
La familia como modelo social
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HEMOS dicho muchas veces -y lo señala expresamente el artículo 16 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos- que la familia es el elemento natural sobre el cual se sustenta la sociedad. Pero el concepto mismo de familia queda a menudo desvirtuado o falseado por las distorsiones que acompañan a ciertos procesos sociales en tiempos de confusión y de crisis.
En una época en que la infancia se ve acosada, con frecuencia, por cuestiones y problemas que en rigor no la deberían ocupar; en un mundo que tiende a producir una prolongación indefinida y artificiosa de la adolescencia; en una etapa en la cual la madurez se aleja cada vez más del mundo real de los adultos, es fundamental reconocer a la familia como algo más que un conjunto de personas que tienen en común el lazo sanguíneo. Tampoco sería válido concebirla como la unión de un puñado de seres humanos que habitan bajo un mismo techo.
Es cierto que el Diccionario de la Real Academia, en su primera definición, identifica a la familia con el "grupo de personas, emparentadas entre sí, que viven juntas". Pero si se profundiza y se afina el análisis, resulta inevitable considerar al núcleo familiar como un conjunto de personas que tienen alguna condición, alguna opinión o un espíritu en común, sin que necesariamente convivan en un mismo ámbito.
La necesidad de rescatar esta última acepción de la familia se hace sentir con fuerza en una época en la cual la ambigüedad de ciertos roles sociales ha producido trastornos y distorsiones que conspiran contra la correcta percepción de las relaciones interpersonales y contra una adecuada delimitación de los ámbitos de pertenencia.
Cuando el diálogo entre hijos y padres suele estar debilitado o sometido a dañinas interrupciones, cuando los abuelos vacilan respecto del lugar que les corresponde ocupar en el entramado familiar, cuando los adultos se muestran temerosos de poner límites a los menores sujetos a su autoridad, se corre el riesgo de desembocar en un completo resquebrajamiento de la cadena de relaciones sobre la cual reposa el orden natural de las sociedades.
En rigor, la familia no es una casa, sino un ámbito espiritual de valores compartidos, un espacio social determinado por una jerarquía de roles y adherido a un sistema de normas y reglas que han sido aceptadas implícita o explícitamente, y de manera voluntaria, por todos los integrantes del grupo. Una familia sólo es concebible en el marco del pleno y recíproco respeto por el papel que desempeña cada uno, más allá del lazo sanguíneo que actúa como factor de aglutinamiento.
La familia como institución proporciona un ejemplo de insustituible valor para cualquier organización social que aspire a ser parte de la tarea de constituir una nación. Si consideramos al núcleo familiar como el ámbito ideal en el que un esquema jerárquico de roles se conjuga con el principio de la libertad individual, ¿por qué no trasladar su estructura al resto de las instituciones sociales y aun a las de la democracia? De ese modo, la implantación de un sistema de normas que ordene las conductas no será sospechada de autoritarismo, sino que será vista como un modelo de convivencia digno y necesario, orientado al bien común y fundado en el pleno respeto por el papel que desempeña el prójimo.
Cuando se analiza la historia de cualquier civilización se advierte el protagonismo que ejerció la familia en el desarrollo social y en la construcción de las instituciones públicas y privadas. Desde la prole rural hasta los clanes que promovieron el fenómeno de la Revolución Industrial, fue siempre reconocible la preeminencia que alcanzó la institución familiar como modelo social y estructural, aun cuando se pueda descubrir un cierto grado de movilidad en la reproducción de ese fenómeno.
Hoy, cuando la familia argentina se ve diezmada por la emigración y se siente amenazada por la crisis económica, mientras se percibe el vacío creado por la falta de modelos públicos que puedan servir como marcos referenciales, resulta imprescindible una introspección que permita descubrir en el seno de la intimidad familiar los ejemplos y el sostén ético que lamentablemente no están llegando desde lo alto de la dirigencia.
Las endebles estructuras de poder y las instituciones quebradas de la Nación pueden ser reparadas si el cuerpo social está asentado sobre una base firme. Mientras el desborde mediático impone en muchos casos la confusión y hace que las palabras pierdan su sentido es necesario volver a las fuentes de una cultura alimentada por valores perdurables. En esa tarea, la familia sigue y seguirá cumpliendo una función sustancial como el molde vivo en el que toda riqueza social reconoce su origen.





