La Iglesia en tiempos de coronavirus

Eduardo Horacio García
Eduardo Horacio García PARA LA NACION
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15 de abril de 2020  • 22:07

Cuando pasan ciertas cosas en el mundo -¡y en la Iglesia también!- es bueno que nos preocupemos y suframos. Hoy, de una manera tan rápida el panorama mundial, nacional, social, familiar y también eclesial cambió por la presencia del coronavirus. Esta realidad ha engendrado miedo, angustia, tristeza, incertidumbre y también pesimismo.

Los tiempos dolorosos nos sacuden, pero no podemos caer en la tentación inútil de lamentarnos y, la más desastrosa, de querer ignorarlos como si la vida pudiera volver a ser como antes. No podemos imaginar el futuro encallados en un "aquí no ha pasado nada". Si no vamos elaborando "el después" no habremos aprendido las lecciones de este tiempo de la vida.

Cuando todas nuestras aparentes seguridades desaparecen y sentimos en la carne personal, del mundo y de la historia la experiencia de vulnerabilidad y cuando las prescripciones y los mandatos caen, es Dios quien nos invita a ponernos de frente a lo esencial. Esencial: esta palabra que adquirió otro volumen social, un peso conceptual impresionante, una manera de comprendernos a nosotros mismos y a nuestros prójimos más próximos y también a los más lejanos. Los aplausos de las 9 de la noche son para los "esenciales" de esta hora.

Como Iglesia que somos, en nuestros templos honramos a nuestro Dios, su Madre y los santos que dejaron su huella testimonial en este mundo, nos reunimos y, codo a codo, rezamos y alabamos. Hoy esto así no se puede hacer y está muy bien porque el verdadero culto que Dios le agrada es que nos respetemos y nos cuidemos unos a otros. Por eso las redes sociales y los espacios virtuales acompañan poderosamente nuestra vida de fe: muchos participan de la misa vía internet y transmiten sus reflexiones y experiencias comunitarias por Facebook, Twitter, Instagram, YouTube. Y valoramos ahora más que nunca que los medios de comunicación tradicionales (televisión y radio) expandan nuestras celebraciones y acciones concretas acá y en otras partes del mundo, muchas veces con el papa Francisco a la cabeza y en otros casos sacerdotes, religiosas o laicos comprometidos que le hablan a sus pequeñas comunidades recreando el cálido encuentro cara a cara.

En este tiempo en el que sentimos que algo se quiebra en el corazón de la historia, en el interior de la Iglesia hacen falta más que nunca profetas de esperanza, anunciadores con la vida y desde la vida. Hombres y mujeres que tiendan puentes, que creen lazos, que tengan esa capacidad de recrear la vida desde un nuevo signo. "Estamos en una misma barca" dijo el Papa, pero no como pasajeros sino como hermanos; y para salvarnos todos la soga que nos mantendrá unidos será el poder mirarnos como hermanos. Son tiempos de esperanza que se amasan en la fraternidad la que, si es verdadera, se medirá en nuestra capacidad concreta de compartir bienes, dones y servicios. Muchas economías parroquiales ya están en problemas, y muchas de nuestras actividades pastorales están a cargo de personas en riesgo. Esto nos exige reaprender a pensarnos como Iglesia en comunión sin miedo y sin particularismos. La vida del planeta está como el equilibrista caminando sobre una tensa línea colocada en altura vertiginosa y la economía camina esa misma tensa línea con el mismo vértigo.

Entonces: ¿la vida primero o primero la economía?

Como pastor constato que nuestro pueblo, nuestra gente ya está sintiendo en su ánimo y en su bolsillo el golpe de esta crisis y en muchos casos saldrán a la luz actitudes de desesperación, angustia y violencia. A la vez, eludiendo respuestas estereotipadas, se alzan oídos atentos, corazones abiertos, respuestas concretas para acompañar este momento auténticamente difícil.

A pesar del aislamiento social, el amor puede más y muchos multiplican sus esfuerzos para que los más vulnerables tengan un plato de comida y un lugar donde poder ser cuidados. Doy gracias a Dios por aquellos que no dejaron de asistir a los enfermos y dejaron entreabiertas las puertas de sus parroquias para que el amor hecho alimento, abrigo o palabra de consuelo no le falte a aquellos que más lo necesitan.

Como habitantes de este planeta estamos en proceso de reconversión. Como Iglesia también. Cuando la peste pase, no seremos los mismos. Gracias a Dios.

Obispo de la diócesis bonaerense de San Justo, Argentina, asesor global de la Acción Católica

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