
La bestia más peligrosa
Con asombro, con indignación, con espanto, leo en La Nación del pasado lunes 7 la nota titulada "Testimonios de quienes aprietan el gatillo", enviada por la corresponsal del diario en España. Se trata de un libro que aparecerá a fines de este mes, Patriotas de la muerte , confeccionado a partir de actas judiciales y de cuarenta y siete entrevistas con ex miembros de ETA. Uno de ellos, natural de Guipúzcoa, recibido en esa organización a los diecisiete años de edad, al describir el asesinato a sangre fría de un empresario al que habían secuestrado y con el que, al parecer, terminaron por tener una relación casi amistosa, dice no sentir remordimiento alguno por haberlo eliminado, según órdenes recibidas: "No me acuerdo de ningún sentimiento de pena por esa persona, ni nada de eso. ¡No se mata a la persona! Incluso hoy, uno de ETA que mata a un guardia civil, o lo que sea, no mata a la persona. Estás atacando a un símbolo. Y si eres capaz de no ver a la persona... no sufres".
"Si eres capaz de no ver a la persona." Así de simple. ¿En virtud de qué capacidad de abstracción, de qué lavado de cerebro, es posible cancelar la carnadura humana de ese prójimo y convertirlo en una entelequia?
Los astutos y los cínicos, los que se mueven cómodamente en el mundo que el hombre ha creado, superponiéndolo al de la naturaleza, y no se hacen ilusiones considerarán ingenua y hasta tonta esa pregunta. Dirán, con razón, que también el estadígrafo y el dirigente militar ejecutan (nunca mejor aplicado el verbo) la misma operación cuando reducen poblaciones enteras a una cifra o cuando envían soldados a la guerra. El individuo se diluye, englobado en la suma que lo vuelve anónimo, o en la uniformidad robótica de la legión armada. ¿Sería posible actuar de otra manera, en un planeta poblado hasta la exasperación y cuyos habitantes son, cada vez más, conscientes de su condición de meros peones en la competencia feroz de los intereses económicos, a menudo disfrazados de reivindicaciones territoriales o de irrenunciables mandatos históricos?
El hombre es un animal simbólico. El animal simbólico por excelencia. Los etólogos están comenzando a descubrir indicios de esa capacidad, en forma rudimentaria, en otras especies, las consideradas superiores: monos, elefantes, delfines. Pero el desarrollo del cerebro humano ha permitido llevar el proceso de abstracción simbólica a alturas y profundidades cuya variedad, aparentemente infinita, sorprende, desconcierta y alarma.
El árbol de la ciencia
Quizá nadie lo expresó mejor que Ludwig von Bertalanffy en su admirable ensayo Robots, hombres y mentes . Dice allí: "Mas el pecado original del hombre fue lo que dice la Biblia, comer el fruto del árbol de la ciencia. Lo cual, expresado en términos modernos, sería la invención de universos simbólicos". Y más adelante: "Y el hombre pasó a ser la bestia indeciblemente peligrosa que es, justamente de resultas del choque del mundo de sus instintos con el simbólico, que lo llevó a emplear la manipulación simbólica para la agresión".
Von Bertalanffy no es un reaccionario, ni un retrógrado, ni un enemigo de la ciencia. Todo lo contrario, y su libro lo prueba ampliamente. Porque (nunca se lo repetirá bastante) la curiosidad y la imaginación humanas, sumadas al ingenio y al famoso pulgar opuesto, no se detendrán jamás en la indagación del misterioso universo. Tan solo es imprescindible contener ese impulso (contener, que no equivale, como quieren hacernos creer los libertarios de pacotilla, a reprimir, sino a encauzar) y hacerlo compatible con una ética. ¿Imposible? No, tan solo difícil, cuando todos los valores de una civilización, de una cultura, parecen haber caducado, sumergidos en la masa amorfa del "todo vale, todo es igual", característica de esta era llamada posmoderna. George Steiner supone que únicamente se restablecerán los valores, o se los reemplazará por otros de igual o parecida trascendencia social, cuando vuelva a armarse una escala de jerarquías.
Desde la caverna, el valor de la vida -y, sobre todo, el de la vida humana- fue exaltado como supremo. Esta jerarquía se ha simbolizado de múltiples maneras, a través del tiempo y en distintos lugares. Pero "no se puede negar - escribe el erudito Hans Biedermann en el prólogo a su Diccionario de símbolos - que algunos símbolos marcan en realidad un determinado camino para las personas implicadas en ellos y pueden tener también efectos negativos para la vida". Y menciona el culto solar del México precolombino, con su abominable ofrenda de corazones humanos para alimentar al astro dios, y la apelación moderna a conceptos simbólicos como "bandera", "caudillo", "sangre" y "suelo". Es en este último rubro donde se inscriben los crímenes, también rituales y, por eso mismo, arcaicos, de la ETA.
Sin olvidar una paradoja cuya ambigüedad desconcierta. El pueblo vasco pasa por ser uno de los más católicos del mundo. ¿Cómo se compagina esta fe con la matanza indiscriminada de modestos concejales pueblerinos? La Iglesia Católica entroniza la imagen de Cristo agonizante, espantosamente lacerado, como la expresión vívida (a veces, sobre todo en la escultura barroca andaluza, hasta un extremo cercano a la alucinación de una realidad atrozmente verídica), como ejemplo del supremo acto de amor que consiste en dar la vida por el prójimo. A la vez, en la misa, ceremonia simbólica por excelencia, se opera el misterio de la transustanciación: un trozo de pan y un poco de vino, al ser consagrados, se convierten, de verdad, en la carne y la sangre del Dios que a diario muere y resucita para salvarnos. ¿Cómo es que los etarras pueden invertir esta ecuación mística y hacer abstracción de la carne y la sangre reales, de un ser humano igual a ellos, condenado a la extinción por convertirse, a los ojos de esos fanáticos, en símbolo de un sistema aborrecido? ¿No es esto, precisamente, "emplear la manipulación simbólica para la agresión"?
El último libro de Ernesto Schoo es Pasiones recobradas (Editorial Sudamericana).






