
La izquierda busca el poder en México
Por Enrique Krauze Para LA NACION
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A lo largo del siglo XX, la izquierda mexicana osciló entre períodos en que estuvo proscripta y perseguida y períodos de proximidad al poder (si bien siempre dentro de la estructura global del control priísta). Durante más de medio siglo, buena parte de la izquierda volvió la espalda a la democracia liberal, a la cual acusaba, no sin plena razón, de no interesarse lo suficiente por los problemas sociales de la vasta mayoría de los mexicanos. En lugar de poner su fe en la democracia y la reforma, los izquierdistas del país predicaban la revolución socialista. (Sin embargo, por momentos, en especial durante el gobierno del izquierdista Lázaro Cárdenas, presidente de 1934 a 1940, una de las figuras históricas más importantes del Partido Revolucionario Institucional -PRI, la izquierda gozó de considerable influencia en la ambigua estructura de poder del partido.)
En las décadas de 1960 y 1970, algunos miembros de la izquierda mexicana recurrieron a la guerrilla abierta (entre ellos, el hombre que llegaría a ser el líder neozapatista conocido como Subcomandante Marcos), apegándose a su versión particular de la ortodoxia marxista y desdeñando la democracia "formal" o "burguesa".
Pero muchos otros, en respuesta a una apertura política gradual del PRI, comenzaron a considerar la posibilidad de entrar en el proceso parlamentario como oposición legítima.
En 1989, este grupo se unió para contribuir a formar el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Un año antes, Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del ex presidente Lázaro Cárdenas, se había postulado a la presidencia a la cabeza de una improvisada coalición de izquierda y fue víctima de lo que muy probablemente constituyó una elección fraudulenta.
En momentos en que Cárdenas acumulaba una gran mayoría de simpatizantes en la ciudad de México, donde vive la quinta parte de la población del país, hubo una misteriosa "caída del sistema"; cuando las computadoras, controladas por el entonces secretario de gobernación Bartlett -del gabinete del presidente La Madrid-, y por contadores priístas de votos, volvieron a ponerse en línea, a la mañana siguiente, mostraron una apretada victoria del candidato priísta, Carlos Salinas.
Cárdenas resistió los llamados a la violencia lanzados por muchos de sus partidarios -con lo cual hizo un gran servicio, muy poco reconocido, a su país y a la transición hacia la democracia- y convocó, en cambio, a una participación activa y unificada de la izquierda en la política parlamentaria. El resultado fue el PRD.
Cuando se formó, el PRD constaba de miembros desencantados del PRI, ex comunistas y socialistas, y miembros de un sector izquierdista más nuevo, integrado por organizaciones no gubernamentales de "acción comunitaria". De entonces a la fecha ha tenido un desempeño impresionante, ganando gobernaciones, alcaldías y escaños legislativos, sobre todo en el centro y el sur del país. En 1997, Cárdenas fue elegido alcalde de la ciudad de México, segundo puesto en importancia en la nación. Como candidato del PRD en las elecciones presidenciales de 2000, perdió ante Fox (un hombre más apto para la política electoral moderna, de corte estadounidense), pero aceptó la derrota y se volvió hacia el activismo partidista para asegurar que el PRD no se fracturara tras la pérdida.
Los resultados han sido positivos. En Michoacán, el Estado alguna vez gobernado por Lázaro Cárdenas y después por el propio Cuauhtémoc, a principios de la década de 1980, la gobernación fue ganada por el hijo de éste, un joven dotado de inteligencia práctica, muy buena suerte y un nombre, Lázaro, de resonancia casi mítica en México. En la capital del país, la alcaldía fue ganada por el heredero político de Cuauhtémoc, López Obrador, formidable activista social procedente del sureño estado de Tabasco, hoy candidato presidencial del PRD y actual líder en la contienda por la primera magistratura.
