
La fe religiosa como factor de identidad
Por Bartolomé de Vedia De la Redacción de LA NACION
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Cuando el país organizó sus instituciones fundamentales, hace 152 años, soplaban en el mundo, como nadie ignora, los vientos renovadores de la revolución liberal. Eso creaba una tensión inocultable respecto de la forma en que habría de regularse la relación entre la Iglesia y el Estado.
Los constituyentes de 1853/60 mostraron una extraordinaria clarividencia. Consagraron, por un lado, la plena libertad de cultos, sin la cual no se podía concebir la República de iguales que los argentinos querían construir (y sin la cual, además, se hubiera puesto una traba tal vez insalvable al gran proyecto inmigratorio de Alberdi, mencionado con tanta fuerza emocional en el Preámbulo).
Pero, al mismo tiempo, los lúcidos constituyentes de 1853 tenían plena conciencia de que detrás del Estado cuyas bases estaban organizando había una Nación que no podía ser ignorada en su identidad espiritual y en sus rasgos históricos esenciales. Por eso incluyeron el famoso artículo 2, según el cual el gobierno federal "sostiene el culto católico, apostólico romano".
Más allá del intenso debate sobre el verbo que se debía utilizar en ese artículo -¿por qué "sostener" y no "adoptar"?-, lo realmente significativo fue el reconocimiento de una realidad histórica previa que necesitaba ser confirmada. La Constitución no podía nacer como una estructura fría y abstracta: tenía que recoger el pulso real de la Nación a la cual los constituyentes estaban tratando de crearle su primera gran estructura constitucional. La Argentina, sin lugar a dudas, era visceralmente católica, no sólo por su inclinación religiosa sino también por la naturaleza de su personalidad cultural e histórica. Como consecuencia de esa equilibrada construcción de los constituyentes, se suele decir, con razón, que la Argentina -en lo esencial- no es un Estado católico, sino una Nación católica.
La esencia católica de la Argentina no mantiene una relación necesariamente directa con los niveles externos de adhesión que puede llegar a suscitar, en un determinado momento, la Iglesia romana. La mayor o menor asiduidad con que se practica un culto religioso responde a factores mutables, inestables, y no siempre refleja la vigencia efectiva y profunda de un determinado bloque de convicciones religiosas. A menudo, las creencias más hondas de una población están arraigadas en zonas de interioridad que sólo salen a relucir en situaciones extremas. Los sistemas de vida y de costumbres cambian y evolucionan. Las esencias culturales consagradas por la historia y derivadas de la fe perduran bastante más, aunque no se revelen en la exterioridad de un culto.
Adversarios de ayer y de hoy
En los siglos XVIII, XIX y XX, el catolicismo se enfrentó con adversarios tan severos como el racionalismo liberal o el marxismo. Pero la lucha con esos adversarios -y con otros no menos duros- no siempre se dirimió en términos de triunfos o fracasos ocasionales. La fe católica opuso resistencia a sus adversarios, pero en más de un aspecto se identificó y hasta logró integrarse con ellos al término de procesos históricos complejos y profundos. Más aún: en más de un caso, sectores de la Iglesia Católica incorporaron a su arsenal histórico y doctrinario algunos de los elementos que esas mismas corrientes revolucionarias venían a proponerle a la humanidad como expresiones contrarias a toda visión de trascendencia. Recordemos, en ese sentido, que el papa Juan Pablo II hablaba frecuentemente de las "astillas de verdad" que contenía el pensamiento marxista. Algunos teólogos consideran, por ejemplo, que el principio de la reivindicación de la materia, propuesto por Marx, fue en parte receptado por el cristianismo. Y hasta se ha creído hallar una muestra de esa receptividad en la maravillosa tarea cumplida por la Madre Teresa en Calcuta, donde trabajó incansablemente -como es conocido- por la dignificación no sólo del espíritu sino también del cuerpo humano (materia, al fin), en un contexto sociocultural a menudo influenciado por un espiritualismo desbordado o excluyente, como es el que prevalece en algunos segmentos religiosos de la India. Por supuesto, la revalorización de la materia -y de todo lo creado- estuvo siempre presente en el legado del cristianismo, pero hay momentos de la historia en que ciertos principios algo debilitados o descuidados reverdecen y cobran renovada fuerza por influencia de factores externos inesperados.
Como se dijo en estos días con motivo del fallecimiento de Juan Pablo II y la designación del papa Benedicto XVI, el adversario que hoy tiene por delante la fe católica -y, en general, todas las religiones- no es ya el pensamiento liberal, contrario por definición a toda estructura de pensamiento dogmática. Tampoco lo es ya el credo marxista. Esos fueron adversarios difíciles pero fácilmente identificables. El adversario de fines del siglo XX y de este primer tramo del siglo XXI es el indiferentismo religioso. Se trata de un adversario quizá más temible, porque no ataca a la Iglesia ni polemiza con ella, ni pretende tampoco borrar la tradición judeocristiana: al contrario, mira a esas realidades sin mayor hostilidad, sin mayor compromiso emocional.
Eso está ocurriendo en las naciones de Occidente y es evidente que la Argentina no es una excepción a la regla. ¿Modifica esto el escenario histórico de nuestro país en relación con la influencia secular de la fe religiosa? Sí y no. La humanidad vive en permanente estado de cambio, pero -como decía Jean Guitton- nada es más difícil que evaluar los alcances de los cambios en el momento mismo en que se están produciendo, "pues el presente se compone siempre de semillas y restos, sin que nos sea fácil discernir el germen del polvo". Acaso la fe cristiana y sus adversarios actuales celebren nuevas formas de convivencia y hasta intercambien algunos de sus contenidos. La historia, probablemente, seguirá adelante, con sus señales alternativas de renovación y de permanencia, de cambio y de continuidad, de enlaces insospechados entre el tiempo ido y el tiempo que vendrá. Y el hombre -ese animal que entierra a sus muertos y, por lo tanto, toma conciencia de su naturaleza mortal, como le gustaba decir también a Guitton- se seguirá interrogando seguramente, en términos de fe, sobre su destino y sobre la naturaleza última de la vida. Y ese interrogante seguirá estando -con las actualizaciones impuestas por los tiempos- en la base de los misterios de la religión y en las grandes movilizaciones espirituales que confieren identidad a una nación.
Las grandes tradiciones religiosas son una parte estratégica y necesaria del desarrollo de una sociedad. Ayudan a iluminar lo mejor del hombre: su sed de trascendencia, su hambre de Dios. Y, fundamentalmente, a crecer en la esperanza, en el amor al prójimo y en la necesidad de construir un mundo en el que las justas apetencias materiales y el perfeccionamiento espiritual vayan saludablemente de la mano.
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