
La identidad cultural de LA NACION
Cada vez que entro en mi oficina de LA NACION, en Bouchard, tengo a la vista una cabeza tallada en madera. Es una escultura de proporciones modestas. La traje con la mudanza de diciembre de 1979 del viejo asiento del diario, en la calle San Martín.
Rara vez un visitante pregunta a quién recrea aquella pieza. Ella había figurado entre las pertenencias -tres o cuatro escritorios, según las épocas, lámparas, máquinas de escribir, algún sillón, retratos, un aparato refrigerante de aire, que no funcionaba- de una sala pequeña que fue, por más de noventa años, recinto de los editorialistas del diario. Por allí desfilaron Roberto Payró, José Luis Murature (que sería canciller de Victorino de la Plaza), Alberto Gerchunoff, Alvaro Melián Lafinur (primo de Borges), Manuel Mujica Lainez, en fin, Constantino del Esla, el gran corresponsal en Madrid, en la Guerra Civil Española, José "Pepe" Barcia, que presidía la Academia Porteña de Lunfardo y asombraba a "Manucho" con sus conocimientos de la lengua española y la música popular de Buenos Aires.
En su tiempo, Leopoldo Lugones, habitual colaborador, se sumaba ocasionalmente a ese ámbito, en el que se escribieron páginas memorables y hubo tertulias de nunca acabar. Acaso, también, las veces que estuvo en el país, se detuvo allí José Ortega y Gasset. Sus más de doscientas sesenta contribuciones para LA NACION han configurado un libro exegético de la creación periodística de quien retrató, anticipándose a otros estudios, el alma colectiva de los argentinos.
Barrunto que a veces sólo las leyes de la biología vencían a aquellos contertulios de argumentos fornidos, vagamente irónicos y levemente descreídos los de la Argentina decimonónica, pero hijos por igual que los de la primera parte del siglo veinte de una civilización menos comprometida que hoy con las bondades del fitness y mucho más con los placeres de la conversación y el arte de la polémica. Aun así, en medio de la somnolencia, cuando el silencio se imponía por la extenuación, uno podría imaginarse que alguno de ellos, como Borges al cabo de una comida y de la larga tertulia consiguiente en la casa de Bioy, dijera, en rapto final de agudeza paradójica: "Yo no hablo para no desvelarme".
Entre tantas testas insignes, sola una había, entre las que poblaron aquel espacio físicamente reducido de los editorialistas pero gratificante al espíritu como el que más, a la que el resto de los pares, por así llamarlos, consideró digna del fruto y metáfora del árbol: la cabeza de Rubén Darío. Había sido hecha en 1927, once años después de que muriera el poeta, por Roberto de la Selva, uno de los tallistas consagrados de Nicaragua, y presidía, asentada en una plataforma elevada, el trabajo y las tertulias cotidianas.
Antes de haber llegado a la fama, a Darío lo había descubierto Julio Piquet por la correspondencia de diarios chilenos. Piquet era un intelectual uruguayo que ocupó, en más de una oportunidad, la dirección del diario. En 1893, invitado por Emilio Mitre y por Bartolito Mitre, ambos hijos del ex presidente, Darío llegó a Buenos Aires para incorporarse a LA NACION.
Aquí publicó los sucesivos capítulos que luego reuniría en Los raros . Aquí, en 1910, con motivo del centenario, labró los versos célebres del Canto a la Argentina . Y aquí, reducida su presencia física a menos que una osamenta, a la simple talla de madera ennoblecida por el artista, en un rincón perdura entre el desorden de libros, carpetas y colecciones de diarios y sigue siendo un símbolo activo de lo que LA NACION ha sido. Llevar la vista a esa cabeza es como mirar a un tótem que, sin hablar, habla de aciertos y de errores. Hoy parece animado a recordar la consistencia que las cuestiones culturales han alcanzado en todo momento en el historial de LA NACION. Y, sin duda, esto lo ha empujado a detenerse en la semblanza jerárquica de quienes encarnaron los capítulos más trascendentes de ese historial.
