
La democracia y la voz de Dios
Por Carlos Alberto Montaner
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MADRID.- ES muy probable que la mayor parte de los venezolanos respalde a un golpista autoritario como el teniente coronel Hugo Chávez, que promete "freír en aceite las cabezas de sus adversarios". Eso no es frecuente, pero sucede. Los argentinos, cada vez que Perón se presentó a comicios libres, le dieron sus votos abrumadoramente. Hitler y Mussolini también llegaron al poder por la vía electoral. La democracia, al fin y al cabo, no es más que una sencilla fórmula matemática para tomar decisiones colectivas. No es una libertad en sí misma, sino un método que puede utilizarse equivocadamente. Por eso, Borges, que era antiperonista, solía decir que se trataba de "un abuso de la aritmética".
Nadie puede garantizar que las decisiones mayoritarias sean correctas o sabias. La idea de que "el pueblo siempre tiene la razón", o de que es "la voz de Dios", no pasa de ser una superstición constantemente desmentida por la realidad. Los brasileños eligieron a Janio Quadros y los ecuatorianos a Bucaram y a los pocos meses tuvieron que lamentarlo. La grandeza de la democracia no está, pues, en su infalibilidad, sino en la humilde posibilidad de rectificar pacíficamente los disparates. Es un sistema de tanteo y error.
Pero para que sea verdaderamente útil y respetable, la democracia tiene que estar al servicio de una superior escala de valores que la precede y condiciona. Esto es lo que se llama democracia liberal o constitucionalista. Es decir, un método concebido no para que la mayoría haga lo que quiera, sino para garantizarles a las personas que sus derechos, tal y como se consagran en la Constitución, no van a ser conculcados. Para que la democracia sea legítima, y para que valga la pena luchar y morir por defenderla, tiene que estar basada en el respeto de los derechos naturales de las personas. Unos derechos convencionalmente atribuidos a la voluntad divina, que nadie les ha otorgado a los seres humanos, y -por lo tanto- nadie les puede quitar. Podría, pues, ser "democrático" que la mayoría eligiera eliminar a los judíos, a los negros, a los homosexuales o a los musulmanes, barbaridades que más de una vez han contado con el respaldo de las mayorías, pero unas decisiones de esa naturaleza no son legales ni éticamente aceptables porque violan los derechos naturales de los individuos. Son antiliberales. Es a este conflicto al que se refería Jefferson cuando afirmaba que "prefería tener una prensa libre sin nación independiente que una nación independiente sin prensa libre". Más trascendental que la democracia es el respeto a los derechos fundamentales de las personas.
Hay que pelear
El asunto no es un debate abstracto sino un problema de vida o muerte. ¿Se acepta como verdaderamente democrático el régimen iraní, cuyo Parlamento, elegido en comicios libres, decide ordenar el asesinato de un escritor paquistaní por las supuestas blasfemias plasmadas en una novela? ¿Se admite en la familia democrática a los integristas argelinos, degolladores de niños capaces de obtener más del cincuenta por ciento de los sufragios, o a los talibanes afganos, posiblemente apoyados por la mayoría, pese a que las primeras medidas dictadas por el gobierno fueron prohibir la presencia de las mujeres en las universidades, lapidar a los adúlteros y cancelar las emisiones de televisión? ¿Qué se hace con los Chávez de este mundo cuando se valen del sistema democrático para aplastar las libertades? Amargamente sencillo: se pelea. Frente a la tiranía, ya sea de un hombre, de un grupo o de la mayoría, hay que resistir. Hay que pelear. Y si existe algo que pertenece a la mejor tradición intelectual hispana es precisamente eso, el legado de la Escuela de Salamanca: la Doctrina de los Derechos Naturales, defendida por Francisco de Vitoria en el siglo XVI, uno de los mayores juristas de su época, y su indirecto colofón, el "derecho a la resistencia", elocuentemente proclamado por el padre Juan de Mariana, un vigoroso jesuita, víctima él mismo de las persecuciones de la Inquisición, pese a que su obra magna, Del rey y de la institución real , fue escrita a pedido de Felipe II.
Cuentan las crónicas que en el siglo pasado una compañía de lanceros ingleses llegó a una polvorienta aldea india justo en el momento en que la autoridad local, un personaje que fungía de alcalde y juez, procedía a encender la pira en la que una joven mujer, atada junto al cadáver de su marido, lloraba espantada ante su inminente martirio. El capitán de los lanceros, un joven escocés apellidado McMurray, descendió de su caballo y ordenó se detuviera el bárbaro rito funerario. El jefe de la aldea, indignado, le dijo que no intentara impedir la cremación de la viuda porque ésa era la costumbre de su sociedad, y, además, la voluntad de la mayoría. "Lo siento, señor -dijo el capitán mientras con una seña ordenaba a sus soldados que se dispusieran para el ataque-, pero la costumbre de mi sociedad es la de ahorcar a quienes asesinan a mujeres indefensas, incluso si lo hacen con el respaldo de la mayoría." Siempre he pensado que la viuda huyó de su cruel destino y de sus salvajes compueblanos en la cabalgadura del soldado escocés. Quién sabe, quizás hasta llegaron a formar una familia felizmente liberal y gloriosamente mestiza, aunque no precisamente sujeta a los caprichos de la mayoría.





