La escasez económica y las lecciones de la historia

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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23 de noviembre de 2019  

En épocas de convulsión social y crisis de los modelos de gobierno es discutible cuánto puede enseñar la historia. En cierto sentido, ella fue abolida por un presente aumentado y caótico, que condiciona tanto los procesos sociopolíticos como la subjetividad de los individuos. Por otra parte, cabe preguntar con el filósofo Paul Ricoeur si la historia es un remedio o un veneno. De cualquier modo y no obstante, ella sigue ahí como un libro abierto para mostrar a los que aún no la desechan el modo en que las sociedades enfrentaron los problemas e intentaron resolverlos. Podría decirse que las herramientas utilizadas para ello alternaron siempre entre el idealismo y el pragmatismo, o entre el principio del deseo y el principio de realidad. En política y en economía, se acepta que el poder torna más realistas las posiciones, mientras que el llano exacerba la radicalización ideológica. Para ilustrar esa ambigüedad se acude en el lenguaje coloquial al llamado "teorema de Baglini". Pero antes de este insoslayable político mendocino, Max Weber había distinguido entre política "negativa" y "positiva". Según el alemán, la primera la practicaban los partidos que carecían de compromisos con la administración del Estado, mientras que la otra era el guion de los que sí los poseían.

Sirva este marco para formular una observación: en las últimas décadas, la política económica de los sucesivos gobiernos se apartó de las prescripciones ideológicas originales cada vez que enfrentó problemas estructurales recurrentes, de naturaleza económica o política, como el estrangulamiento externo, la inflación, el endeudamiento o la desconfianza en las autoridades. Podría decirse que esas dificultades, que se originan en una persistente volatilidad, poseen un rasgo clave del drama económico: la escasez. De dólares, de estabilidad, de recursos para cumplir los compromisos, de legitimidad. Si se acepta este argumento, podría concluirse que en el diseño de las políticas públicas la escasez doblegó a la ideología. No hubo consistencia entre la orientación programática y las decisiones prácticas. Eso significa que los partidos populares (el peronismo y el radicalismo) recurrieron en sus administraciones tanto a herramientas heterodoxas, de inspiración keynesiana, como ortodoxas, de raíz liberal. Lo mismo sucedió con la coalición Cambiemos, encabezada por Pro, un partido de centroderecha que ante los aprietos quemó el manual. Comenzó liberando el mercado financiero, descongelando las tarifas y disminuyendo subsidios y regulaciones, para terminar instaurando un cepo, volviendo a congelar las tarifas e introduciendo anabólicos al consumo que inicialmente había repudiado. Como se ve, cuando escasean los dólares o los votos, los gobiernos resignan ideales para buscar con desprejuicio lo que les falta.

La historia de la política económica argentina del siglo XX atestigua este fenómeno, acentuado a partir de 1930, cuando el país perdió su estatus privilegiado en el comercio mundial, experimentando la tragedia de la restricción externa, de la cual no se libraría más. Es aleccionador constatar cómo el programa económico que inaugura este ciclo -el famoso Plan Pinedo- consistió en una serie de medidas pragmáticas destinadas a afrontar el desequilibrio de los términos de intercambio (creación del Banco Central, control de cambios, juntas reguladoras de carne y granos, aumento de los aranceles a la importación), que fueron adoptadas por un gobierno de origen liberal conservador, contradiciendo sus principios. Raúl Prebisch, un joven y prometedor economista del equipo de Pinedo que después se haría célebre, afirmó en aquella época: "Yo no soy un político. Soy un tecnócrata y creo que la tecnocracia y los técnicos son neutrales en política". Años después diría Pinedo: "Nunca he considerado atrayente los ideales sino en función de la posibilidad de que fueran realizables". Estas oscilaciones de la política económica, cuyos antecedentes se mencionan aquí estilizados, fueron documentados recientemente, con métodos estadísticos, en un paper titulado "El péndulo en números: un análisis cuantitativo de los cambios de orientación de la política económica, 1955-2018", de las economistas Valeria Arza y Wendy Brau. Vale la pena leerlo, es desmitificador.

En conclusión, la evidencia histórica llevaría a pensar que el próximo gobierno adoptará medidas pragmáticas, más allá de su credo, ante las enormes restricciones que enfrentará. Y que ese pragmatismo estará en línea con los estándares tradicionales del FMI y los acreedores privados. Sería actuar según la experiencia: ante la escasez, realismo. Y subordinación. Pero no está claro que vaya a ocurrir así, aunque eso genere incertidumbre. Tampoco es claro que si sucediera de otra manera la sentencia del país esté firmada. Conviene abstenerse de certezas y preconceptos. Después de Chile y Bolivia, donde se derrumbaron los paradigmas a derecha e izquierda, desconocemos si aún son válidas las lecciones de la historia.

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