Se comprenderá, pues, que nadie con una vida ligada a la existencia de este diario pueda concebir sino como un hecho estupendo el lanzamiento de la revista cultural, pasado mañana, sábado. Es un hecho de alborozamiento. Lo es para quienes conducen LA NACION, la escriben, la leen. Lo es para quienes hacen posible, en todos los órdenes de su organización interna y del apoyo externo, la andadura de este esfuerzo editorial cotidiano, que comenzó el 4 de enero de 1870.
LA NACION ha sido, desde los años de su consolidación, en el siglo XIX, una institución argentina identificada en todo el mundo por gravitación y prestigio. No le ha ido en zaga en esa valía el Suplemento Literario, creado, de manera dominical, en 1920, bajo la dirección inicial de Arturo Cancela.
Este escritor costumbrista, autor de Historia funambulesca del profesor Landormy y creador del hilarante profesor Nasute Pedernera y de celebradas viñetas periodísticas, amplificó, desde las páginas puestas a su cargo, la resonancia cultural del diario. Sobre todo en el vasto espacio iberoamericano, entre los pueblos en los que la lengua española es la primera nota que denuncia una cultura común, el Suplemento Literario constituyó por sí mismo, y no sólo por su pertenencia a LA NACION, el sello distintivo de un relieve intelectual argentino. Argentino, pero nutrido por las más diversas corrientes de pensamiento nacional e internacional.
Fue un liberal, como no podía haber sido de otro modo en un diario fundado por Mitre, el primer extranjero que amplió, constituido por LA NACION en corresponsal en Madrid, el horizonte de reflexiones políticas, sociales y culturales del diario. Fue aquél un liberal español: Emilio Castelar. De él se decía que era en España lo que Víctor Hugo en Francia. Sus arengas lo habían definido como uno de los grandes oradores de la época, en el parlamentario de verbo apropiado para zamarrear a la España ausente de Europa y demorada en el tiempo.
Enseguida llegó el turno de José Martí, una de las voces cuya influencia en el ámbito latinoamericano se ha prolongado hasta los días que corren. Y el de otros escritores que, como Ernesto Renan, Edmundo de Amicis, Remy de Gourmont, Max Nordau, Juan Valera, Ramón del Valle-Inclán y Emilio Zola, acreditaban, ya en la primera etapa, la del siglo XIX, por destino y configuración genética, el realce que LA NACION ha otorgado a la incorporación de las firmas sobresalientes del talento universal. Tales firmas avalarían el interés de los temas por desarrollarse para el conocimiento y formación de los lectores; para la reflexión introspectiva y el debate público.
En la sigla adn , que acompañará en adelante la presentación de todos los sábados de la nueva revista de Cultura, se condensa, pues, una tradición. Viene ésta de los primeros días del diario, se afianzó en publicaciones que acompañaron el cuerpo central en la primera parte del siglo XX y tuvo su mayor logro en el suplemento dominical que dirigieron, después de Cancela, Alfonso de Laferrère, Enrique Méndez Calzada y, entre 1931 y 1955, Eduardo Mallea.
Esos grandes directores del Suplemento Literario, como los que a ellos siguieron después, han sido acreedores del reconocimiento general a su labor. Finca tal testimonio no sólo en el acierto de haber atraído a este diario a escritores argentinos de la relevancia de Jorge Luis Borges -que publicó aquí el Poema conjetural -, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Ernesto Sabato, y a escritores extranjeros, en cuya lista innúmera figuran Waldo Frank, Ernest Hemingway, Luigi Pirandello, Stefan Zweig, Alfonso Reyes, Gabriela Mistral, Juan Carlos Onetti, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Jorge Edwards, Alfredo Bryce Echenique. También lo que distinguió a aquellos directores fue sobreponer la significación de lo que estos hombres tenían para decir y la forma en que lo decían a los gustos literarios, a las modas y a las ideas, coincidentes o no, con la línea editorial de LA NACION. Lo hicieron con el espíritu de que sin la otra mirada nada enriquece y ateniéndose a la norma de evitar los conflictos de facción en el complejo y tantas veces atormentado universo de las letras y las artes.
