
La canción de los corruptos
Por Orlando Barone
1 minuto de lectura'
Cuando el criminólogo Lombroso, algo prejuicioso, atribuyó los genes criminales a ciertos rostros y ciertas psicologías, no había pensado en los corruptos. Los criminales de Lombroso eran esa clase de bestias que él creía previsibles por determinadas coordenadas de las orejas, el "cogote" tipo Tysson, y la mirada oblicua y torva de seres más bien feos y más bien brutos. En esa tipología no se incluían los genocidas del siglo veinte de variadas fisonomías y generalmente blancos, sean extranjeros o autóctonos. Y capaces de tener familias sanas y hasta un perro "Lassie" como tierno lamebotas.
De haber vivido en este tiempo y en la Argentina, Lombroso habría tenido dificultades para determinar a qué tipo humano, bajo qué perfil antropológico y psíquico se esconde el corrupto. Primera equivocación: porque el corrupto no se esconde, trabaja a destajo y legalmente como cualquiera. Unicamente se desligitima cuando cambia un gobierno o cuando la corporación, para evitar ser condenada en banda y para distraer a los cazadores, lo echa en solitario a los perros. Acaso en una aviesa simplificación, y si la investigación fuera privada, el criminólogo italiano hoy hubiera concluido que los corruptos son funcionarios y políticos, y exceptuaría a los particulares o por cuenta propia, aunque el desenlace de la corrupción causa igual estrago cualquiera sea el remitente.
Para mi gusto los argentinos exageran su propensión a la autoflagelación conjunta. En su afán de compensar la humillación que les genera la gran corrupción, se clavan puñales culpabilizándose de zonceras, como las de darle propina al mozo de un casamiento para que escancie mejor las copas de la mesa o incentivar a un burócrata para que agilice un expediente inocuo. Esta vocación, por descontarse corrupta, fatiga a la sociedad de remordimiento. Se acaba por globalizar el mal, diagnosticando erróneamente que son igualmente corruptos el de arriba y el de abajo. Los que vacían bancos, intendencias, jubilaciones privadas, y el cadete de una empresa que corrige en dos pesos a su favor el vale de un taxi o que se lleva un disquete usado para la computadora del hermano.
Pero no deja de ser un desafío el semblante o las características exteriores de un corrupto de los tiempos modernos. Los de antes, dadas las condiciones de elite de la antigua república, eran naturalmente ricos. Es difícil descubrir que se roba un palacio el que es dueño de varios. Pero es fácil deducir que un policía que gana tres mil pesos nacionales no puede justificar que guarda 900.000 dólares en la caja de la suegra que es ama de casa, o que un comisario, asalariado como para vivir en un PH en Caballito, no puede tener un chalet con piscina y baño en suite con yacuzzi en un barrio cerrado. Si se comparan los rostros de un banquero de estilo gauchesco, de un financista de medio oriente que es un inversor violento de grandes hoteles, de un político peronista de los noventa de éxito flagrante, de un ganador de licitaciones a medida del aspirante, de un patriota que reniega del Estado porque da gastos y se queda él con el desguace, de un moralista retórico que usa los mismos guantes para tomar el bastón y para tomar los salarios que les resta a sus empleados, se verá que son variados. No hay un perfil definido. Pueden ser rubios o morochos, religiosos o agnósticos, inteligentes o ignorantes. Por eso es fácil llenar las cárceles de tumberos tatuados y ordinarios, y tan difícil meter preso a un corrupto de physique du r™le y género inestable. Es apasionante la Argentina: el peronismo -que me perdonen los muchachos, pero ellos acusan y a la vez son los acusados- tiene todas las variedades. Desde el autodidacta y barrabrava hasta el vanguardista global y padre tardío. Sin excluir corruptos naturales, funcionales, y extrapartidarios asociados, hembras o machos. Aparecen indicios favorables. Si se expurga el peronismo, este país puede llegar a ser grande.