La suerte política del Partido de Acción Nacional (PAN) en 2006 dependerá de cómo los electores juzguen el gobierno de Fox, y la del PRI de cuántos electores lo asocien con la estabilidad y la continuidad. En contraste, las perspectivas del PRD dependerán casi por completo del carisma de Andrés Manuel López Obrador, cuyo éxito de ninguna manera está asegurado. En principio, él y Cuauhtémoc Cárdenas se han distanciado, y es probable que éste -preocupado por lo que ve como intolerancia del tabasqueño, y convencido de que su propio programa para México es más incluyente y abierto que el propuesto por aquél- se postule otra vez para la presidencia, incluso fuera del PRD, en caso necesario.
Felipe Calderón, el candidato del PAN, también ha mejorado en encuestas recientes, en parte porque no se lo asocia directamente con el gobierno de Fox. En caso de una derrota por escaso margen, es de esperarse que el PRD tenga la prudencia de contenerse de cualquier desobediencia civil en masa, que podría conducir a una revuelta e incluso a la violencia. Por suerte, las autoridades electorales cuentan ahora con suficiente credibilidad e independencia, así como con ayuda de observadores externos, para garantizar unas elecciones honestas y prevenir una recaída en el fraude.
Por el momento, sin embargo, es probable una victoria del PRD. El resultado sería por completo comprensible. Para la mayoría de los ciudadanos, México es aún un país muy pobre, vergonzosa realidad que ha conferido un gran atractivo a la izquierda. Sean cuales fueren las debilidades de algunas de sus propuestas, López Obrador debe su ventaja política a su seriedad en aceptar y afrontar esta carga: la preocupación por los pobres, que lo vincula con algunos de los ideales centrales de la Revolución Mexicana. Una victoria de la izquierda también sería comprensible como reacción del público a los fracasos irrefutables observados durante el gobierno de Fox. Tras 71 años de hegemonía autoritaria priísta y seis de torpezas panistas, los electores podrían pensar que ha llegado el turno de alguien más. Muchos mexicanos comparten también un desencanto generalizado, cada vez más común en toda América latina, con las reformas de libre mercado y lo que se percibe como olvido de los problemas sociales dentro de esos programas de reforma.
De muchas maneras, la victoria de un movimiento moderno de izquierda -muy semejante a los que gobiernan Chile y España- sería el mejor resultado posible para México en 2006. Por desgracia, es muy improbable que el PRD llegue a ser un partido como ésos. El PRD ha estado en favor de retener el dominio total del Estado sobre las industrias petrolera y eléctrica y se ha mostrado receloso de los mercados libres, las reformas laborales, la inversión extranjera y el proceso de globalización, un conjunto de preconceptos al que ningún partido de izquierda moderno puede adherirse con rigor. Tal vez sólo sea el ejercicio cotidiano del poder lo que pueda obligar a un movimiento de izquierda a ajustar su esquema político a la realidad.
Entre tanto, numerosos miembros de la izquierda mexicana han mostrado ambivalencia o franca hostilidad hacia muchos de los aspectos positivos de la democracia liberal: límites al alcance del poder gubernamental, en especial para evitar que el poder absoluto se concentre en manos de un solo cargo, y también para prevenir la manipulación del poder mediante la demagogia mesiánica; compromiso pleno con la autonomía del aparato de justicia y la división de poderes, con la libertad de expresión y con la apertura financiera total; respeto por instituciones autónomas, como el Banco de México, y desprecio de la violencia, sobre todo cuando las reformas pueden lograrse por la vía pacífica. Todos éstos son principios necesarios en una sociedad abierta, y una parte de la conducta pasada de López Obrador (que muestra propensión hacia la retórica, la movilización de masas y la polarización de clases del tradicional populismo latinoamericano) indica que podría no respetarlos. La falta de apego a estos principios en la escala nacional podría poner en riesgo el proceso democrático.
Si el PRD gana, y sobre todo si la victoria es por amplio margen, deberá hacer a un lado cualquier tentación de revivir el Estado de un solo partido. Como presidente, López Obrador se sometería a una prueba de fuego. Si honra los principios de una sociedad abierta, de legalidad y derechos individuales, tendrá todo el derecho de poner en marcha sus proyectos sociales y económicos, siempre y cuando opere en el reino de la realidad y no en el de la ideología abstracta. Pero si López Obrador -o quien logre ganar la presidencia- niega estos principios, entonces México habrá perdido una oportunidad más de consolidar su democracia.