La crítica ocasional al trabajo que realizaron no mella, sino por el contrario, exalta el interés que esos editores suscitaron -aun en cenáculos contrariados- con la actividad desplegada al frente de aquel Suplemento Literario que, en los años últimos, se denominó Suplemento Cultural, por considerarse este nombre más ajustado a la vastedad de propósitos y radio de influencia. En suma, letras y artes en todas las manifestaciones de importancia suficiente para suscitar el eco debido entre quienes toman LA NACION en sus manos. Letras y artes como expresión de una cultura con capacidad de llevar al hombre a reflexionar sobre sí mismo, según la definición de la Unesco sobre qué es, en el fondo, cultura.
Esa noción de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura de que ésta es la vía para que el hombre tome conciencia de sí mismo y se reconozca como un proyecto inacabado está en la esencia de la permeabilidad de este diario a todas las ideas, aun cuando defienda las propias en la inenajenable columna editorial de todos los días. Sabe LA NACION que lectores y lectoras, como hombres y mujeres libres, deben estar preparados para la disponibilidad creativa de la libertad, que les pertenece por la naturaleza de la condición humana, al margen de la voluntad de gobiernos cambiantes.
Así se explica que la cultura, como contenido, haya estado en el corazón de LA NACION y constituya el núcleo sin el cual su identidad sería otra. Fundamenta, en rigor, la razón última de que en tiempos en que las sociedades procuran, como pocas veces ha sido tan evidente, un norte previsible para sus destinos, desde la Argentina LA NACION potencie su esfuerzo cultural, tanto en el papel como en la novedosa versión digital, más de lo que nunca lo había hecho.
Será un esfuerzo de puertas abiertas. Como lo fue, por ejemplo, con Mallea, una de cuyas facetas menos conocidas, pero más enaltecedoras, estuvo constituida por la generosidad del tiempo que brindaba a fin de recibir a escritores y poetas noveles y leer sus entregas, con el resultado vario que cabe esperar de esos encuentros. LA NACION, es cierto, ha hecho siempre un objetivo de la publicación de firmas consagradas, pero bien porque hubieran logrado éstas ese nivel antes de quedar registradas en sus páginas o, bien, porque contenían un potencial que necesariamente prenunciaba que habrían de legitimar ese mismo reconocimiento a partir de la publicación exitosa en las columnas del diario.
La revista adn CULTURA no será, por lo tanto, elitista. Tampoco se hará con aprensión por la índole de rechazos que deviene de lo que Gregorio Marañón, otro notable miembro de la antigua galería de colaboradores del Suplemento Literario, describió en Tiberio, historia de un resentimiento . Con escalpelo de médico y escritor, Marañón escrutó la tipología psicológica del emperador que vivió el comienzo de la transición entre el mundo pagano de los dioses y el cristianismo monoteísta, y dejó enseñanzas que perduran en la actualidad.
La lengua, como el arte, son manifestaciones eminentemente populares, y de eso se ocupará nuestra revista. ¿Pero habría alguien, llegado el caso, que celebraría estar privado del privilegio de que le expliquen, con rigor didáctico, por qué cambió la ciencia y por qué cambió la vida de todos nosotros, desde que Einstein -él, también, escribió para LA NACION- anotó: E=mc2?
Nada más democrático que un buen texto. Todos somos autores. Cuando Vuelta , la revista que lo tuvo por director, cumplió veinte años de existencia, Octavio Paz, premio Nobel de Literatura en 1990, recordó que "un buen lector es autor de la obra que lee La lectura revive, literalmente, a la obra; y ella, en cada una de sus resurrecciones, es otra y simultáneamente la misma".
Así ocurrió con los miles de ensayos, de cuentos, de poesías, de recensiones bibliográficas y de juicios críticos y reseñas sobre arte que LA NACION publicó en el suplemento dominical a lo largo de 87 años. Ahora, aguardamos, con inocultable felicidad, la nueva revista a punto de salir, ya casi asomándose de las impresoras de Barracas, prontas a rodar. Nos estimula saber que está asistida por un elenco de alta competencia profesional, en el que el cruce de generaciones asegura, por un lado, la apertura hacia nuevas ideas y conceptos en textos, ilustraciones y diseño y, por el otro, la fidelidad al sistema de valores que identifica a LA NACION en cualquiera de sus páginas.
Otra vez, pues, la resurrección. Otra vez, pero con más autores, o sea, con más lectores como consecuencia natural de la magnitud del empeño trazado.







