse si la tolerancia vaciada en el molde todavía más exigente del pluralismo político es en estos días un valor compartido en la Argentina. “La diferencia está –añade Sartori para completar su argumento– en que la tolerancia respeta valores, mientras que el pluralismo postula valores.”
Estos postulados acerca del reconocimiento del adversario en su diversidad, riqueza y capacidad para ejercer alternativamente el poder no son sencillos de coordinar. Ya que hablamos más arriba de la obra de arte del pluralismo político es preciso subrayar que ese “consenso discordante” (concordia discors, según el autor citado) no se obtiene por la prepotencia ni profiriendo gritos en cuanta oportunidad se presenta. Requiere, al contrario, concebir la democracia como un proyecto que no rehuye el respeto a las convicciones ajenas y no da al traste con el espíritu de compromiso. Con los adversarios hay que dialogar y, si cabe, concertar; jamás hay que fagocitarlos.© LA NACION






