
La imaginación y los límites de Menem
Créase o no, el presidente de la Nación atraviesa por su peor momento desde 1989 en cuanto a la imagen positiva de la que goza en la opinión pública.
Créase o no, ocho de cada diez argentinos se declaran en contra de habilitar al actual jefe del Estado a competir por un tercer período presidencial.
Pero también, créase o no, el asunto de la re-reelección sigue dominando el escenario político y los espacios en los medios de comunicación, al tiempo que Carlos Menem continúa demostrando una singular habilidad para instalar los grandes temas de la agenda política nacional.
La consolidación de la hasta no hace mucho utópica hipótesis reeleccionista como cuestión central se produjo a partir de una escalada que comenzó en enero con las presentaciones judiciales del club de amigos del ultramenemismo, siguió con las declaraciones del Presidente en Anillaco, en las que admitió su deseo de ser reelegido y, el domingo último, con la movilización de casi 4000 personas que acompañaron a Menem en la inauguración del período ordinario de sesiones del Congreso.
El discurso presidencial ante los parlamentarios no dejó dudas sobre la intención de dejar instalado el debate sobre su continuidad en el poder más allá de 1999.
"Desde el gobierno o desde el llano seguiré cumpliendo este mandato histórico hasta el último instante de mi vida", señaló el primer mandatario.
"No hay límites para lo que quiero para mi patria; no hay fronteras para mi imaginación de gobernante", exclamó exultante.
Pero entre las palabras que conducen a la idea de un poder sin límites y la realidad del texto constitucional que prohíbe un nuevo mandato consecutivo del actual presidente y de la resistencia que se percibe en la opinión pública a otra reelección media una distancia que no parece recuperable fácilmente.
Según una reciente encuesta de Sofres Ibope de nivel nacional, frente a la pregunta "¿está usted de acuerdo con que se habilite al presidente Menem a competir por un tercer período?", el 82,5 por ciento de los entrevistados manifestó que no y sólo el 14,7 por ciento se pronunció afirmativamente.
En la misma encuesta, ante la pregunta "¿cómo votaría en caso de que se produjera una consulta popular para la habilitación de Menem?", el 73 por ciento dijo que sufragaría en contra, el 11,8 por ciento sostuvo que ni siquiera concurriría a votar y apenas el 10,2 por ciento indicó que se inclinaría en favor de permitir la reelección presidencial.
De manera que todos los logros políticos veraniegos del menemismo, tales como el de arrinconar a radicales y frepasistas con sus contradicciones internas, no han generado un cambio en la opinión pública suficiente para garantizar el éxito de las maniobras reeleccionistas.
Otro sondeo de opinión, realizado por el Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, indica que la imagen positiva de Carlos Menem sólo llega al 14,6 por ciento a comienzos de este mes.
La diferencia entre el grado de apoyo al Presidente hoy y el que recogía en 1993, cuando el oficialismo forzó a Raúl Alfonsín al Pacto de Olivos, es ostensible. Ese año, el promedio de la imagen positiva de Menem ascendió al 38,6 por ciento según la citada consultora dirigida por Rosendo Fraga. En 1994, cuando se sancionó la reforma constitucional que permitió la reelección menemista, las valoraciones positivas subieron al 44,1 por ciento como promedio anual. No hay margen para la duda: esos registros no tienen nada que ver con los de la actualidad.
La distancia entre el presente y aquellos meses de 1993 en los que Alfonsín se persuadió de la necesidad de acordar la reforma constitucional es muy grande. Por entonces, el PJ venía de imponerse en todas las elecciones de la era menemista, la oposición había perdido la brújula y un proyecto del desaparecido diputado ucedeísta Francisco de Durañona y Vedia para sancionar una norma interpretativa de la Constitución que permitiera declarar la necesidad de su reforma con el voto de dos tercios de los legisladores presentes jaqueaba al radicalismo.
A cinco años de aquellos episodios, la situación es diferente. Fundamentalmente, porque ahora existe una coalición opositora sedienta de llegar al poder en 1999.
La estrategia menemista, en consecuencia, pasará por dividir a la Alianza o, al menos, demostrar que juntos en el gobierno, radicales y frepasistas no garantizan una sana administración. La parálisis de la Legislatura porteña, fruto en parte del error de no saber -o no querer- distinguir entre los empleados que efectivamente trabajaban en el Concejo Deliberante y quienes cobraban sin trabajar, puede ser un pésimo antecedente para los aliancistas.
En tanto, por los despachos de la Casa Rosada seguirá expandiéndose un microclima en el cual todo lo que se haga desde el Gobierno deberá tener algo que ver con la posible reelección, aunque más no sea para cumplir el objetivo de mínima de garantizar para Menem el liderazgo de la oposición cuando deje la presidencia.






