
La guerra del caviar
Por Abel Posse Para La Nación
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LIMA.- Cuando después de la guerra se debatió en Francia el tema de los embajadores políticos, el famoso embajador Vladimir D´Ormesson, que venía de la Argentina, pronunció en la Asamblea una frase memorable: "Si se nombran genios o talentos que quieran perder su tiempo en la diplomacia, nada que decir, pero si se trata de nombrar mediocres, señores, para eso ya estamos nosotros".
El tema reaparece periódicamente en la Argentina, ahora con una defensa literaria por parte del embajador Jorge Asís de los nombramientos impresionistas, en respuesta a un medular trabajo del Consejo Superior de Embajadores sobre la necesidad de afirmar la profesionalidad del Servicio Exterior.
He sido nombrado por mis colegas diplomáticos presidente de las dos organizaciones que los agrupan. Desde esta experiencia debo reconocer que el tema no queda cerrado ni desde la lógica de la profesionalidad ni desde el voluntarismo de la política. Diría que tenemos una diplomacia instrumental óptimamente preparada, compuesta por profesionales que dominan idiomas y las materias internacionales, pero que se demostró nula o casi nula desde un punto de vista creativo de una política internacional y que no supo erigirse como bastión intelectual y comprometido con ciertas constantes nacionales, lo que suele llamarse "una diplomacia".
Eslabón perdido
Al despedirme de mis colegas como presidente del sindicato de diplomáticos para hacerme cargo de la embajada en Lima, expresé la necesidad de que el Servicio Exterior se constituyera como un bastión de conocimiento y experiencia, con una conciencia alerta y valiente, expresiva y actuante en lo que hace a las líneas permanentes del interés nacional argentino; tratar de tener la autoridad intelectual del Foreign Office, de Itamaraty o del Quay d´Orsay. No recibí ninguna señal del millar de colegas. Esa era una muy mala señal.
Hoy en la Cancillería no hay debate ni estudio sobre temas esenciales, como nuestra relación con Brasil, o nuestra línea estratégica ante el nuevo irracionalismo internacional, o el nuevo desorden mundial con sus fortísimas corrientes políticas y económicas arrasadoras. La Cancillería carece de opinión fundada para sugerirle al grupo de aficionados que se sucede más o menos cada cinco años una visión coherente de los posibles caminos en la selva mundial.
Este es el eslabón perdido de la diplomacia argentina. No hay una diplomacia de Estado, sea creada por técnicos o por los políticos del Gobierno. De modo que cada gobierno se inventa una diplomacia que nadie contrató en las plataformas partidarias más que como generalidades. Así nos vimos pasar del tercermundismo rabioso durante el alfonsinismo al actual norteamericanismo adhesivo. ¿Quién nos puede tomar en serio? Justamente le tocaba al Servicio Exterior permanente erigirse en la conciencia creativa, actualizadora y actuante de esa diplomacia de Estado, nacida de la estrategia que imponen los intereses argentinos para ser y desarrollarse en el mundo. Esa diplomacia que no existe, que no fue pensada, y cuya carencia nos lleva a bartolear desde las Malvinas hasta la política con Brasil, desde el Golfo Pérsico hasta los derechos humanos en Cuba... El bartoleo ha sido siempre impecablemente ejecutado por pusilánimes altos funcionarios de carrera, pero invariablemente urdido por el provincialismo político de turno. De modo que ahora, ante la inminencia de cambios gubernamentales, vemos agudizarse la guerra del caviar, con la encarnizada lucha por las colinas de pavo relleno y de giros trimestrales en dólares.
Profesionales y aficionados
Pero el problema no pasa por la mutua acusación de superficie entre diplomáticos y aficionados. Es mucho más grave: ni el Servicio Exterior ni los voluntariosos tienen diplomacia. Puede ser irritativo para el convencionalismo nacional, pero hay que decir que desde Saavedra Lamas y Ruiz Guiñazú, pasando por Perón, Frondizi, el presidente Illia y los gobiernos militares (con su histórica aunque efímera reconquista de las Malvinas), todos ellos defendieron la soberanía y el orgullo argentinos con más determinación que hoy, cuando la agresión financiera, subculturizadora, y la amenaza militar hegemónica aplastan la autonomía de las naciones y degradan su estilo de vida.
La Argentina de hoy carece de un proyecto y de la correspondiente estrategia ante la realidad mundial. El remanido "modelo económico" determinó nuestra adhesividad a las diplomacias primermundistas, norteñas, especialmente a la prepotencia anglosajona dominante. Pero eso es un oportunismo, no una diplomacia. Carecemos de una diplomacia de la Nación. Por eso estas diplomacias quinquenales, contradictorias como las dos últimas. En vez de enfrentarse, los políticos y los profesionales deberían abocarse a definir los cinco o seis puntos esenciales de los intereses argentinos, en un ejercicio serio, uniplural, transpartidario.
Este es el gran tema y no el caviar del próximo cambio.
Si bien Asís tiene razón al observar que, de tanto funcionar y doblarse a las sucesivas prepotencias gubernamentales, muchos altos diplomáticos han perdido personalidad como para la investidura de embajador, sería también un disparate, como surge de algún proyecto legislativo, que en la Argentina todos pudieran ser embajadores menos los diplomáticos.
Volvemos a D´Ormesson: si se trata de Taiana, Massuh, Arce o Dell´Oro Maini, nada que decir, "pero si se trata de mediocres, para eso estamos nosotros".





