
La furia de la naturaleza
Por Jeffrey D. Sachs Para LA NACION
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NUEVA YORK
Desde hace un año, vivimos una racha de espantosas catástrofes naturales: el tsunami en el océano Indico, las sequías mortíferas en Níger y otros países africanos, el sismo en Paquistán, los huracanes Katrina, Rita y Wilma, las avalanchas de lodo en América Central y los incendios en Portugal.
Son hechos inconexos y la vulnerabilidad humana frente a la naturaleza es tan antigua como nuestra especie. No obstante, esos fenómenos tienen algo en común: nos advierten a todos que no estamos preparados para estos golpes masivos ni para los que, sin duda, vendrán.
La explosión demográfica ha expuesto a millones de personas a nuevos tipos de vulnerabilidad extrema. La Tierra tiene hoy 6500 millones de habitantes, casi 4000 millones más que hace medio siglo. Según la ONU, de continuar las tendencias actuales, en 2050 tendrá unos 9100 millones.
A medida que aumenta la población, miles de millones de personas se apiñan en las áreas vulnerables del planeta: cerca de las costas, carcomidas por las tormentas y el ascenso del nivel del mar; en las laderas de las montañas, expuestas a aludes y sismos; en regiones con poca agua, castigadas por sequías, hambrunas y enfermedades. Los grupos paupérrimos siempre son empujados hacia los lugares más peligrosos para que vivan y trabajen allí. Y mueran, cuando sobrevengan catástrofes naturales.
Muchos fenómenos importantes son cada vez más frecuentes e intensos. En parte, esto obedece al cambio climático. En el caso de los huracanes, la explicación más probable es el calentamiento de la superficie marina, provocado por el calentamiento global, que, a su vez, es obra del hombre. En las décadas venideras, la Tierra seguirá calentándose inexorablemente, y esto acarreará incendios, avalanchas de lodo, olas de calor, sequías y huracanes cada vez más frecuentes y fuertes.
De manera similar, al paso que el hombre ocupa en exceso nuevas partes del planeta y entra en contacto con nuevos hábitat de animales, éstos le transmiten enfermedades infecciosas que nunca había padecido, como el sida y la gripe aviaria. Probablemente los cambios climáticos y la interacción entre hábitat originarán otras o agravarán las ya existentes, como sucede este año con el dengue en Asia.
Otro elemento común a todos estos desastres es nuestra aterradora imprevisión, especialmente en lo que respecta a socorrer a los miembros más pobres de la sociedad. Después del Katrina, descubrimos que el presidente Bush había puesto al frente de la Agencia Federal de Manejo de Emergencias (FEMA) a un amigote, en vez de nombrar a un profesional. Los equipos y el personal necesarios para hacer frente a la crisis estaban en Irak.
De igual modo, en lo esencial, Paquistán estaba mal equipado para enfrentar el sismo reciente, en parte porque, como Estados Unidos, gasta demasiado en sus fuerzas armadas y muy poco en salud pública y previsión de emergencias. Los organismos internacionales de socorro también andan escasos de dinero y recursos.
Los gobiernos deberían tomar algunas medidas básicas. Ante todo, deberían evaluar con detenimiento los riesgos específicos que afrontan sus países, incluidos los inherentes a epidemias, cambios climáticos, fenómenos meteorológicos extremos y terremotos. Para ello, tendrán que crear y mantener un sistema de asesoramiento científico de alto nivel y calidad. Por ejemplo, Bush mejoraría enormemente la seguridad de Estados Unidos y del mundo si prestara menos atención a los lobbistas políticos y, en cambio, empezara a escuchar a los científicos destacados acerca de los peligros crecientes que plantean los cambios climáticos ocasionados por el hombre.
Cada vez disponemos de mayor asistencia experimentada para llevar a cabo esta tarea. El Banco Mundial y el Earth Institute de la Universidad de Columbia, del que soy director, completaron recientemente una evaluación global de varios tipos de fenómenos naturales: sequías, inundaciones, sismos, etcétera. Valiéndose de métodos estadísticos y cartográficos avanzados, identificaron la distribución mundial de estas amenazas. Otros colegas del Earth Institute y centros de investigación similares estiman meticulosamente la evolución de estos riesgos, en vista de los cambios en el clima y en la población globales, así como en las pautas de asentamiento humano y viajes internacionales.
Los dirigentes políticos no utilizan este tipo de información científica en la forma adecuada, debido a las profundas divisiones que todavía persisten entre la comunidad científica, los políticos y la gente común. En gran medida, el público no está al tanto de los conocimientos científicos que poseemos sobre las amenazas y peligros que enfrentamos. Tampoco sabe que podemos prever esos riesgos y, por ende, reducirlos.
Por lo general, los políticos son expertos en ganar votos o construir alianzas más que en comprender los procesos globales subyacentes (climáticos, energéticos, epidemiológicos y de producción de alimentos) que afectan a toda la población del planeta. Ni siquiera existe una comunicación adecuada entre diversos grupos de científicos (sanitaristas, climatólogos, sismólogos, etc.), pese al carácter interdisciplinario de muchas amenazas actuales. Si queremos superar los peligros que encaramos, debemos cerrar estas brechas entre políticos y científicos, por un lado, y entre estos últimos, por el otro. A lo largo de este año, la naturaleza nos ha recordado qué está en juego.
Es casi seguro que las amenazas se intensificarán en los próximos años, al aumentar la densidad de población y los cambios provocados por el hombre. Esta es la mala noticia. La buena es que poseemos, mejor que nunca, la ciencia y la tecnología necesarias para abordar estos problemas. Podemos construir un futuro más seguro, pero únicamente si estamos dispuestos a usar nuestros conocimientos y experiencia científica para el bien común.
© Project Syndicate y LA NACION
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)





