
La corrupción mata a la democracia
La corrupción es un fenómeno omnipresente en las democracias del mundo. Todas la padecen en grados y modalidades diversos, y al parecer es difícil hallar una solución ¿Por qué la corrupción es un problema? Porque atenta contra la misma democracia. La democracia entendida como gobierno del pueblo.
¿El pueblo gobierna? En realidad, no: nuestras democracias no son lo que era la democracia en las polis griegas que florecieron entre los siglos VIII y VI a. C., en donde los asuntos públicos se resolvían en una deliberación abierta en la plaza pública. Son en realidad democracias representativas, en las cuales el pueblo, que es el soberano, se limita a elegir a sus representantes para desempeñarse en cargos de gobierno (presidente, gobernador, diputados, etc.), por un tiempo determinado. Entonces, cuando el pueblo vota, lo que hace es delegar en ellos una responsabilidad de gobierno, es decir, los autoriza a tomar decisiones públicas de acatamiento para todos los ciudadanos, incluyendo a los representantes. Por lo tanto, la esencia de una democracia representativa es que los decisores (los actores de gobierno) obedezcan las mismas leyes y regulaciones que ellos crearon.
¿Qué es la corrupción? Un ciudadano cualquiera comete un delito (por ejemplo, robar un alfajor en un quiosco), es detenido por la policía y juzgado por la Justicia. Fin del asunto. Cuando un presidente o un diputado roban, lo hacen en el ámbito particular del poder, donde no pueden ser fácilmente descubiertos. No sabemos entonces si un político robó un alfajor, una computadora o el presupuesto de una obra pública. En definitiva, vemos que la corrupción es un problema que subyace la democracia representativa y del que no pueden desentenderse los políticos. No por nada, el ya fallecido politólogo italiano Giovanni Sartori define la democracia representativa en términos de un sistema ético-político.
¿Qué sucede cuando los políticos se desentienden de la corrupción? Es aquí donde acechan los lobos del populismo. Y hay que advertir que, a diferencia de lo que sucede en Europa y otros continentes, el populismo sudamericano sigue atado al viejo libreto marxista. Este parte del determinismo de que siempre hay una minoría con poder económico (los capitalistas) que usa el aparato represivo del Estado para dominar al proletariado, la clase social más vulnerable. De esta manera, según la terminología de Laclau, es necesario que el pueblo (antes el proletariado) delegue el poder en un líder popular para invertir esta relación de dominación, debiendo apelar a todo lo que tenga a su alcance. Cualquier medio sirve para esta cruzada contra las minorías (hoy los oligarcas) y, de este modo, la corrupción se vuelve funcional al gobierno populista. Robo para la corona es el titulo del libro de un conocido periodista que mejor sintetiza esta realidad en la Argentina.
Hablando de populismo, erróneamente se cree que este puede ser explicado en términos del apetito de un líder por acumular riqueza. En realidad, la corrupción populista (apropiación de una buena tajada de los presupuestos públicos, negocios con empresarios amigos, coimas por doquier) es un medio para acumular poder, que le sirve tanto para comprar voluntades como para destruir a sus adversarios. Por lo tanto, si bien la corrupción populista en estas geografías es aceptada como un mal menor para combatir la dominación de clase (hoy lo llaman construir una nueva hegemonía), en realidad, termina perjudicando a ese pueblo que supuestamente pretende liberar. El líder populista les arrebata el poder de castigar, por medio del voto, a los malos gobiernos. En otras palabras: la corrupción mata a la democracia.ß
Politólogo, profesor de la UBA/Conicet





