La disputa por la escolaridad impacta de lleno en las familias
Quiero exponer algunos aspectos importantes, desde el punto de vista psicológico, que circulan de un modo inconsciente en el intenso debate –a veces, violenta discusión– respecto a la presencialidad o virtualidad en las escuelas de la ciudad de Buenos Aires, que en estos días ha enfrentado a las administraciones nacional y bonaerense con la porteña. Parto de la base de que el conflicto no puede desentenderse de un contexto general dado por las múltiples consecuencias de la pandemia que, dramáticamente, estamos atravesando. No voy a referirme a las distintas opiniones respecto a lo importante que es para la salud mental de los chicos la concurrencia educativa presencial, dando además por descontado lo absolutamente imprescindibles que son todos los protocolos y precauciones necesarios para preservar nada menos que la vida.
Veamos entonces alguno de estos puntos.
Primero, el efecto múltiple que producen en el seno de las familias las informaciones contradictorias, los datos estadísticos que se suponen exactos y que se oponen a otros que también se dicen científicamente precisos, así como las acusaciones cruzadas y las afirmaciones ambiguas. Provocan desconcierto, desprotección, dudas, enojo, angustia y el dolor de sentirse víctimas de una dirigencia política que no cumple con la obligación de encontrar una síntesis superadora que contenga y clarifique, y cuyo único objetivo sea resguardar como corresponde a la ciudadanía. Desconocer esta responsabilidad es gravísimo. ¿Qué ejemplaridad ofrece la dirigencia en general para inculcar una ética responsable a una sociedad que se siente cada vez más sola? La labor y el deseo de los padres de cuidar a sus hijos en el sentido más amplio e integral de la palabra se ven obstaculizadas y frustradas. Cuidar significa crear un ámbito afectivo, de amor, y favorecer las condiciones fundamentales para que un niño ponga en marcha sus potencialidades y vaya conformando su identidad.
Esto no puede hacerse de un modo aislado. Exige una trama vincular en la cual la presencia de cada uno define la del otro, en un “ser juntos” que subraya la singularidad y al mismo tiempo traza una estructura social que ofrece un acompañamiento y una pertenencia. Es esto lo que posibilita en el niño la curiosidad, el ansia de saber y el ensayo. Por eso la educación-escuela es proyecto y porvenir.
La ansiedad que nace de esta confusión se trasmite inevitablemente de los padres a los chicos, que lo expresan de distinta forma, muchas veces con síntomas muy claros. Aparecen la duda, la queja, la tristeza y el miedo.
Sin embargo, hay otro elemento significativo que por lo general tramita de un modo inconsciente o inadvertido y vale la pena subrayar. Me refiero al sentimiento de culpa (naturalmente injustificado) que aqueja tanto a los padres como a sus hijos. Los padres se preguntan si estarán exponiendo imprudentemente a sus hijos o bien privándolos de lo esencial. En los niños aparece la duda silenciosa: “¿Es por mi causa esta guerra?” Esto produce un sufrimiento que daña y genera a su vez conductas sintomáticas.
Quiero señalar otro aspecto que vale la pena remarcar. Pienso que lo presencial o virtual encubre inconscientemente otro conflicto que remite a la oposición entre la vida (estoy y existo, nos reconocemos y establecemos lazos entre nosotros que ratifican nuestro ser) y, por el otro lado, una virtualidad que toma entre sus significados aquel de la ausencia, el vacío, el silencio y un desierto que remite a una vivencia de soledad eterna.
La presencialidad genera un sentimiento de previsibilidad, de expectativa confiable, de registro del propio cuerpo y del ajeno, y confiere a los niños una seguridad esencial que produce alegría, coraje y descubrimiento.
En las situaciones críticas, cuando decidir es complejo y es importante esclarecer los conflictos que circulan de un modo mudo para alcanzar una lectura más objetiva del problema, resulta indispensable la consistencia del cuerpo social. Adecuadamente dirigido, es cuerpo proyecta un horizonte consensuado hacia el cual, a partir de la confianza mutua, es posible avanzar.
La comprensión de los aspectos conscientes y racionales de un problema, junto con la de aquellos inconscientes que hacen al contexto del conflicto, ayuda a la búsqueda inteligente de la esperada solución.









